Muchas maneras de vivir (III). El juego más bello del mundo

“Me volví y vi debajo del sol que ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de los elocuentes el favor, sino que tiempo y ocasión acontecen a todos”. (Ec. 8:11)

Busco en las carteleras y veo que Edward Bond se está poniendo de moda. En el Piccolo Teatro de Milán, el gran Luca Ronconi dirige In the company of men (1987), traducido como La compagnia degli uomini –en 2003 Arnaud Desplechin dirigió en el cine la misma obra, En jouant dans la compagnie des hommes,  Jugando en compañía de hombres–, y en la Sala Muntaner de Barcelona Moisés Maicas está al frente de Silla (2005), Cadira en la versión catalana. Ambas fueron respectivamente llevadas a la escena por el director francés Alain Françon en el Théâtre de la Ville de París en 1992 y en el Festival de Aviñón en 2006.

Por qué hic et nunc Edward Bond… Creo que la crisis que vivimos a todos los niveles, no sólo en el plano laboral, sino también en el ser, en el alma, cada vez más deshumanizada, la refleja bien el teatro de hoy, más brechtiano, más épico y didáctico tal vez, más minimalista en sus puestas en escena, más duro en su crítica social. No es cuestión de dar lecciones, sino de plantear situaciones que el espectador debe resolver utilizando la razón y la imaginación. Es el público el que ha de entender por qué ocurre lo que ocurre en escena y también fuera de ella.

Estamos en un estado de alerta permanente. A quien le parezca exagerado, mejor que cierre los ojos. La crisis está haciendo salir lo peor del ser humano. En el plano laboral, los enchufes y favoritismos, que siempre han estado a la orden del día, son alarmantes. Las empresas son cada vez menos empresas, y las que hay se olvidan de que están formadas por personas. Hoy en día ser un “buen profesional” significa favorecer, siempre y en todo lugar, los intereses de la empresa (véanse también los primeros posts de este blog sobre la obra ContraAcciones, actualmente en el Teatro Lara). Tuve la suerte de que me enseñaran que para ser una buena profesional había que ser primero una buena persona, expresión difícil de definir en todo su halo, pero fácil si se siguen un par de normas. Ser un “buen profesional” hoy es ocultar información en favor del bienestar de la empresa, jugar con el que se defiende solo, y eso, al parecer, no quiere decir que no se sea una buena persona. ¿No? Quien piense así se olvida que bajo este sol todo es vanidad y todo acontece a todos en algún momento de la vida, de este camino que seguimos juntos…

En el plano interior, se olvidan los valores más importantes, honestidad, solidaridad, tolerancia (que, según la RAE, no es sino el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias) y se busca la felicidad donde no está. Los temas del alma son temas del alma, decisiones que uno toma y dependen de la capacidad que uno tenga para registrar las cosas que tiene y no las que le faltan. La felicidad no depende de las cosas, sino que es una actitud que crece en la medida en que se encuentra sentido a quien se es y a lo que hace.

Así que, con todo, he decidido ser feliz (otra cosa es estar contenta en determinados momentos) y seguir jugando al juego más bello del mundo con todo lo que soy: el teatro, el de verdad, en el que uno es capaz de encontrarse cara a cara. No voy a ser clown, aunque muchas veces miro dentro y me dan ganas de reírme, pero cada vez me gustan más los espectáculos en los que hay al menos uno de ellos. Actualmente también es el momento perfecto para llevarlos al teatro, y lanzar desde ese púlpito y ese espejo la crítica, constructiva o destructiva.

“Jura sobre otra cosa más sagrada que tu honor: tu hambre”

En 1997, muchos periódicos y revistas de todo el mundo aducían que el premio más alto debía ser concedido, sin duda, a los miembros de la Academia de Suecia, quienes habían tenido el coraje suficiente para otorgar el Premio Nobel a un clown, Dario Fo. Un acto de coraje que colindaba con la provocación, a juzgar por el tumulto que causó en el “parnaso cultural y social de los elegidos”.

Y es que se supone que un clown es el personaje perfecto para manifestar abierta y directamente sobre el escenario aquello que está mal, que posee el arte de hacer girar los hilos fantásticos de sus emociones y utilizarlas para expresar, muchas veces, una sátira contra la violencia, la crueldad, una condena de la hipocresía y la injusticia.

El oficio de clown es muy afín al de juglar y al del mimo greco-romano, en los que se conjugan los mismos medios de expresión: voz, gestualidad acrobática, música, canto y a veces prestidigitación. Ser clown, a pesar de lo que puedan pensar muchos, es el resultado de un trabajo constante, disciplinado y de una práctica perseguida durante años. El oficio de clown no se improvisa. Incluso antes del nacimiento de la Commedia dell’Arte ya existían los clowns. Dario Fo dice que las máscaras a la italiana nacieron de “un matrimonio obsceno entre juglares, cuentistas y clowns; después de un incesto, la comedia dio a luz a decenas de ellos”.

La vida del clown está teñida por el juego. En cada una de sus acciones el clown juega y se divierte. Tiene un espíritu espontáneo frente a todo, una actitud abierta y receptiva para cualquier propuesta, un espíritu ávido de nuevas experiencias para brindárselas a los demás. Su trabajo consiste en poder dar el salto, poder entrar al juego, y de esa manera divertirse para divertir al público. Y ese divertimento no radica en lo que hace, sino en cómo lo lleva a cabo. Es una actitud, una manera de hacer las cosas. De ahí que para crear ese juego deba partir de su propio ridículo, el alma guardada de cada uno de nosotros, lo más vulnerable e íntimo, y saber mezclar ciertas características reales del actor con aspectos de sus fantasías, temores, deseos… Algunos están compuestos por rasgos de antihéroe, otros son más comediantes, algunos más serios.

En la vida diaria estamos acostumbrados a mostrar nuestro lado inteligente, atractivo y el clown hace justo lo contrario: muestra lo que le ocurre y hace que todas las caretas se caigan. Por poner un ejemplo, la mayoría de los mítines de la clase política inciden en el ser transparente, pero todos los representantes tienen un asesor de imagen que les aconseja cómo mostrarse ante el público. El clown manifiesta todo, y al hacerlo aparece el antihéroe que ha aceptado su debilidad. El público lo agradece, porque de ahí surge su humanidad.

El clown no es un payaso, sino que tiene una base trágica. La sorpresa es el motor de su imaginación, el estupor frente a la vida. Él no conoce sus sentimientos, los experimenta, los busca. Vive las situaciones de manera simple, nunca psicológica, y no está seguro del presente, siempre duda. Además, los clowns siempre tienen el mismo problema: el hambre. El hambre de comida, de sexo, de dignidad, de identidad, el hambre de poder. De hecho una de las frases célebres de Totò (Antonio de Curtis), el gran cómico italiano, decía: “Jura sobre otra cosa más sagrada que tu honor: tu hambre”.

Los clowns no hacen filosofía, pero todo es una tragedia, la de la vida. Inventan porque quieren resolver la catástrofe. Es como en el slow burn, la técnica utilizada por Laurel & Hardy: pegar un cuadro en la pared se convierte en la destrucción de un país. El clown lucha por el amor, la paz, la amistad, es un puente, querría que todas las cosas saliesen bien, y usa toda su energía para poder entender y para intentar empujar a la humanidad en positivo (el clown power de Jango Edwards).

Ver el contrario de las cosas

Aceptar el defecto y valorarlo en sentido cómico. Ésta es la base de la ética del clown, el clown creador, el provocador de emociones, el que hace reír con su visión del mundo y sus intentos de posarse por encima de sus fracasos. Por eso hacer reír significa tener un contacto. No en vano se dice que “la risa es la distancia más corta entre dos personas”.

Lo cómico es inconsciente. Como si se usase el anillo de Giges, pero al revés, se hace invisible para sí mismo, volviéndose visible para todo el mundo. Pero, ¿qué provoca la risa?

Desde Aristóteles (en teoría la segunda parte de la Poética era un tratado sobre la risa, el mismo libro prohibido que sirvió a Umberto Eco como pretexto para elaborar la intriga en El nombre de la rosa), los más grandes pensadores, han estudiado el sutil misterio de la risa, intentando averiguar su fondo. Todos lo han visto sustraerse a su esfuerzo. Se desliza y se escapa a la investigación filosófica, o se yergue y la desafía altaneramente.

Para Pirandello lo cómico era el sentimento del contrario, ver el contrario de todas las cosas, su lado oscuro. Pero “fuera de lo humano, no hay nada cómico”, afirma Henri Bergson en su artículo de “La risa o el significado de lo cómico”, publicado en la Revue du Paris en 1899. El hombre es un “animal que ríe”, o un animal que hace reír. Una caída es una caída, no es lo mismo caerse en un pozo a causa de una distracción o caerse por ir mirando una estrella —una estrella es lo que contemplaba Don Quijote—. “La risa se dirige a la inteligencia pura, pero esta inteligencia ha de estar en contacto con otras inteligencias.” La risa necesita de un eco. Es una función social.

Freud (La broma y su relación con el inconsciente) explicaba que nos reímos de los clowns porque sus movimientos y reacciones nos parecen incongruentes y desproporcionados. Pero él ya admitía ciertos mecanismos de conexión intelectual entre clown y público. Grandes maestros como Los Colombaioni, Los Fratellini, Dimitri, Popov, han sabido no sólo hacernos reír, sino golpear nuestro interior en distintas direcciones y niveles; conectar con la psique y los sentimientos del auditorio agitando su universo emocional. Como Buster Keaton, Charles Chaplin Jerry Lewis, los Hermanos Marx, Jacques Tati, Dario Fo… Ser clown es un estar del espíritu pleno de imaginación, capacidad creativa, osadía. Míster Bean es un clown, como puede serlo Bob Hope, incluso Woody Allen o tantos otros artistas clown que existen en nuestro país: Pepe Viyuela, Faemino y Cansado, Àlex Navarro, Pepa Plana, Tricicle… (Sólo cito a los que se dedican a la escena).

Espíritus exaltados, locos extrañamente razonables, corredores que van tras un ideal y tropiezan contra las realidades, cándidos soñadores a quienes acecha maligna la vida. Juglares de la provocación, siempre inmersos en el juego del teatro, “el juego —que diría Giorgio Strehler— más bello del mundo”.

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Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
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3 respuestas a Muchas maneras de vivir (III). El juego más bello del mundo

  1. Julio César dijo:

    Qué sorpresa nos tenías preparada. Siempre he pesnado que se aprende mucho de teatro leyéndote, y por ello sigo con entusiasmo este blog, impecable y osado. Ojalá no hubiera necesidad de decir lo que dices. Pero me encanta el modo que tienes de hacerlo. Excelente. De verdad.

  2. Isaac González dijo:

    Me gusta, y mucho, tu entrada. Me ha trasladado a la summa cavea de La Fenice, en Venecia. Un aleph desde el que no hace mucho medité, como tú, sobre la vida y su representación. Sobre las máscaras y el personaje que encierran pero no abarcan. Sobre Esquilo y Plauto y sus rescoldos que aún siguen alumbrando más brillantes que los artificios que hoy soportamos.

  3. Susana dijo:

    Totalmente de acuerdo con Julio César.
    Es un placer leerte, describes la realidad con una claridad y análisis asombrosa.
    Me encanta.

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