When the Night Comes. Algunos recuerdos

Cuando llega la noche/ Llega como una marea/ Que se lleva mi día/ […] Y yo me convierto en un marinero y abro la puerta/ Que lleva a través de las aguas/ Lejos de esta orilla./ Vida te pido que me concedas amor/ […] Vida te pido que me hagas más tierno/ Estoy preparando mi rendición. (“When the Night Comes”, de Cart Macabre)

En una noche que se acerca para dar vida a un nuevo año todos nos llenamos de sueños que anhelamos y esperanza en el porvenir. Pensamos en qué nos traerá el futuro o qué orillas veremos, pero la mayor parte de las veces se nos olvida –a mí la primera– que si pensamos y nos llenamos de todo lo bueno que nos ofrece, “de todo lo puro, de todo lo verdadero, de todo lo honesto, de todo lo justo, de todo lo amable, de todo lo que es de buen nombre”, todo eso llegará a nuestras vidas, transformándolas.

Kevin Spacey en Ricardo III.

Kevin Spacey en Ricardo III.

Antes de que venga la noche y el sueño nos acoja, pensaba precisamente en este año teatral que nos abandona y de algunos de los montajes más espectaculares que hemos visto. Como el Ricardo III que The Bridge Project estrenó en el Old Vic de Londres en junio de la mano de Sam Mendes y protagonizado por Kevin Spacey, y que en septiembre programó en el Palacio Valdés, un teatro que sigue causándome admiración como ejemplo de trabajo y precisamente de buena gerencia, el Centro Niemeyer, antes de su cierre temporal y las polémicas generadas en torno a su gestión (seguramente poco inteligente y torpe dado que una fundación, independientemente de la fórmula que detente, sea privada o pública, pero que esté apoyada por fondos públicos, debe ser responsable y prudente. Después, los entresijos y enredos que surjan en torno a ello muchas veces llevan el sello del personalismo).

El Ricardo III de Shakespeare, escrito hacia 1593, se basa en hechos históricos tomados de Edward Hall y Raphael Holinshed, a su vez basadas en las Anglicae Historiae de Polidoro Virgili de Urbino y en la Historia del rey Ricardo Tercero de Tomás Moro. En este drama que, como todos los históricos, nos anuncian que la esencia del ser humano es y será siempre la misma aunque el tiempo y la vida evolucionen, nos encontramos con un usurpador y manipulador duque de Gloucester que ya aparecía en Enrique IV, y que sigue el espíritu de la época al encarnar el espíritu maquiavélico -como sucede en las obras de Marlowe- que Sam Mendes, en su virtuosa dirección, ha convertido en un deforme y ambicioso dictador de principios del siglo XX. Aunque podría ser del propio presente, teniendo en cuenta que en todos los ambientes en los que se mueve el ser humano hay siempre alguien que manipula, o que toma el poder y lo ejerce de forma soberbia y poco piadosa.

En un escenario cuya acción se desarrolla a manera de capítulos centrados en los distintos personajes y que Mendes ha dotado de carácter cinematográfico, y en el que un juego de 16 puertas nos anuncia el cambio de situación, encontramos a un Ricardo III encarnado por un Kevin Spacey más que soberbio sobre las tablas (tampoco hay que olvidar al Laurence Olivier que en el cine nos dejó en 1955). Pocos actores hay en este mundo que tengan y mantengan la gran cantidad de registros del director del Old Vic para dar vida a uno de los personajes más atractivos e inspiradores de la dramaturgia shakesperiana (el episodio de la muerte de los hijos de Eduardo sugirió a Paul Delaroche un famoso cuadro). Su capacidad para interpretar a un personaje cuyas intenciones esconde bajo una pátina de caricia es abrumador. Una técnica perfeccionada y una sabiduría escénica que aportan los años, y también la creatividad, le permite al maestro Spacey construir un personaje verosímil y de cuyos “encantos” es difícil escapar. Es como tener de frente las dos caras de la moneda del ser humano: un Doctor Jekyll y Mr. Hyde, un Tartufo del que sabemos todo y conocemos sus estrategias. Mendes le ha rodeado de un elenco de inmejorables actores que nos envuelven, arrastrándonos en el desarrollo de las acciones. Virtuosismo teatral e inteligencia derrama Mendes en la escena de la batalla final, colocando a ambos bandos en dos lados de una mesa y recreándola a través del juego de luces o en el ajusticiamiento de los personajes cuando hacía bajar sobre ellos una bombilla que se apagaba cuando la vida se desvanecía. Sangre que recorre este drama y que el director ha recreado elegantemente. Más que espectacular este montaje, y difícil de superar y olvidar.

De la oscuridad a la luz

Cart Macabre, de The Old Vic.

Cart Macabre, de The Old Vic.

Por la misma época veíamos otro espectáculo con los jóvenes actores del Old Vic en la cúpula del Niemeyer. Sugerente se aparecía ante nosotros Cart Macabre, que convertía a 32 espectadores en marineros, en navegantes hacia el tormentoso mundo del sueño. A la entrada se dejaba todo, abrigos y objetos personales y una bocanada de aliento personal era guardado en bolsitas de plástico con etiquetas que llevaban nuestro propio nombre. Mientras, nos conducían uno a uno hacia la noche, para, en un juego de oscuridad escénica e intuición, sentarnos en vagones de madera donde ser parte de esta experiencia multisensorial, ya que en ellos se desarrollaría más tarde una narrativa de imágenes surgidas de la decadencia, la muerte, la espera, las preguntas, las reminiscencias del mar, las glorias desvanecidas, todo ello a través de una arquitectura teatral llena de mirillas y ventanas que se abrían ante nosotros para dejarnos el alma en vilo. Al final, un abrazo de un actor-navegante nos llevaba hacia la luz para darnos cuenta de que cada uno de los vagones había hecho un viaje en círculo a través de una escenografía perfectamente dispuesta bajo la cúpula del Niemeyer. Un espectáculo de experimentación sugerente aunque no tan espectacular como el primero. Nos quedaba pendiente hablar de él, aunque montajes como La Barraca de los Forman y Dromesko o los mismos Forman en Obludarium le parezcan a la autora una experiencia más que sensorial en este sentido.

Eva Rufo y Joaquín Notario en El perro del hortelano, dirigido por Eduardo Vasco. Archivo del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Foto de Guillermo Casas Baruque.

Eva Rufo y Joaquín Notario en El perro del hortelano, dirigido por Eduardo Vasco. Archivo del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Foto de Guillermo Casas Baruque.

Para terminar el año, Eduardo Vasco nos ha regalado de la mano de la CNTC una comedia palatina, un Lope de Vega popular como El perro del hortelano (1618), uno de los títulos con los que en los años 80 se inició la recuperación de nuestro teatro clásico y que gracias a la película de Pilar Miró en 1995 despertara la atención del público.

Con un elenco de actores extraordinarios, desde Eva Rufo y Joaquín Notario –uno de los actores más sólidos de la escena española, sin duda- hasta Miguel Cubero o David Lorente, Vasco nos lleva de la mano para insuflarnos un halo de esperanza y de optimismo en una comedia amable con lo mejor de Lope: “el inconformismo descarado ante la adversidad, la natural elegancia que embellece cada situación, y la lírica, sobre todo, señalando con su huella sublime e imperecedera cómo el amor reina sobre todo. El poeta nos da una lección sobre lo imprevisible que debe ser una comedia, sobre las ventajas de la mezcla de géneros y la audacia necesaria para enfrentarse a los límites; un magnífico legado para la posteridad”, como el mismo director apela.

La escenografía se advierte parca considerando el derroche de imaginación y espectacularidad del vestuario de Lorenzo Caprile (la protagonista se cambia de vestido en más de cinco ocasiones, aunque esta necesidad en el teatro quedaría más que cubierta con la destreza de los actores y la imaginación del público). Una despedida de Vasco como director de la CNTC en el Pavón de Madrid más que digna y amable para acabar el año, dejándonos con la miel del Amor y su fuerza, la que nos transforma y nos hace superar cualquier barrera. Si es que tenemos el corazón dispuesto. Porque “poco ama el que no pierde el sentido…”

Anuncios

Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
Esta entrada fue publicada en Teatro y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s