Veraneando en Avilés

Veraneantes, de La Abadía y Kamikaze Producciones. Foto de Ros Ribas

Veraneantes, de La Abadía y Kamikaze Producciones. Foto de Ros Ribas

Desde hace meses no puedo dejar de intuir de forma cada vez más clara (y sean tolerantes conmigo los que no tengan el mismo sentir, es decir, sepan escucharme y aceptar mi forma de entender y posicionarme en la vida) el desmembramiento de España, ya no a nivel económico y político, sino a nivel social, que es lo peor que le puede suceder a un país. Leo cada día en los foros y en Facebook[1] afirmaciones osadas (osadas por la falta de una argumentación sólida y bien fundada) que me dejan de piedra, congelada, inerme, y, desde la observación pacífica -y con intención de ser objetiva, aunque tenga mi verdad-, veo cómo lo único que surgen son nuevamente las dos Españas alentadas en masa, las que nunca se han ido y permanecen adheridas bajo el subsuelo de las conciencias, en los odios no superados, identificando falsamente dos bandos que nos matarán el alma como nación (el alma de cada uno ya es otra cosa y es algo personal). Tal vez porque no hemos sabido perdonar y porque en definitiva algo dentro nos mueve a hacer valer nuestra presunta autoridad (¿de qué?), a alzar nuestro ego, que siempre sale al menor resquicio. No entenderé jamás por qué un ser quiere imponer a otro ser su forma de pensar, de sentir, de encaminarse en la vida, y sobre todo por qué al pretender hacerlo lo hace con violencia, ya sea verbal o física. No comprenderé nunca por qué en vez de hablar de lo que nos une siempre hay que hablar de lo que nos separa cuando no es para superarlo sino para hacer la herida más grande.

En esta ebullición de ánimos, de demagogia intolerante, de aprovechamiento por parte de los partidos políticos y de “anti todo” social hasta el punto de mezclar y vincularlo todo en un totum revolutum sin sentido, me acerqué, tras ver a la Zaranda en Nadie lo quiere creer, a Maxim Gorki en el Teatro Palacio Valdés de Avilés gracias a Veraneantes, una coproducción del Teatro de La Abadía y Kamikaze Producciones que llenó en Madrid y que estará de nuevo en cartel del 21 de septiembre al 20 de octubre en La Abadía. No puedo dejar de destacar la labor cultural que en estos momentos se está desarrollando en Avilés, mi ciudad natal, y sus alrededores (fantástico el Valey de Piedras Blancas, en Castrillón, un auditorio espectacular -cuyo nombre alude a la vía que indica una entrada de la mina, la primera vía de trabajo abierta en la mina de Arnao- donde pude escuchar un concierto de la OSPA dirigida por Daniel Velasco, un joven director de orquesta avilesino que regaló al público un bis de su propia autoría: Preludio nº1, con ritmos que parecían inspirarse en Gershwin y que mantuvo a todo el auditorio en un aplauso continuo), ya no sólo con la apertura del Centro Niemeyer, que está revitalizando una ciudad que nunca ha dejado de ser cultural, sino por la labor que desde hace 20 años lleva realizando el equipo de Antonio Ripoll en el Palacio Valdés y la Casa de Cultura, donde he tenido la oportunidad de crecer como profesional asistiendo a tantas obras, cuando al principio apenas éramos seis los que formábamos el público durante los inviernos. Pocos lugares hay en España en los que se pueda ver un teatro con lleno absoluto y donde los abonados que quieren ser parte de las Jornadas de Teatro de verano hagan colas o incluso contraten a jóvenes para que en su lugar las hagan durante las noches y conseguir, así, el preciado abono que les dé la oportunidad de ser espectadores. Esto es así desde hace más de quince años. Gusten o no las obras, la programación es de las mejores por encuadrarse en ella los montajes más relevantes que se están haciendo en nuestro país, incluyendo a las compañías que deciden estrenar en este Teatro.

El derecho a una buena vida

Sentada en una de esas butacas en las que he crecido profesionalmente, pensé en cuán actual era Gorki (o Alexei Maximovich Peshkov -su verdadero nombre-) y cuán amarga la situación que planteaba a través de Los Veraneantes (Gorki en ruso significa, precisamente, “amargo”), su tercer drama, escrito en 1903 y estrenado en noviembre de 1904 en el Teatro Komissarjevskaia de Moscú, apenas unos meses más tarde de la muerte de Chèjov, su mentor y amigo, que había estrenado El jardín de los cerezos, dirigida por Stanislavsky, en enero de ese mismo año, en el Teatro del Arte.

En Los Veraneantes, Gorki retrata a una sociedad en vísperas de la primera revolución, el surgimiento de una nueva clase, el temor de la burguesía dividida entre liberales y socialdemócratas, preocupada por defender su derecho a una buena vida. Y por ende, la carencia de tolerancia o la dificultad para hacer uso de ella, el conflicto que aparece cuando es precisa la comunicación, el entendimiento y la convivencia en la diversidad de opiniones. En definitiva, una crisis de identidad. Y Gorki lo explicita en un momento concreto: el descanso del verano, ese periodo que facilita el encuentro con uno mismo y con los demás, la reflexión, el diálogo, la necesidad de expresar lo que se es de verdad, lo que nos define como personas únicas o de confrontarse con lo que son los demás. Como en El jardín de los cerezos de Chéjov, vemos a unos personajes que parecen ir a la deriva, y, ante el derrumbamiento social que les acucia, intentan seguir con su vida de “placeres”, inmersos en una atmósfera no exenta de cierta melancolía y decadencia que recuerda la misma crisis que se produjo en numerosos países industrializados a finales de los 60 y principios de los 70. El estreno de Los veraneantes en 1905 fue polémico, con alabanzas e insultos a la par. Veintiséis personajes comprometidos con sus principios, defendiendo su postura frente a la antagónica, tres cambios de decorado, cuatro actos. En España se pudo ver, entre otros, en 1979, dirigida por Carlos Gandolfo en el Teatro Bellas Artes, mientras Juan Antonio Hormigón la representaba en México dirigiendo al Teatro Estable de la Universidad Complutense de Madrid. Ya en 1974, el fundador de la Schaubühne de Berlín, Peter Stein, la había llevado a las tablas, de donde surgió en 1975 su película. También Lluís Pasqual montó Les Estivants en 1993 en el Teatro Odeón, y en 2006 Carlota Subirós estrenaba su versión, Estiuejants, en el Lliure.

Magistral actualización de personajes, extraordinarios actores

Raúl Prieto y Elisabet Gelabert en Veraneantes. Foto de Ros Ribas

Raúl Prieto y Elisabet Gelabert en Veraneantes. Foto de Ros Ribas

Tras La función por hacer, una adaptación de Seis personajes en busca de autor de Pirandello, galardonada con siete premios Max y que también se pudo ver en el Palacio Valdés la pasada temporada, Miguel del Arco –cuya Violación de Lucrecia interpretada por Nuria Espert podrá verse en Avilés el 28 de octubre– sigue despuntando y vuelve a realizar una versión actualizada, sencilla, cuidada, aunque, en nuestra opinión, poco arriesgada: no se moja demasiado para apuntar lo que se deja entrever.

Veraneantes es larga (también en su texto original), resulta amena a pesar de los cambios de ritmo, con una estructura que recuerda a la mejor serie de televisión y mantiene a la perfección los diálogos y la acción. Del Arco ha reducido los personajes, que llevan el propio nombre de pila de los actores que los interpretan, a once, magistralmente actualizados, y ha elegido realizar un retrato amable, y al mismo tiempo áspero, de la clase acomodada de la sociedad española actual, no exento, sin embargo, de escenas que resultan manidas.

Sin embargo, la audacia de Miguel del Arco en este texto radica en esa conciencia de que el hombre, como bien decía Aristóteles, es un ser político y social. Todos dependemos de todos, lamentable y afortunadamente, todos formamos una sociedad, por más que nos pese, y al mismo tiempo nadie puede ocupar el lugar del otro. El director ha colocado a un grupo de personajes (un político y su sumisa y confusa esposa que al final recuerda a la Nora de Casa de muñecas, de Ibsen; su cuñado que no es sino su bufonesco secretario; un empresario de la construcción y su díscola mujer; un escritor de éxito; una activista de una ONG; un músico deprimido que no se encuentra a sí mismo, un hombre maduro que pasa de ser especulador a benefactor; una amiga convertida en sirvienta y una hippie rica) en un país donde sus ciudadanos siguen el curso de su vida con la misma insatisfacción y necesidad de cambio, aunque sin atreverse a dar ningún paso.

La escenografía es mínima y la música una de sus mejores bazas, pero sin duda lo más destacado son los actores: un plantel difícil de repetir, con una actuación de equipo armonizado, como es habitual en La Abadía, y al mismo tiempo cada uno de ellos con su personalidad interpretativa usándola al máximo. Miriam Montilla y Raúl Prieto están soberbios, Elisabet Gelabert e Israel Elejalde perfectos, por más que sus papeles sean siempre tan diferentes a lo que han hecho antes, Manuela Paso y Lidia Otón saben destacar los puntos fuertes de sus personajes, con interpretaciones llenas de solvencia y rotundidad, Miquel Fernández, una voz para descubrir, Ernesto Arias, Chema Muñoz y Cristóbal Suárez, fantásticos, y Bárbara Lennie, correcta, aunque poco creíble en la función de Asturias.

La obra termina con un breve estallido final tras el que las cosas, quizá, vuelvan a quedar como estaban. Aunque quién sabe…


[1] Confieso que últimamente sólo cotilleo y observo, y la única frase inteligente que he leído es que tal vez “debido a que la velocidad de la luz es varias veces mayor a la del sonido, ciertas personas pueden parecer brillantes antes de escuchar las estupideces que dicen”.

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Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
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2 respuestas a Veraneando en Avilés

  1. astrid dijo:

    fantásticas como siempre tus apreciaciones .
    Yo también vi esa obra, en esa bonita ciudad que aún estoy descubriendo y que no deja de sorprenderme,Avilés.Suscribo su trayectoria cultural y para mi fue sorprendente ver las largas colas para asistir a las funciones del mes de agosto,no lo esperaba en una ciudad que creia sólo industrial.
    Percibí ,no obstante,una acogida tibia para este clásico; quizás se deba a la duración de la obra,casi 2 horas y media ….o puede que éste público más exigente que otros….

  2. Te animo a que descubras Avilés, Astrid. Te quedarás más que sorprendida. Gracias por tus comentarios. Un abrazo

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