En mayo

 

“Un niño pequeño salió a jugar, y al abrir la puerta descubrió el mundo”

 Cuando escribo sobre lo mismo, suelo reiterar temas, siempre me ha ocurrido, no sé si por pereza, falta de ideas o -no me justifico, pero he meditado mucho sobre ello- porque, cuando escribo, completo fragmentos de mi vida con palabras, y paso páginas, y voy a las siguientes, de modo que cuando vivo las anteriores las vivo con la misma determinación, solo añado experiencia. Me ocurre a menudo con Titirimundi, un Festival que adoro por todo lo que proyecta en mí y por todo lo que proyecto cuando estoy en él. A veces pienso que Titirimundi es una forma de sentirme dentro de un cuento en una ciudad que me traslada a lugares conocidos en mi alma, adherida a ella, donde siempre quiero estar, como si hubiera encontrado la “flor azul” soñada por Heinrich en la obra de Novalis. Creo que soy una romántica.

Rod Burnett

Rod Burnett

Y es que en mayo también me siento una princesa, de mi propio reino –mi vida-, y solo soy capaz de ver a otros con esos ojos, ni siquiera tengo que fulminar a brujas y brujos perversos, suelen caer por su propio pie cuando empieza la alegría del festival y la inundación de la fantasía. Es fácil recordar uno de esos libros mágicos como La historia interminable, lleno de referencias: Fantasía existe en la ciudad del Acueducto cuando llega mayo, solo hay que ir hasta dentro, tomar el camino del interior. Las palabras, las imágenes, se convierten en una alfombra mágica para ir en busca de la realidad a través de esa fantasía que nos rodea, sumergiéndonos en nuestro yo más puro. O al menos eso es lo que yo siento. Me dejo seducir por completo y me abandono en manos de la magia. Es lo que también tiene confiar en los titiriteros.

Descubrimientos

Este año regresé a Titirimundi. En la crisis que nos consume, todo está teñido de gris, incluso la fantasía se desvanece por instantes, pero siempre vuelvo a casa con una sonrisa esbozada dentro, plena de ilusión y mis pupilas impregnadas de un espíritu tranquilo que me hace volver a ver el mundo con esos ojos de esperanza.

Una pieza de la exposición Vida acuática, de Ferroluar

Una pieza de la exposición Vida acuática, de Ferroluar

Con una luz tenue y el sonido de la chatarra, he buceado por el océano mecánico de Ferroluar, todo un descubrimiento, donde a veces incluso parece escucharse el sonido de un barco abandonado, del agua en calma moviéndose contra el casco de la nave. A través de la mandíbula de un tiburón, el espectador se sumerge en un mar profundo de animales creados con chatarra, verdaderas obras de arte cinético que, a través de sensores y una gran audacia por parte de Raúl Martínez, su autor, recrean un banco de peces en movimiento, una ballena beluga, un pez globo, una rana en un estanque, un caballito de mar, medusas, un caracol y hasta unas hormigas inquietantes. Un mundo para fascinar a los más incrédulos.

También he caminado por la sabana de Mali, y he podido escuchar leyendas gracias a los vistosos títeres ancestrales de Sogolón, a través de los cuales el carácter alegórico y metafórico del teatro de marionetas llega a su punto álgido. Cada figura es mágica y está en relación con los poderes divinos: su función principal es mostrar al hombre un camino correcto en la existencia. No es un aditamento prescindible de la vida, sino una gran fuerza cultural que se convierte en una necesidad humana. Y Yaya Coulibaly, su director y fundador, lo lleva a gala, un hombre lleno de sabiduría que sabe mirar. Las representaciones integran, entre otros elementos, la manipulación de figuras formadas por una estaca interior y un manto que la cubre con hermosas telas, junto al titiritero, la lengüeta, el narrador y los percusionistas del tambor. Toda una exquisita fiesta que, en esta edición, ha estado privilegiada por una figura que únicamente se emplea cada siete años.

El Carrusel Magique, inspirado en el universo imaginario de Julio Verne, gira sin parar hasta el final del Festival, y si una imagen permanece, es la de este tiovivo de ensueño que despliega una fantástica poética infantil y decimonónica. Construido en Toulouse (Francia) en 1999 por La Machina, bajo la dirección artística y técnica de Francois Delaroziér, fiel colaborador de la compañía de teatro Royal de Luxe, está creado con materiales básicos, como madera, cuero, vidrio, plumas, acero, hierro, estaño y cobre junto con elementos extraídos de diversas piezas de chatarra (motos, ventiladores, etc.). Cada personaje y carricoche dispone de diversos elementos que pueden ser activados por los niños.

Michèle Nguyen, en Vy

Michèle Nguyen, en Vy

Tampoco es posible desasirse de la magia siempre presente de El Circo de las Pulgas, o de la ternura este año de Tanxarina y su Titiricircus, de Vy, de Michèle Nguyen, un espectáculo sublime. O del reto de El Espejo Negro y La venganza de Don Mendo, la primera vez en la historia que la obra del gaditano Muñoz Seca se representa con marionetas. Un reto para la compañía, en su primera aproximación al verso y a las formas clásicas. Ni tampoco de la maestría e imaginación de La Chana, con Gaudeamus, una versión de El licenciado vidriera como ninguna hayamos visto antes. O los talleres de construcción de títeres. Este año no ha podido estar Chris Geris, de Plansjet, para enseñar su talla casi perfecta, así que el Festival se ha decantado por el aprendizaje para los más pequeños a través de tres escuelas al aire libre, una de ellas la de marionetas de guante de Gabriel Belloni y sus tijeras mágicas o la de títeres de dedo de cerámica de Miguel Ángel Molinero.

Aprendices de brujo

Otro de los recuerdos de este Festival es la memoria de Gonzalo Cañas a través de su Teatro de Autómatas, único en el mundo en su género que continúa funcionando, una magnífica muestra de arte popular mediterráneo creado artesanalmente por el feriante valenciano Antonio Plá en los años 40 con el nombre de “Hollywood”, que se exhibió por pueblos de toda España hasta 1992, año en que Cañas prolonga su vida, y por tanto también su magia, gracias a una cuidadosa labor de conservación, reconstrucción y mantenimiento de sus 35 personajes, tallados a navaja y movidos por un motor y un complejo mecanismo de poleas. Escultura en movimiento, según Decamps, máquina viva que con sus movimientos recrea la vida particular de personas, animales, cosas, el Teatro de Autómatas de Gonzalo Cañas alberga 10 escenarios en los que el espectador asiste a escenas cómicas de los siglos XIX y XX, a la comedia de costumbres y la sátira social gracias a escenas como “Sevilla y olé” (crítica de los espectáculos folclóricos de baja calidad), “La solterona” (retratos de la mujer a mediados del siglo pasado), “Dulce hogar”, “La romántica”; al mundo del circo (“Merlín el encantador” y los espectáculos del antiguo Circo Price) o a la evocación de mundos lejanos y exóticos, como “El Molino rojo”, uno de los escenarios más modernos introducidos en el teatro de autómatas, con personajes como Marilyn Monroe, Jane Russell o Zsa Zsa Gabor. Y es que esta genuina barraca hace, tal vez, recordar, como decía Gonzalo Cañas, que los seres humanos también somos de alguna manera autómatas, “robots genéticamente programados y dotados de una sofisticada mecánica: rótulas y tendones, musculosos fuelles, calibrados balancines, sonoras lengüetas… Aprendices de brujo, obsesionados con la hazaña de conocer el misterio de la vida”.

 The old lady and the beast

The old lady and the beast

Y no es posible olvidarse de La vieja dama y la bestia, de Theater Meschugge, con una Ilka Schönbein que no deja de sorprender. Fiel discípula de Rudolph Steiner, y del titiritero Albrecht Roser, Ilka predica la alianza del alma y el gesto. Su característico trabajo es un zambullido en lo desconocido, la búsqueda de lo absoluto de la representación a través de un lenguaje múltiple. Es Ilka la que da vida a los objetos, la que se convierte en un títere que encarna las mil caras de la vida con una fuerza emocional mágica. La artista ha dejado a su cuerpo convertirse en marioneta, por eso hace al espectador parte de su voluntad, de un proceso de creación intensamente vivo y comunicativo difícil de olvidar. Con The old lady and the beast, estreno en España gracias a Titirimundi, y desde hoy y hasta el 26 en la sala Cuarta Pared de Madrid (Festival de Otoño en Primavera), rinde homenaje a su padre a través de una historia inspirada en los cuentos de hadas donde se entremezclan la muerte y la vida dentro de un universo visual lleno de secretos, de meandros que diseñan un conjunto de símbolos representativos de nuestra identidad. Una fábula sobre una bailarina que quería ser una gran artista, una bailarreina, bailarruina, “imagen borrosa de la pequeña bailarina de Degas”, con manzanas perfumadas de belleza y una música de cabaret de los años 30 más que excelente, de la mano y la voz de Alexandra Lupidi, que combina el jazz, la música clásica y la contemporánea, dentro de una estética decadente, de rotos y paja, que nos hace meditar sobre el amor, sobre la vejez y el final de la vida. Pero siempre a través de la poesía que hace emanar de sus movimientos, donde subsiste, por encima de todo, el deseo de vivir.

En esta edición he tenido el privilegio de llevar a mi señorita Julia particular de 11 meses    -la razón de mi ausencia momentánea en este blog- que ha descubierto los títeres a través de la maestría de un Rod Burnett y su Punch & Judy siempre sorprendente. Ha abrazado a sus compañeras de espectáculo gracias a la lluvia de Besos de Teloncillo, y ha comenzado a ver de qué se trata ese mundo de fantasía que a sus padres tanto embelesa, con la mirada siempre curiosa y atenta para abrir la puerta y descubrir el mundo.

También he tenido la oportunidad de escribir el texto de presentación del Festival, ese espacio que en años anteriores han ocupado las palabras de Gustavo Martín Garzo, Dario Fo, Agustín García Calvo y tantos otros escritores y artistas de la misma talla. Un privilegio que he recogido con honor, y que dejo a continuación en este blog. Siento si me repito, pero es lo que tiene ser una misma, que la esencia permanece. Esperemos que en próximas ediciones la calidad del Festival no decaiga y la crisis no devore su espíritu.

Para los que tocan el cielo

 “El Festival Internacional de Teatro de Títeres de Segovia, Titirimundi, comenzó como un viaje, con la ilusión con la que empiezan todos los viajes, con la inquietud por descubrir aquello desconocido, con el carácter efímero de toda aventura que se interprete como tal, con ese cariz errante del titiritero que, de plaza en plaza, nos canta sus sueños y sus miserias. Pero con la voluntad de quedarse lo suficiente como para compartir un fragmento de vida y sobre todo de fiesta, sentado en su baúl –ese baúl austero– a comer y beber en los bodegones y tabernas, que señala Cervantes en sus Novelas Ejemplares. Y es que desde su origen Titirimundi lleva tatuado en su nombre la fiesta de los sentidos: como lugar de encuentro, de representación, de vida, de una ciudad que florece y se transforma con la llegada de la primavera, envuelta en mil colores y con el ritmo que imprime un festival de tal calibre y con tal carisma. Compañías de todos los lugares del mundo dibujan esa sonrisa que cada año materializa Segovia.

Titirimundi nació, pues, con espíritu libre, como el del titiritero más genuino y soñador que sabe que maneja una herramienta dramática con poderes de sugestión próximos a la magia, creando un espacio en el que todos somos iguales. Una entrada a esa utopía soñada donde todo se pone en tela de juicio. Comenzó siendo pequeñito, tan pequeñito, y al mismo tiempo tan grande, como los niños de los cuentos, y ha crecido extendiendo sus brazos y sus piernas en libertad, llegando a toda Castilla y León, Madrid, Navarra, Portugal.

Recuerdo la primera vez que viví Titirimundi. Fue como entrar en una ciudad tomada por el teatro de la ilusión, un gran escenario abierto formado por patios, iglesias, teatros y rincones históricos donde “guardar las palabras en el bolsillo” o “tocar la luna con las manos”, que diría Kamante Teatro, no era una quimera, sino un sueño cumplido. Durante varios días me quedé adherida a la Vida en una ciudad convertida en un inmenso castillo, como un títere gigantesco que se abría de todas partes, con dragones que arrojaban asombro por la boca, magos que encantaban las miradas, peces que nadaban por mares de poesía, bailarinas que caían del cielo en las manos o pulgas que se escondían en la inocencia de aquellos para los que soñar es una condición de vida. Segovia se rendía, y se vuelve a rendir hoy, ante el mundo descubierto de los títeres, como si hubiese abierto un baúl gigante donde todas las pasiones humanas estuvieran contenidas.

Y es que Titirimundi está hecho para aquellos que tocan el cielo, para los que pretenden una mirada distinta, para los que viajan sin fronteras en su imaginación, para los que quieren vivir la magia del teatro hasta dentro, ese mismo juego que el público y el Festival han determinado desde un principio, como si se tratara de un acuerdo tácito en el que el espectador y el artista se funden en uno solo.

Enraizado en esa pasión que produce el entusiasmo, en la fantasía necesaria cuando en los momentos de cansancio todo alrededor asfixia la ilusión, y en el rigor como una regla vital, en Titirimundi es posible contemplar las técnicas y corrientes más vanguardistas de este arte vivo y al mismo tiempo vivir la sencillez, esas historias de toda la vida que sabemos, pero que olvidamos ante la rapidez y la rutina. Quizá porque la sencillez puede ser maravillosa por su pequeña grandiosidad, y en esas sencillas historias se encuentra la esencia de la vida. Espejo nuestro, como señalaba Samaniego en su fábula Los dos titiriteros, espejo deformado, como el del callejón del gato valle-inclanesco, el títere arrastra al espectador a un mundo cuya premisa es dejarse seducir.

Cuenta un relato hindú que Parvati, la mujer del dios Shiva, hizo un hermoso títere que escondía a los ojos de su esposo para que éste no lo viera y se enamorara. Llevó la muñeca a la montaña, y todos los días iba a visitarla y a adorarla. Pero el dios Shiva, una vez, la descubrió mientras buscaba una flor. Se enamoró del títere, le dio vida y huyeron juntos. Tal vez por eso Titirimundi es un momento y un lugar para huir de la cotidianeidad, para viajar al espíritu del títere y, como Shiva, llevarse para siempre, pegado al corazón, un pedacito de esa vida de hoy contada a través de un taco de madera, un rostro de trapo, unos ojos de tinta y una sonrisa de cien hilos.”

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Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
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Una respuesta a En mayo

  1. Lourdes Abad dijo:

    Ah! Y cmo no, Julia est ah. Le gustar leerse cuando sea un pooc ms mayor.Besos!

    Date: Fri, 24 May 2013 22:24:01 +0000 To: labadvidal@hotmail.com

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