Vivir, seguir la Vida. Lauro Olmo en La pechuga de la sardina

“Porque se lee y se escribe no para aprender o adquirir alguna forma de poder, sino para recibir algo. Aunque no sepamos qué es eso que puede sernos regalado”. (Martín Garzo, Gustavo: El cuarto de al lado)

La pechuga de la sardina de Lauro Olmo en el Teatro Goya (1963). Archivo de Santos Yubero.

La pechuga de la sardina de Lauro Olmo en el Teatro Goya (1963). Archivo de Santos Yubero

Termina en la Sala Valle-Inclán el Centro Dramático Nacional (CDN) la representación de una obra tan necesaria como bella, La pechuga de la sardina, de Lauro Olmo, una pieza teatral cuyo estreno, el 8 de junio de 1963 en el Teatro Goya, dirigida por José Osuna e interpretada por María Bassó, Ana María Noé Marta Padován, Belinda Corel, Mayrata O’Wisiedo, fue un fracaso estrepitoso que a su autor le costó el éxito que anteriormente había obtenido con La camisa (1962). Nunca representada hasta ahora –solamente en 1982 en “Estudio 1” de TVE, dirigida por Francisco Abad e interpretada por Emma Penella, Amelia de la Torre, Marisa Paredes, Verónica Forqué, Inma de Santis, Pilar Bayona- es todo un acierto en este momento que Manuel Canseco haya rescatado, y dirigido con tanto respeto, esta joya de la historia del teatro español con un reparto excelente y una apuesta inteligente del CDN al hacerla visible y al traer a este siglo XXI una valiente pieza teatral.

Representación viva del teatro realista de corte popular que desafiaba a la sociedad imperante, mezclada con formas sainetescas del mejor teatro de Arniches y con una base estética fundada en un proceso de esperpentización que logra crear un único protagonista, el ambiente tradicional español -convertido aquí en algo grotesco-, en La pechuga de la sardina asistimos a un fragmento de vida de varias mujeres en una pensión madrileña. Allí conviven Juana –magnífica María Garralón- la dueña de la pensión, una mujer fuerte, práctica y llena de experiencia que se preocupa por todas y que al mismo tiempo es víctima de su propia vida, un marido borracho que la dejó y al que de vez en cuando ayuda; Concha –un papel bien interpretado por Natalia Sánchez, una joven actriz, la popular Teté de “Los Serrano”, que recientemente también ha participado en Amantes de Aranda, con dramaturgia de Álvaro del Amo-, que se ha quedado embarazada, sin ese novio que asuma su responsabilidad y sin trabajo; Paloma –Cristina Palomo, formada sólidamente en la escuela de La Guindalera-, una mujer avanzada para su tiempo, como lo era el propio Olmo, luchadora y estudiante por cuya boca el autor aprovecha para decir todas las verdades; Soledad –Alejandra Torray-, una mujer soltera y madura abandonada por su novio y que ahora, en busca de aventuras eróticas y románticas, se aferra a la vida para intentar vencer al tiempo que pasa y a la soledad a la que su propio nombre alude; doña Elena –una Amparo Pamplona invencible hasta por el sueño, acostada durante media función en la cama de su habitación-, una solterona amargada y resentida, muerta en vida y beata que dura y aparentemente rechaza todo lo que significa el amor, espiando con sus prismáticos todo lo que pasa por las ventanas de dentro y de fuera de la pensión, una representación de la hipocresía sexual y reprensión de la propia sociedad en los años 50 y 60; y Cándida –estupenda Nuria Herrero en su personaje, contrapunto cómico del drama- la “criada” de la pensión, una joven llena de vitalidad y desparpajo que sueña con una vida mejor pero sin pretensiones.

El papel esencial de la mujer en su teatro

Natalia Sánchez (Concha) y María Garralón (Doña Juana), en La pechuga de a sardina, dirigida pro Manuel Canseco. Sala Valle-Inclán del CDN. Foto de Marcos G.

Natalia Sánchez (Concha) y María Garralón (Doña Juana), en La pechuga de a sardina, dirigida por Manuel Canseco. Sala Valle-Inclán del CDN. Foto de Marcos G.

En la dramaturgia escrita por hombres, ha habido siempre obras que proyectan una perspectiva a favor de la mujer al señalar condicionantes que convierten a la mujer en víctima y la aprisionan en una existencia sin sentido. He ahí la trilogía trágica de García Lorca. Incluso en el último teatro español del siglo XX muchos escritores apuestan por la mujer enfrentándola a la sociedad patriarcal. Sin embargo, en la década de los 60 solo Martín Recuerda en Los salvajes en Puente San Gil y Como las secas cañas del camino, y Lauro Olmo en La pechuga de la sardina, La señorita Elvira, El cuerpo, Historia de un pechicidio, La camisa o English Spoken destacan por tratar la problemática de la mujer y acusar a la sociedad prejuiciosa e hipócrita. En una entrevista publicada en 1991, Olmo aludía al papel esencial de la mujer en su teatro: “Por lo general, cuando cojo a la mujer española pues la veo como víctima de unos prejuicios, de una estructuración social determinada. […] Siempre he visto a la mujer como gran víctima”. Por eso La pechuga de la sardina es todo un ejemplo de esa mujer víctima de su tiempo, de la sociedad en la que vive y de su historia truncada, no tan lejana a la actual, y que Canseco ha sabido reflejar con toda su fidelidad en un espectáculo redondo y bien aprovechado. El personaje principal es ese ambiente opresivo, ese contexto y la situación que asfixia a cada una de ellas, alegoría de la sociedad dentro de una obra bien intrincada en la que cada personaje tiene su función y define al resto –geniales Marisol Membrillo y Marta Calvó, especialmente esta última, lástima que su actuación sea tan breve y que no haya tenido un papel más suculento- como el mismo mundo en el que vivimos, donde unos nos reflejamos en otros, y nos necesitamos. Tal vez por eso el pensamiento aristotélico de que el hombre es un ser social por naturaleza. Un ambiente, pro otra parte, que a veces parece simular el ritmo de una danza macabra y que adquiere, en las palabras del propio Olmo (“Unas palabras”, en La pechuga de la sardina, Madrid: Escelicer, 1967), “un poder asfixiante, desvitalizador. Todo va conduciendo a esas patéticas campanadas finales”.

Olmo, representante de la realidad de la posguerra siempre desde una mirada crítica y tenaz, no descubre sino el problema íntimo de la vida cotidiana española, revelando los anhelos de la mujer, el dolor, la soledad, denunciando la estructura político económica que entorpece el futuro de la mujer española de los 60 y los prejuicios y actitudes que facilitaban el estado de frustración y la falta de libertad de la mujer. “No, la vida no puede caminar llevando en los tobillos unos prejuicios, unos pequeños pseudo dogmas que, como grilletes, le dificultan el devenir”, escribía.

Rigor y belleza en un espectáculo comprometido y fiel a su autor

Un momento de la representación de la obra, con Natalia Sánchez y una Amparo Pamplona deslumbrante en su papel de doña Elena. Foto de Marcos G. Archivo del CDN

Un momento de la representación de la obra, con Natalia Sánchez y una Amparo Pamplona deslumbrante en su papel de doña Elena. Foto de Marcos G. Archivo del CDN

La dramatización de la asfixia opresiva de la mujer en La pechuga de la sardina fue algo insólito en las tablas españolas de la posguerra. Su director en 1963, José Osuna, decía que era “una de las mejores comedias que se había escrito en España desde hacía mucho tiempo”. Pero en su estreno se la tachó curiosamente de obra burguesa, se criticó su escenografía, el desarrollo de los personajes y la falta de lógica del drama, entre otros aspectos. Aunque quizá lo que molestaba tanto a los críticos, como a la derecha y a la izquierda intelectual, era el protagonismo femenino y sus revelaciones íntimas en detrimento del antropocentrismo tradicional. En La pechuga de la sardina, el hombre denigra a la mujer. A lo largo del montaje escuchamos diálogos machistas, especialmente en el personaje encarnado por Manuel Brun, hasta llevarnos la mano a la boca, no tan diferentes a lo que hoy escuchamos actualmente en las calles o apreciamos camuflados en los medios. No hemos cambiado tanto, solo hemos modificado el tiempo y la modernidad se ha encargado de desvelar algunos conflictos, pero la carga que llevamos sigue indemne y las raíces bien hundidas.

En esta obra coral sobre las mujeres, el hombre no sale muy bien parado. El dramaturgo gallego apostaba por remover conciencias para combatir la injusticia social y potenciar la autocrítica por parte de la sociedad. Ese era, según él, la función del dramaturgo. Un compromiso que llevó hasta el final y que ilustra su talante, su honestidad intelectual y personal, su fidelidad a su manera de pensar y de escribir. Su principal objetivo fue llevar a escena lo que se puede observar como un simple mirón en la calle, una línea en la que Olmo y su esposa, la escritora y dramaturga Pilar Enciso, “su compañera en las horas difíciles”, como dice en la dedicatoria de La camisa, desarrollaron su activismo cultural a través de su grupo de Teatro Itinerante, siempre cercanos a la gente del barrio en el que vivían, al testimonio y la protesta.

También ese carácter de mirones, de voyeurs está proyectado en la escenografía de esta Pechuga de la sardina de Canseco, a través del hermoso diseño de Paloma Canseco, y en la que nos situamos alrededor de ella. Una pensión con puertas y habitaciones donde transcurren las vidas de estas mujeres, y de cuya frustración también nos hacemos cómplices.

Olmo, a  través de esta obra, revela, critica y también emite un grito de aliento, como al final, justo cuando las palabras irónicas de una anciana, que busca a su gato/hombre que no encuentra, exclama que se le va a “pudrir la pechuga de la sardina”. Palabras que tal vez remitan a la canción irónica de Cándida, la criada, y a la esperanza de Olmo en que, como bien expresa Martha T. Halsey en “La problemática de la mujer en algunas obras teatrales de Lauro Olmo” (nº 8 de Teatro: revista de estudios teatrales), “la juventud y la vitalidad de la generación de Concha y de Paloma no se corrompa como la de la Viejecita, las beatas y doña Elena”. Y a que la voluntad y la fuerza puedan en la lucha. Como expresa el personaje de Paloma: “Dentro de cada uno de nosotros hay algo que es muy fuerte. Algo, Concha, que si sabemos sacarlo a flote nada ni nadie puede con ello. Mira a tu alrededor: penas, alegrías; […] gente que se alza y gente que se hunde. Pero siempre la vida en pie”.

La finalidad de la vida está en el vivir, dice Soledad en un momento de la obra. Olmo nos deja esta obra como testigo para que lo recojamos y también Canseco, fiel a esta hermosa pieza de la condición humana, nos la regala con rigor, belleza y un sabor agridulce a actualidad. Ojalá La pechuga de la sardina no se desvanezca en el CDN y tenga una gira importante.

Reparto de La pechuga de la sardina con dirección de Manuel Canseco. Archivo fotográfico del CDN

Reparto de La pechuga de la sardina con dirección de Manuel Canseco. Archivo fotográfico del CDN

 

 

 

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Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
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