Sinfonía de soledades (De lo que no se dice)

“Esto era el destino:/ llegar al borde y tener miedo de la quietud del agua” (A. Gamoneda)

Parece que quiere haber un resurgimiento del teatro en España, ese arte en eterna crisis pero nunca denostado por ella. Más ahora, cuando están comenzando a surgir nuevos espacios donde quiere vibrar con mayor vitalidad (he ahí Kubik Fabrik, creado por Fernando Sánchez Cabezudo, siempre con ideas originales; Nudo Teatro, que ya lleva un par de años en el barrio de Malasaña, o La Puerta Estrecha en Lavapiés; “laboratorios escénicos” como La Corsetería Teatro, sede del Nuevo Teatro Fronterizo, de José Sanchis Sinisterra, Curtidores de Teatro, dirigido por Rosario Ruiz Rodgers) y hacerse pequeños huecos en la cartografía de la ciudad. No hay más que pasear por Madrid y encontrárselos en el camino, salpicando las calles con una nueva imagen.

Pero nada comparable aún con la tradición de Buenos Aires y los casi 300 espectáculos que se celebran diariamente en la capital argentina, que dan buena cuenta de la pasión porteña por el teatro y de su nivel artístico. Un teatro que expresa en sus poéticas o micropoéticas, en sus “microconcepciones estéticas”, como diría Jorge Dubatti (editor de las obras de Daniel Veronese, Rafael Spregelburd, Alejandro Urdapilleta, Federico León, Ricardo Bartís, Alberto Vacarezza y Eduardo Pavlovsky), la aparición de nuevos conceptos teóricos, la multiplicación del concepto de escritura teatral. Un teatro, además, que carece de subvenciones (una tradición de casi un siglo de teatro independiente y de búsqueda original, con pequeños grupos que han introducido en el país a los dramaturgos más innovadores), y que, muchas veces, nace en la propia casa (imposible mentir, la teatralidad se hace real en cada rincón). Tal y como se originó Timbre 4, una compañía surgida de una salita donde apenas cabían 50 personas, la compañía que Claudio Tolcachir (Buenos Aires, 1975) fundó, junto a otros compañeros, en torno a 1998 y que en 2001 ya se había consolidado. Hoy es una escuela y una de las salas más importantes del teatro independiente en Buenos Aires, y cuenta, además, con varios elencos. Desde hace unos meses también tiene un nuevo teatro con un aforo de 180 butacas, conectado por un pasillo con la antigua sala para 50 personas.

Timbre 4 ha recorrido más de 30 países cosechando éxitos gracias a La omisión de la familia Coleman, una obra que se pudo ver por primera vez en España en 2007 en la Sala Pradillo (dentro del Festival de Otoño, cuando hacía gala a su nombre y se celebraba en otoño) y un año más tarde en la Sala Pequeña del Teatro Español, donde llenó durante tres semanas y media. El mismo teatro que ha vuelto a programarla (Tolcachir ha montado también en el Español una versión de Todos eran mis hijos, de A. Miller, con un reparto encabezado por Carlos Hipólito). Pero en esta ocasión en sus Naves del Matadero y junto a otros dos títulos que completan esta especie de trilogía “letal”: Tercer cuerpo, hasta el 15 de mayo, y El viento en un violín (esta última solo vista en el Festival Temporada Alta de Girona), que se presentará el 18 de mayo.

Tercer Cuerpo. Foto de Andrés de Gabriel

Tercer Cuerpo. Foto de Andrés de Gabriel

Tercer cuerpo es, en su concepción, estructura y lenguaje dramático, como una daga directa al corazón dentro de una sinfonía de soledades. Sobre el escenario se alternan, en el mismo espacio, lleno de estanterías con libros y dos mesas, una oficina de funcionarios, cuyos servicios ya no tienen razón de ser, situada en el tercer cuerpo de un edificio: una escalera interior, que también es, por obra y magia del teatro –el que tiene la capacidad para transportarnos, mediante la imaginación y solo ella, a otro lugar– la casa de una pareja en crisis, un bar y una consulta médica. Una escenografía  donde los actores se mueven con total naturalidad, esperando a que la otra escena comience mientras la anterior continúa, o avisando de que el teléfono suena cuando cambia la acción, exclamando “¡teléfono!”, en vez de oír el ring lógico. Por momentos parece que asistimos a un ensayo, a una clase magistral de teatro, y nos damos cuenta de la brillantez del director al elegir como juego escénico la propia esencia del teatro: distanciamiento ciertamente brechtiano en ocasiones, identificación absoluta con los personajes, en otras.

Con ese humor necesario para trascender las pequeñas grandes tragedias de lo cotidiano, Tolcachir muestra a cinco personajes, con cierto aire chejoviano, anegados por la soledad, pero también por la incomprensión, el desamor, la ausencia. Seres descolocados en mitad de ninguna parte, y con una gran necesidad de amar, que no encuentran el modo de insertarse en la vida y que luchan ardientemente para evitar la catástrofe, buscando formas de actuar ante unos destinos que parecieran ya escritos. Son personas que tienen una vida por delante, que no saben qué hacer para dotarla de sentido, y en su deseo de conseguirlo, cometerán errores absurdos, no exentos de humor y de compasión. Estar pendientes y meterse en la vida de los otros es la manera que tienen de enfrentarse a la vida, más fácil que buscar cómo arreglar la propia. Quieren cosas pequeñas, las que tiene todo el mundo, un hijo, una pareja, una casa, algo que esperar fuera del trabajo, y no tienen ni idea de cómo lograrlo. A veces sentirán que están haciendo el ridículo, el más absoluto, y otras sufrirán, pensando que no merece la pena. Anclados en un tiempo vacío, ninguno de ellos dice la verdad porque se avergüenza, y es precisamente en esa intertextualidad, en esas referencias que el propio texto esconde, donde todo reside. En Tercer cuerpo no se habla de lo que sucede, sino de la mentira que supone esa situación. Y el espectador es el que debe construir todo lo que no se dice. Como en la vida misma.

Historias que en un momento se funden y que, como en una pieza de música, se van escuchando las voces de una y otra hasta unirse en una voz orquestada.

Brillante y sutil en todos los sentidos, con unas interpretaciones absolutamente geniales, un texto magnífico y con la realidad de frente, Timbre 4 nos implica en las historias de unos seres anónimos que bien pudiéramos ser nosotros mismos, ofreciéndonos la oportunidad de reírnos piadosamente.

DELICADAS, de Alfredo Sanzol

 Desde aquel día en que oí por vez primera la mágica frase “Érase una vez…” y conmovió toda mi pequeña vida, me permito hacerles un ruego: si en algún momento tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas que transmiten mis libros, por favor créanselas. Créanselas porque me las he inventado. (A. M. Matute)

Desde Como los Griegos, con la que fue nominada en los premios Max de 1999 al Mejor espectáculo Revelación, Alfredo Sanzol (Pamplona, 1972) convierte en éxito todo lo que hace en escena. Creó su propia compañía, fue guionista en Living Lavapiés, luego llegaron Carrusel Palace y Cous cous y churros, lleno absoluto en la Cuarta Pared, Risas y destrucción y más tarde su descubrimiento por parte de Gerardo Vera, que le llevó hasta el CDN como asistente de dirección en Divinas Palabras y Un enemigo del pueblo. En la sala pequeña del María Guerrero estrenaría la continuación de Risas y destrucciónSí, pero no lo soy, y más tarde en el Valle-Inclán Días estupendos. 

Delicadas. Foto de T de Teatre

Delicadas. Foto de T de Teatre

Ahora le ha tocado a Delicadas,un encargo de T de Teatre, una compañía catalana que desde sus inicios en 1991 tampoco deja de cosechar éxitos con todo lo que hace. El Teatro Español está que se sale, con una programación que dan ganas de ir todos los días. Sabía que me iba a encontrar con algo interesante, y así fue.

Siempre me han parecido preciosas las palabras delicada, delicadeza. Todo lo bello, elegante, que puede llegar o no a lo sublime, todo lo frágil. En la obra de Sanzol se suceden diversas historias breves teñidas de sepia y de memoria ambientadas en la España agraria de la Guerra Civil y la posguerra y distorsionadas por el tiempo y la imaginación, la del escritor creador. En ellas abundan también referencias atemporales (Facebook, sin ir más lejos) que actualizan recuerdos, como si fueran un ir y venir de la memoria.

Bajo la escenografía sugerente de Alejandro Andújar, que ha reproducido el campo y cómo no, el cielo, y un diseño sonoro que permite casi “ver” teatro en 3D, “una costurera pega a la pared un crucifijo con cemento para que no se lo quiten los milicianos. Un padre se quiere hacer amigo de su hija en Facebook. Unas hermanas despiden a su hermano que va a la guerra. Dos amigos, a los que les gusta pasear juntos y en silencio, son acusados de homosexuales y buscan una chica muda para que les haga de carabina. Una pareja ve, impotente, cómo pasa el tren por encima de su perro y luego… Una pintora intenta con toda su alma vender un cuadro. Una mujer necesita la ayuda heroica de sus vecinos para matar un ratón. Dos tratantes de ganado descubren que su asistenta los considera peligrosamente intelectuales. Un percusionista de una banda militar ofrece un concierto de platillos. Un soldado manda a un amigo fotógrafo a casa de su novia para que la fotografíe desnuda. Una abuela narra a su nieto el cuento de Santa Casilda, que convirtió las rosas en panes…” Todo ello se cuenta en esta “historia de muerte y de resurrección. Una historia de primavera en la que la vida lucha con todas sus fuerzas para seguir viva”, como cuenta el autor.

Por momentos recuerda a las mejores obras de Sergi Belbel, con escenas breves y brillantes diálogos que enganchan, que dicen mucho y bien con un humor sano -justo más tarde una descubre que hay otro tipo de conexión (Belbel fue el director, además de ¡Hombres!, segundo montaje de T de Teatre y el responsable de la traducción en catalán de Delicadas)- o a ese “teatro por horas”, que tuvo su época dorada tras la revolución de 1868.

Palabras llenas de silencios y también de lo que no se dice, de amor por las pequeñas cosas cotidianas, de intensidad que permanece. Y es que Sanzol se inspiró en su abuela y en sus hermanas, en el cariño que proyectaban sobre las plantas, sobre esas rosas de terciopelo, sobre las pequeñas cosas a las que imprimían fuerza y brillantez, para rememorar un tiempo que no conoció, que no conocimos, y que ha “querido inventarse”. Y lo ha hecho con una delicadeza que ha dejado ver en el fluir de las historias, llenas de mujeres fuertes.

Amable, cuando podría no haberlo sido, divertidísima, la obra escénica se completa con un plantel de estupendas actrices y por primera vez en la historia de esta compañía, también actores, todos perfectamente orquestados, que no hacen si no dejar al espectador con una sonrisa suave que inunda la memoria.

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Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
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