La primavera

Recuerdo una escena un año antes de la muerte de mi abuelo Jose en la que él siempre decía: “Ya llega”… La presentía con lucidez y calma. A veces incluso creo que la esperaba, tal vez estaba ya cansado de la vida, que exprimió hasta su último instante, aun cuando dormía, porque muchas noches soñaba que volaba. Yo fingía no saber de qué me hablaba, y le preguntaba: “¿Qué llega, abuelo?” Él me contestaba… “La primavera”…    (A. F.)

Sofia Marques y Elena Rayos en escena. Foto de Nao d'amores

Sofia Marques y Elena Rayos en escena. Foto de Nao damores

En el Teatro Pavón, hasta el 24 de abril, se representa Dança da Morte/Danza de la muerte, un espectáculo bellísimo que reúne a dos compañías (española y portuguesa) y dos maneras de crear y de enfrentarse al hecho escénico muy afines, muy interesantes y valientes en estos tiempos de modas, del “todo vale”, del “qué abundancia de palabras y qué poco dicen”: Nao d’amores y Teatro da Cornucópia. Del director de esta última, Luis Miguel Cintra, conmueve cada acento y cada gesto, y su manera de estar en el escenario, que es muy similar a su manera de estar en la vida: la aborda con elegancia y la sencillez del maestro que ha experimentado y se ha mantenido firme con sabiduría y humildad, virtudes ambas que no son difíciles de encontrar ni juntas ni por separado. De la directora de Nao d’amores, Ana Zamora, su capacidad analítica e investigadora, su ingenio y ese estilo propio que ya ha creado, pasando de ser una joven promesa del teatro español a una de las directoras teatrales más características e interesantes del panorama actual -y aún joven-, y que ya ha demostrado todo lo que tenía que demostrar desde el divertimento renacentista Comedia llamada Metamorfosea, Auto de la Sibila Casandra, la primera obra peninsular en tratar un tema abiertamente feminista (en ella se habla del derecho de la mujer a elegir libremente su destino al margen de convenciones sociales), pasando por Auto de los Cuatro Tiempos (una conciliación, a través del amor, de las distintas edades mediante las cuales la religión concibe la evolución de la civilización humana), Misterio del Cristo de los Gascones (una recreación de la ceremonia litúrgica que se representaba en la Iglesia de San Justo en Segovia con un Cristo articulado) y Auto de los Reyes Magos (el único drama del siglo XII compuesto enteramente en lengua vernácula).

En definitiva, una compañía que, tomando el nombre de una de las obras de Gil Vicente -el mayor dramaturgo portugués y autor de algunas de las mejores piezas castellanas del siglo XVI-, ha sabido introducirse en un mundo donde lo popular y lo culto, lo litúrgico y lo pagano se entrelazan con delicadeza, y devolvérnoslo desde la mirada del hoy para contarnos el paso del tiempo, y por ende, el paso de la vida. Todo ello no solo a través de la palabra, sino también de la música, donde la recuperación de instrumentos antiguos y partituras, gracias a la labor de investigación de Alicia Lázaro y su equipo (que ha tomado músicas del Llibre de Vermell, del Cancionero de Segovia, del Cancionero de Palacio, del Cancionero de Elvas, danzas de Juan del Encina o del portugués Pedro Escobar, obras del cantollano del Oficio y la Misa de Difuntos y romances que la propia Lázaro ha compuesto a partir de melodías tradicionales sefardíes, entre otras) es un privilegio para la vista y el oído.

Era necesaria esta introducción para entender esta Dança da Morte/Danza de la Muerte, mitad en portugués mitad en castellano, e inspirada en textos de los siglos XV y XVI, estrenada en el Festival de Almada (Portugal) en junio de 2010, representada en el Teatro da Cornucópia (en el Barrio Alto lisboeta), y más tarde en Almagro, Gijón, Olmedo, Segovia.

En el Pavón, sede provisional de la CNTC, hay quien estaba muy cerca, con dos filas de sillas colocadas en las paredes izquierda y derecha del escenario. Tal vez para hacernos sentir a los de arriba, los de abajo, los de un lado y los de otro, que ante la muerte y en el escenario, todos somos iguales y que por nuestros ojos y por nuestra vida corren hechos similares. Qué es el hombre para que se engrandezca, “hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte”, dice Proverbios 14: 12. Lo efímero del tiempo en un soplo sobre el escenario, mímesis de la vida.

La muerte no entiende de jerarquías ni de religiones

Y es que en este montaje se recrea un género dramático (de origen muy debatido por los medievalistas, aunque Lázaro Carreter afirma que surge en Francia hacia el siglo XIV) que fue el tema preferido “en una sociedad que terminaba su existencia y que en ella plasmó su mensaje de sátira y de esperanza”, como explica la misma Zamora, la cual ha utilizado fragmentos de obras de Gil Vicente y textos anónimos de carácter dramático, además de material lírico de distintos cancioneros de la época, y por supuesto, tomando como eje principal de la dramaturgia, una de las obras más sobresalientes entre su género: la Dança General (códice de la Biblioteca del Escorial y edición sevillana de 1520, impresa por Juan Varela de Salamanca), que para muchos críticos es una adaptación de otra obra francesa del siglo XIV, ya que presenta la misma disposición de los personajes que la danza francesa y las únicas mujeres que aparecen son las esposas de la Muerte, que no participan de la danza, puesto que han sido convocadas como observadoras. Aunque Ana Zamora ha hecho que todos participemos.

Elena Rayos y Sofía Marques son dos actrices soberbias, cada una en su estilo, que invitan a danzar, dialogar y arrastrar uno por uno a una relación de personajes representativos de las diferentes clases sociales, que a su vez también invitan al público, haciéndole cómplice, a formar parte de esa danza. Ni el Papa, ni el Obispo, ni el cura, ni el campesino, ni el judío ni el árabe, hombre o mujer, se libra de la muerte, que no entiende de jerarquías ni de géneros y que Zamora ha representado a través de los sombreros –espectaculares- que cada actor va colocándose para identificar cada estamento social.

Luis Miguel Cintra en escena. Foto de Nao d'amores

Luis Miguel Cintra en escena. Foto de Nao damores

Relacionadas con muchos ámbitos literarios, las danzas de la muerte se las vincula con ciertas actividades parateatrales como la mímica, la procesión, el sermón, la danza, produciéndose un contraste entre lo profano y lo religioso, en la convivencia de elementos populares con elementos litúrgicos. Las escenas dramáticas eran cortas, puesto que esta era la costumbre teatral en las obras litúrgicas que se llevaban a cabo en las iglesias. Con el paso de más de un siglo (desde finales del siglo XIII hasta 1424) a estas piezas teatrales se les sumaron elementos literarios, gráficos, musicales, ideológicos y sociales con un trasfondo de protesta y rebeldía. Caracterizadas por la representación del esqueleto humano como símbolo de la muerte, simbolizan la finitud de la vida, el último y necesario arrepentimiento y la postrera ilusión, y van cargadas de un mensaje moral, una ironía estremecedora y una denuncia social del mundo en que nacieron. Fomentadas por las plagas, la Peste Negra, y guerras de los siglos XIV y XV, y basadas en la creencia popular de que la muerte, en forma de esqueleto, surge de las tumbas y tienta a los que tienen vida con el fin de que se unan a ella, el tema se sustenta en la idea de la inevitabilidad de la muerte. El hombre descubrió el efecto devastador de la muerte, y la marca espiritual y física que dejaba en todo lo que hería. El morir, pues, se convirtió en un hecho cotidiano. Los artistas ya no necesitaban recurrir a alegorías o símbolos como sucedía en los misterios o moralidades, el mejor referente era la realidad. El hombre tomó conciencia sobre la muerte, pero también sobre la vida. En el arte y en la música hay infinidad de ejemplos.

Contra la crisis de valores

Por otro lado, se buscaba como antídoto contra otra de las secuelas de la peste negra: la crisis de valores (crisis que también se refleja ya en El libro de Buen Amor y La Celestina, donde se critican la sociedad de la época y enlazan lo sublime y lo grotesco, lo oficial y lo popular, para burlarse de la realidad y denunciar al hombre en sus pecados). La sensación generalizada de la fugacidad de la vida (tempus fugit) y la constante presencia de la muerte (memento mori) lanzaron a muchos hombres a una existencia desenfrenada donde el gozo de la vida se fundamentaba en el disfrute absoluto de los bienes materiales. En una época de injusticia y desigualdad social, las danzas de la muerte eran, pues, una crítica a los hombres y aspectos del mundo político y social y una representación plástica y literaria del carácter democrático de la muerte, que iguala a todos los hombres: todos los oficios son prestados y nadie tiene mayor poder que el que Dios otorga. (Más adelante, el tema influyó en la literatura, sobre todo en el teatro, como en los autos de Calderón de la Barca y en los Sueños de Quevedo, y aún posteriormente inspiró a muchos literatos, dramaturgos y poetas como Allan Poe, Strindberg, Baudelaire, Goethe o el estadounidense de origen inglés Wystan Hugh Auden.) Un tema, pues, universal y de una actualidad aplastante.

De contemptus mundi o el vanitas terrenal eran lugares comunes a toda la literatura moralizante que se considera como la antesala de las danzas de la muerte. Nao d’amores y Teatro da Cornucópia han realizado un trabajo ímprobo y más que plausible sobre las danzas de la muerte, integrando las distintas características con inteligencia y atino. La escena en la que, gracias al juego escénico, la calavera se convierte en un títere, es magnífica.

Al final, todos estamos en la misma barca, esa misma nave, como la compañía, que cumple 10 años navegando por los escenarios europeos y que ha materializado en una escenografía bellísima (púlpito y coro se unen para crear un barco), a través de la cual cada uno debe hacer su propia lectura.

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Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
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2 respuestas a La primavera

  1. Julio César dijo:

    Yo también tuve el privilegio de asistir anoche a su estreno en Madrid y quedé deslumbrado por la actuación de seis actores-músicos (Cintra tiene una voz excelsa, por citar una de sus virtudes) y por la sobrecogedora dramaturgia de una investigadora del repertorio ibérico imprescindible en nuestra escena, amenazada, salvo felices excepciones, de las mayores esterilidad y estulticia. No hablas, Alexis, casi nada, de los fabulosos recursos escénicos que se encuentran en este montaje. No hace falta. Lo mejor, tal vez, será que lo descubran tus lectores. Creo que esta entrada es la mejor de este blog, y eso que pensaba que era muy difícil superar la anterior. Enhorabuena.

  2. Alfonso dijo:

    ¡Y sacas tiempo para el blog! Alexis, me ha encantado.

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