Lo que queda tras las guerras. Hécuba: el abismo del sufrimiento

Es preferible morir a odiar y temer; es preferible morir dos veces a hacerse odiar y temer; tal ha de ser, algún día, la suprema máxima de toda sociedad organizada políticamente. Nietzsche

Concha Velasco en Hécuba.

Concha Velasco en Hécuba.

Siempre me ha embelesado el entorno de la ría de Avilés, su historia, y hasta los fuegos artificiales que en ella se reflejan durante las fiestas de San Agustín. Ahora, el islote blanco del Niemeyer sirve como balcón a las aguas que un día fueron cristalinas, con esos presuntos recuerdos de Ipanema. En un espacio abierto al aire libre como su despejada plaza, no podría emerger sino el mejor teatro. Con la luna casi a un lado, dibujada en un cielo terso, y la lengua de mar fluyendo bajo su luz, el Centro Niemeyer acogió el viernes 16 de agosto uno de los grandes montajes teatrales de este año o, por lo menos, de los más exitosos a nivel de público.

Protagonizado por Concha Velasco y con un sólido reparto (José Pedro Carrión como Ulises, Juan Gea como Agamenón, Maria Isasi como Polixena y Alberto Iglesias como Poliméstor, entre otros), más de 1.600 personas pudieron disfrutar de Hécuba, el texto de Eurípides en versión de Juan Mayorga y dirigido por José Carlos Plaza, en una coproducción de Pentación y el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.

Si Esquilo en Los Persas -la obra teatral más antigua que se conserva y la única basada en hechos históricos que ha llegado hasta nosotros-, describía la derrota del ejército persa -cuyo rey fue vencido porque olvidó que era un hombre y no un dios- y lo innecesario de las guerras si no fuera por los intereses económicos –mostrando además cómo acatando las normas ciudadanas es posible preservar el orden democrático frente a la injusticia-, Eurípides, el más prolífico de los trágicos griegos, aborda también en este texto, escrito y representado en Atenas en el año 424 a. C., el llanto por la derrota, por la pérdida, por una guerra que en realidad solo es fruto del odio o de la falta de amor. Por una guerra resultado de la venganza, del deseo de poder de unos sobre otros. Desafortunadamente, lo que rige la vida cotidiana.

La obra comienza con la derrota de Troya –Eurípides sitúa la acción en la península de Quersoneso, Tracia, hoy Galípoli (Turquía)- por el ejército griego y el dolor de una anciana, esposa de un rey (Príamo) y madre de unos hijos llamados a ser reyes, convertida en esclava, esperando la hora de ser trasladada a tierra extranjera. La sombra de Aquiles se muestra a su ejército y reclama que le sea sacrificada la más bella de las troyanas, Polixena, hija de Príamo y Hécuba. Odiseo (Ulises) anuncia a Hécuba, la que un día salvó su vida y sin embargo ha convertido en esclava, la noticia. Polixena acepta de buen grado su muerte, pues hija de rey no ha nacido para pertenecer a otros, y ante el dolor de su madre, que ha tenido que ver cómo su otra hija Casandra ha sido convertida en concubina de su enemigo, Agamenón, marcha camino de su destino. Polixena es honrada por los griegos por su valentía y su cuerpo entregado a Hécuba. Pero la desgracia se ceba de nuevo con esta anciana. Polidoro, el menor de sus hijos, a quien Príamo, en el momento en que Troya fue asaltada, puso a salvo enviándolo al cuidado del rey de Tracia, Poliméstor, junto a gran cantidad de su tesoro, es asesinado por su cuidador para apoderarse del botín. Hécuba recoge esta última desgracia y esta traición atroz con la misma entereza que las anteriores, pero su rabia y su dolor inundan su alma. Cuanto más débil parece, esta madre traicionada y arrebatada de todo lo más preciado, hace emerger toda su fuerza y devuelve el golpe con la misma vehemencia. “Un dios sanguinario devora a sus hijos en beneficio de unos pocos que se enriquecen a costa de la sangre de muchos. Y el inmenso dolor que produce no desaparece, sino que permanece enraizado en el alma y transforma al mortal en animal, un animal apaleado, pero al mismo tiempo un animal cargado de esa pasión del alma colérica que convierte al ser humano en bestia irracional y que, cegado por esa rabia que le emponzoña, le conduce hacia la venganza. Una venganza, a su vez, que engendra nuevos dolores, y así la cadena de violencia se repite por los siglos, indefectiblemente”, como bien explica Mayorga.

Moralista del destino

Hécuba, no vacila en su venganza, al contrario que Hamlet. Tiende con determinación una trampa a quien rompió el pacto establecido y traicionó a su marido y asesinó a su hijo, y, con la ayuda del resto de las troyanas cautivas, mata al hijo de Poliméstor–en el texto original, a los dos hijos menores- mientras que a él le ciega. Precisamente esa traición de la convención es lo que analiza la historiadora y filósofa Martha C. Nussbaum, Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en 2012, en su obra más conocida: La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega. “El asesino de un hijo debe padecer la muerte de los suyos; el profanador de la xenía, una profanación de la hospitalidad igualmente espantosa; el que mutiló a Hécuba, debe ser, él también, mutilado”.

Requerido Agamenón para resolver el litigio, el rey de Micenas no toma ninguna decisión contra Hécuba, pero Poliméstor profetiza a Agamenón su violenta muerte junto a Casandra y a Hécuba, perseguida y sola, su transformación en perra. El dolor de Hécuba produce compasión, su justicia retributiva, horror y desazón.

Un momento de la representación

Un momento de la representación

Los horrores del siglo XX y el redescubrimiento de Las Troyanas convirtieron a Eurípides, todo un moralista del destino y precursor, además, del drama burgués, en un dramaturgo político casi moderno. Tres meses después de que Franz Werfel, el poeta y dramaturgo austriaco, tradujera Las Troyanas en 1914, el archiduque Francisco Fernando fue asesinado en Sarajevo. En el prefacio a su versión de la obra de Eurípides, Werfel había escrito proféticamente: “La tragedia y la desgracia de Hécuba pueden regresar ahora; el tiempo ha llegado”. De hecho, el tiempo de Hécuba ya había llegado a principios de siglo. Gilbert Murray, idealista de la Liga de las Naciones y el gran divulgador de la tragedia griega, hizo una versión, dirigida por Harley Granville-Barker, en el Royal Court de Londres en 1905. Murray fue abierto en su oposición a la guerra Anglo-Bóer. Vio paralelismos inevitables entre el sufrimiento de Hécuba y las mujeres de Troya, y el sufrimiento de las mujeres y niños bóer cuyas granjas fueron quemados mientras eran internados por Lord Kitchener en campos de concentración. Las similitudes entre el imperialismo griego y británico eran obvias.

En 2005 Tony Harrison presentaba en EEUU su versión de Hécuba de manos de la Royal Shakespeare Company, en un reparto encabezado por Vanessa Redgrave. En una versión contemporánea y llevada explícitamente a la actualidad, realizaba paralelismos con tantas hécubas de hoy: la refugiada impotente, el ejemplo de un país aplastado por una máquina de superioridad, haciendo referencia a la guerra de Irak. Todavía podemos estar llorando por Hécuba, pero permitimos que nuestros políticos llenen las calles de con más y más hécubas en nombre de la libertad y la democracia, venía a expresar en escena.

En esta brillante versión de la tragedia de Eurípides que ha recalado el Niemeyer, Juan Mayorga se detiene en la época en la que fue escrita, tan fácilmente extrapolable a la nuestra, sin necesidad de realizar ninguna explicitación. Con un ritmo textual que no se quiebra en ningún momento, permite que la trama fluya con agilidad sin que el público pierda un solo detalle, invitándole a la reflexión paralelamente al desarrollo de una historia que ahonda en lo más esencial del ser humano. De nuevo convierte Mayorga todo lo que escribe en un tesoro teatral de gran belleza e inteligencia.

El dolor de las víctimas

Elemento común de muchas de las obras de Eurípides es la desilusión del héroe, presentada mediante recursos psicológicos y naturalistas. Pero esta vez es el resurgir de una heroína que vuelve a caer por su propio pathos, es la justicia desbordada. Hécuba es una mujer fuerte que lucha hasta el final por salvar su dignidad y la de sus hijos, condenados ya a muerte, al igual que ella. Y es también el reflejo de todas esas mujeres y hombres que, en las guerras, desempeñan un papel fundamental: el de víctimas. Presa del dolor, Hécuba aplasta con su dignidad el menosprecio del ejército extranjero. Hécuba es la mujer felizmente casada y ahora viuda desdichada, la reina de los troyanos convertida en reina de las esclavas, combatiendo en la más humillante de las derrotas; la mujer en los extremos de la fragilidad humana. Despojada del trono, la riqueza y su familia, es el abismo del sufrimiento, la exiliada de un país vencido tras una guerra que se ha llevado a sus hijos y a su honra y que nos hace preguntarnos “qué intereses ocultos se encubren con palabras falaces como patria, honor o justicia o cuántas vidas son necesarias para colmar esos intereses fraudulentos y corruptos”. O más aún, cómo la vida humana se convierte en moneda de cambio sin valor y la irresponsabilidad de los gobernantes y sus carencias personales acaban desembocando en una lucha absurda de poderes. O cómo el lenguaje, que establece vínculos de comunicación y por tanto de convivencia, puede ocultar lo que se debería revelar como todo lo contrario, como la ruptura falaz de toda convención armónica.

Hécuba es “el llanto por la guerra, por la derrota, por las pérdidas y un llanto también por el infortunio. Estar en momentos, lugares y circunstancias que colocan al hombre y a la mujer en situaciones límite, haciéndoles testigos y actores de acontecimientos muy diferentes de aquellos con los que alguna vez soñaron o trataron de alcanzar. Seres que llevan el sello de la adversidad, de la infelicidad y del desamparo. Porque el infortunio es el sello esencial de Hécuba. Sus hijos, uno tras otro, pierden la vida sin que ella, impotente, pueda hacer nada para evitarlo”, escribe Mayorga.

Imponente en el escenario, Concha Velasco da vida a un personaje sometido a su dolor

Imponente en el escenario, Concha Velasco da vida a un personaje sometido a su dolor

Vuelve, pues, Mayorga a encontrarse con el director José Carlos Plaza (en 2007 llevaría a escena su versión de Fedra, protagonizada por Ana Belén), que realiza una puesta en escena eficaz, sin envoltorios superfluos, en una escenografía austera –adaptada al escenario polivalente del Niemeyer- y con un reparto equilibrado. Aunque, en la humilde opinión de quien escribe, por momentos no tan convincente en sus interpretaciones. La hija de Marisa Paredes, María Isasi, se pone en la piel de Polixena en un papel lleno de luz, bien dramatizado, al igual que José Pedro Carrión como Ulises, sobrio y persuasivo y Alberto Iglesias (Poliméstor), con una actuación bien enfocada y muy acertada. Juan Gea, con una peluca rojiza que no le movía ni la brisa asturiana, y que irónicamente trajo a mi memoria a un personaje de Akira Toriyama, interpretó su papel con ciertos altibajos, como si, en ocasiones, el propio héroe no se creyera su papel en la historia. Y la gran señora que es Concha Velasco, toda una monumental Hécuba sobre las tablas -y que ya ha trabajado con Plaza en tres ocasiones anteriores (Carmen, Carmen; La rosa tatuada y Hello, Dolly!)- no dejó el escenario sino lleno con su imponente carisma. Resulta extraño verla interpretando una tragedia griega -el año pasado también participó en el Festival de Mérida con Hélade, de Joan Ollé, con un monólogo perteneciente a Las Troyanas-, quizá por eso a veces la impostura verbal ante el dolor y la asunción del mismo en un personaje acongojado por el sufrimiento y la deshonra, y sin embargo pleno de fortaleza, resultaba demasiado repentina y carente de profundidad, sin acabar de convencerme del todo –personalmente, claro está-.

A pesar de todo, hay que alabar la presencia escénica de Velasco, que, sin duda, es ya desde hace años una grande del teatro y del cine español, y que continúa superándose, con éxito, en sus trabajos. El público, casi en su mayoría, se alzó para aplaudirla inmediatamente después de que emitiera su último grito: el del aullido de quien se ha convertido en perra, en una historia plenamente humana en la que no aparecen los dioses. Quizá porque, como bien dice el autor de la versión, no son los dioses los que transforman a Hécuba en perra, sino “la injusticia, la traición y la ignominia: los verdaderos dioses de esta historia”.

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Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
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