Desde la cama

“Estar quietos no significa/ estar muertos/ ni perder fuerza/ está quieto quien escucha, / está quieto quien observa. / Quieto está quien decide, / como el silencio que/ precede a la lluvia./ Estar quieto no significa estar cómodo/ el equilibrio se altera/ en una quietud de resorte/ o de fiera/ o de púgil, / o de quien oye el tiempo pasar por las venas gota a gota.“  

Siempre me ha gustado, estando sana, permanecer un ratito en la cama, un ratito que se alarga demasiadas veces y que se convierte en un cúmulo de historias y de momentos que conservo como parte de mi diario íntimo, esa bitácora de instantes que se viven por dentro y que solo una y Dios conocen y disfrutan en todo su esplendor. Lo confieso, nunca he sentido ningún placer por madrugar, algo que arrastro desde mi infancia y que me recuerdan constantemente mis seres queridos, cuando perdía los autobuses que me llevaban al instituto, cuando aún iba despegando los ojos por el camino hacia la universidad, cuando me tenían que llamar mil veces para irme de viaje, cuando tenía que poner dos o tres despertadores a distintas horas, con el fin de arrebatar a Cronos minutos, segundos, milésimas en las que poder aún acariciar ráfagas, instantes, vidas que no pueden ser olvidadas. “Abarcar la eternidad en una hora”, diría William Blake. Nunca he sido madrugadora y no creo que jamás lo sea, a no ser por fuerza divina; no forma parte de mi carácter, y además no me gusta, lo digo tajantemente. Cuando alguien me espeta eso de que “a quien madruga Dios le ayuda”, le suelo responder que “no por mucho madrugar amanece más temprano”. Es lo que tiene el refranero español, respuestas para todo… Sin embargo, es cierto que muestro cierta admiración por aquellos que esperan el amanecer levantados y dispuestos a vivirlo, aunque yo prefiera aparecer directamente en el día y aprovecharlo de otra manera. Y sobre todo, la noche. Mientras todos duermen, yo viajo a mil lugares dentro de mi imaginación, repaso personajes, me cuento historias, como si fuese una Sherezade para mí misma, me río y lloro, formulo preguntas, invento respuestas, y me entrevisto, analizando circunstancias, previendo otras, escribiendo en mi mente… Vuelvo a mis recuerdos una y otra vez para vivirlos de nuevo, para no olvidarlos todavía y para recrearme en ellos, transformándolos en presente… Y escucho, escucho, escucho… Todo, tumbada en mi cama, detenida sin perder la fuerza, presente como la Naturaleza, sin cansarme nunca… Mis pies siempre podrán pensar lo que quieran…

Entonces, levanté la mirada y tenías la luz encendida. Tú no lo sabías, pero ibas y venías iluminando los días…

Desde La cama de El Sol de York

Atmósfera de La cama, en El Sol de York hasta el 20 de octubre

Atmósfera de La cama, en El Sol de York hasta el 20 de octubre

Raquel me preguntaba: “Pero, ¿qué te hacen? ¿No te sacan a hacer nada, verdad?” Le debía una explicación. Hace casi un mes pude disfrutar de un espectáculo de teatro sensorial en la activísima sala madrileña El Sol de York, que aún estará en cartel hasta el 20 de octubre. Escondido o refugiado entre los edificios de Arapiles, este pequeño y al mismo tiempo gran teatro -por la cuidada y variada programación- cuelga de un pequeño puente como si fuese un barco atracado en mitad de Madrid, una pasarela de embarque iluminada con pequeñas bombillas alrededor. Se nota que vamos de fiesta… Así entramos a la sala donde nos ofrecen un té con galletas, para coger energía o abandonarla, y en silencio, mientras todos nos miramos, una de las actrices nos invita a entrar, uno a uno y cada cual según su estilo –ese día estaba generosa y me salió del alma abrazar, con toda la naturalidad, a la actriz, que me devolvió el abrazo y no dudé en entrar en el juego nada más que con el amor más esencial-, a través de un caminito de cuerdas que nos conduce a un gran túnel, matriz blanca y blanda a la que llegar a otra sala diáfana, llena de camitas y de olor a incienso, tal vez para renacer, recrear, rememorar… Así aparecí en La cama, el espectáculo de Teatro en el Aire, una compañía que desde 2001 reúne a un grupo de actores y actrices de diversas nacionalidades –en el mismo año fundaron su sede en Carabanchel, aquella Nave de los locos enfocada en la formación y la creación que luego se convirtió en La Caravana y que sobrevivió hasta 2008, ahora sus vestigios permanecen en la Universidad Popular de Rivas Vaciamadrid- para fusionar el lenguaje sensorial aplicado al teatro y el teatro de texto, casi lírico. Una investigación que se completa con la participación del público, gracias a las sensaciones y a la experimentación que éste vive in situ. Todos los espectáculos de Teatro en el aire son experiencias llenas de sonidos, olores, texturas, imágenes sugerentes vividas en la penumbra, el silencio y la compañía de la palabra poética, elementos que contribuyen a desplazar al espectador a través de un mundo sensorial íntimo, intuitivo, natural y sin prejuicios.

Y es que en La cama no queda otra que ser uno mismo. La cama es el lugar donde se nace, donde el ser humano pasa lo mejor y lo peor de su vida, donde la enfermedad, el placer, la felicidad, la tragedia, la vida y la muerte transcurren. En la cama, dicen, uno se “hunde o levita sin remedio”.

La cama, de Teatro en el aire

La cama, de Teatro en el aire

A la luz de las velas, y junto con otras 18 personas, me acuesto, sin ningún miramiento, en mi camita. Con lo que a mí me gusta… “Es el espectáculo perfecto para mí”, pienso… Allí me acurruco, y alguien me arropa, y entonces regreso por un instante a mi infancia, y siento las caricias y el amor de mi madre, y alguien me cuenta una historia, y me canta una canción, y pienso en mi padre, que se inventa una historia para mi hermana en la cama de al lado. Y entonces alguien vuelve a narrar otra historia, y entre mis compañeros de este “viaje sensoteatral”, Mauri y Rafa, nos miramos, nos da la risa, y entramos nuevamente en el juego… Una nana, el amor, mi amor, un parto, mi niña, la alegría, el cansancio, la tristeza, la enfermedad, la pastilla antes de dormir, el hospital, la muerte, la vida… Paisajes oníricos, algunos más relajantes que otros, que nos hacen deslizarnos por los recovecos de nuestro interior, atravesando el temor, circundando el final de todo ser humano, abalanzándonos sobre la alegría, y respirando la paz de una atmósfera bien creada por esta compañía dirigida por Lidia Rodríguez. Se trata de dejarse llevar para desarrollar, desde la percepción sensorial, la capacidad creadora que todo ser humano conserva, para mirar hacia adentro y quizá, al mismo tiempo, vivir en sociedad, junto a otros, respetar sus sensaciones. Una experiencia singular, deliciosa, inolvidable, seguramente, que despierta ternura y hace compartir con desconocidos la sonrisa de irse del teatro con la luz encendida…

Y, entonces, alguien apaga la luz de la mesita, y escucho, escucho, escucho…

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Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
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Una respuesta a Desde la cama

  1. Julia Rico Ortega dijo:

    Gracias por compartir información suculenta de esta forma tan delicada. Me ha encantado la crítica, de la belleza del espectáculo hemos podido disfrutar. Intentaremos ir a verlo. Un abrazo, Julia (Habitar la Línea)

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