Estrellas sin rumbo. Las Princesas del Pacífico

Ensimismado y amargo/ España, amarilla; [ …]/ desconocido y [ …]/ confuso, [ …] pelea/ humillada y sin ventana/ ya acabó. Desvívete./ No te mueras./ Resucita y agoniza./ No te detengas. Sierpe. Sirena./¿Para qué? ¿No ves?/ No quiero: quería. Sueño./ Ancestro. Fiera […] (María Zambrano, del poema “Pámpano, rosas, las eras…”)

Sentada en el parque, hablo con otras madres, intercambiamos ideas, risas, elogios, lamentos, y, a veces, historias. Historias guarecidas en la sencillez de una conversación vespertina que se hacen grandes en la reflexión de la noche. Y cuando esas historias están llenas de capacidad para salir adelante, me doy cuenta de que esas mujeres son princesas. Somos princesas –me incluyo sin modestia y con certeza- con vidas diferentes y coronas diversas, con hazañas que nos levantan del suelo y una dignidad cincelada con el tiempo, tras alzarnos, como podemos, de tantas caídas. Luchadoras por una vida mejor. O, al menos, por una vida. “Las ‘maléficas’ -recuerda mi amiga Marta- son siempre princesas que no han sido salvadas”, por una u otra razón. Quizá porque las auténticas princesas son aquellas capaces de salvarse a sí mismas… Como estas Princesas del Pacífico de La Estampida Teatro, dirigida por José Troncoso –actor de cine y teatro, La voz dormida; La Ratonera, A el musical, El triunfo de la mediocridad y no hace mucho director de La pausa del mediodía de Neil Labute-, una delicattessen escénica como pocas que, tras pasar en 2015 por salas teatrales que saben bien lo que hacen, La Guindalera y Lazonakubik, permanecerá aún en cartel este fin de semana en los Teatros Luchana de Madrid y el 11 de marzo se podrá disfrutar en la Sala Ex.Presa 1 de La Cárcel_ Segovia Centro de Creación, dentro de los VI Encuentros “Mujeres que transforman el mundo”. Un interesante ciclo de conversaciones ante el público entre conocidas periodistas y destacadas activistas de diferentes países, grandes mujeres capaces de transformar con sus propuestas el destino de otros seres humanos.

Las Princesas del Pacífico, de La Estampida Teatro. Entre lo grotesco y la tremenda realidad

Las Princesas del Pacífico, de La Estampida Teatro. Entre lo grotesco y la tremenda realidad

Agustina (Alicia Rodríguez –La maleta de los nervios de Chirigóticas/ Antonio Álamo; La mujer por fuerza, de Pepe Maya, etc.-) y Lidia (Belén Ponce de León –Doña perfecta en el CDN; El castigo sin venganza de Ernesto Arias; Fuenteovejuna de L. Boswell, etc.-), tía y sobrina, llevan tanto tiempo juntas “que han acabado por convertirse en un monstruo de dos cabezas. Feas, grotescas, diferentes…” Apartadas de la sociedad en ese salón-búnker tradicional de ganchillo –la escenografía apenas contiene más que unos tapetes que enmarcan la escena sobre el suelo y por el que el personaje de Agustina a veces parece correr, cual muñeca de Famosa, para revelar el paso del tiempo; todo lo demás es luz, una iluminación adecuada, acción y dos interpretaciones magistrales-, viven recluidas para protegerse de todas las miradas con una única ventana al mundo: la televisión. Pero también desde allí nos miran y se ríen de las desgracias ajenas, las nuestras, para sentirse acompañadas, convirtiéndose en cronistas de esas historias fallidas y transformándolas en comedia. Tal vez porque el humor es uno de los recursos humanos que permiten continuar y avanzar en la hostilidad.

El detonante de este espectáculo, redondo y rotundo y con mucho que aportar tanto en el contenido como en la forma, es un número de la “suerte” que cambiará sus vidas, el premio de un fantástico crucero con el que nunca habrían soñado, y que las colocará de inmediato en el mundo exterior, cerca de nosotros, para que podamos vernos reflejados en ellas. A partir de aquí se hilará casi un thriller marcado por la acción, porque si algo es esta función es puro teatro en acción, con referencias al cine que ha hecho historia. Una obra escrita por actores que conocen bien la profesión y tejen una dramaturgia como verdadera filigrana -con un rigor escénico incuestionable y un placer por el teatro que hace brillar cada escena-, y que empezó a gestarse ya hace 10 años en Sevilla de la mano de José Troncoso, Sara Romero y Alicia Rodríguez. Al cabo del tiempo, ya en Madrid, se han unido al crucero Belén Ponce de León, y Kike Gómez (Padam Teatro), en la producción.

Un mundo al borde de lo grotesco y, sin embargo, tremendamente humano

Llena de lecturas entreabiertas y medio cerradas, de una “banda sonora” que se convierte en un tercer personaje que acompaña -audaz forma de vestirse en el escenario para el viaje en barco a ritmo del sirtaki de Mikis Theodorakis de Zorba El Griego; “Ojos tristes” del Trío Los Hermanos Martínez-Gil; “Historia de un amor” de Carlos Eleta/ Los Panchos; el “Love Boat” de Charles Fox y Paul Williams/ Jack Jones de “Vacaciones en el mar” a bordo del Princesa del Pacífico; o el tema principal de Shigeru Umebayashi para 2046 de Wong Kar Wai, una fecha metafórica a la que algunos viajan y de la que nadie vuelve, y que revela un futuro distópico en el que los seres humanos alcanzan la incomunicación total- Las Princesas del Pacífico es un espectáculo de bufón contemporáneo –pincelado de las enseñanzas de Gaulier y Lecoq- mezclado con melodrama, que empuja al espectador al interior de un laberinto de espejos en el que, al verse deformado -la “deformación grotesca de la realidad” de Valle-Inclán- es capaz de reírse de sí mismo, y al mismo tiempo cuestionarse su verdadera imagen, la propia y la de la sociedad a la que pertenece. Decía Max Estrella a Don Latino de Hispalis, en esa conversación que marca casi la definición del género, que “los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento”. “El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada”. Por eso Las Princesas del Pacífico es todo un retrato grotesco de la miseria y vulnerabilidad humanas, todo aquello que escondemos tras la máscara que reconstruimos una y otra vez. Dos estereotipos de dos seres desahuciados por una sociedad que margina y prejuzga, en un océano lleno de hambre. Hambre de saber quiénes somos, hambre stricto sensu, y Soledad. Por una vez las dos mujeres son las protagonistas de algo de lo que pueden presumir y sentirse orgullosas: “Dile a todos que nos ha tocado”, grita la tía a la sobrina, casi en un paralelismo y una crítica muy sutil a las redes sociales, donde todo se cuenta para que los demás se enteren, donde todo se cuenta para aparentar aquello que deseamos, para ser reconocidos, donde todo se cuenta para ser escuchados y huir de la soledad de uno mismo.

Alicia Rodríguez, la tía Agustina, y Belén Ponce de León, en el papel de Lidia, la sobrina

Alicia Rodríguez, la tía Agustina, y Belén Ponce de León, en el papel de su sobrina Lidia, en mitad de un crucero teatral…

Nos reímos a carcajadas con todo lo que ocurre en ese “calamarote” inolvidable de las dos mujeres y con esa cultura de crucero, tan típica como real, que cada viajero lleva en sí como background –es decir, para siempre- cuando emprende un viaje de este tipo: los motes que se ponen a aquellos que se cruzan por los pasillos o en la discoteca del barco, las comidas, las bebidas, las tardes al sol en la terraza de popa, etc.

Nadie para hacernos reír más que estos dos personajes con diálogos llenos de aciertos, juegos de palabras tan sublimes como sencillos que mantienen la sonrisa durante el transcurso del espectáculo, y la risa sincera que llega directamente a la mente, y por la que uno no es capaz de parar. Por eso esa misma risa que provocan Agustina y Lidia, “tan tiernas como grotescas”, esconde también la tragedia de dos mujeres “tan vulnerables como infranqueables, capacitadas para afrontar las situaciones más desgarradoras”. Una tragedia que marca el clímax de la obra y que parece recordar a aquella película de Vittorio de Sica, La ciociara (Dos mujeres), basada en la novela homónima de Alberto Moravia: un relato costumbrista sobre la vida y las vicisitudes de la población civil en tiempos de guerra donde Cesira (Sofia Loren, papel por el ganó un Oscar) y Rosetta (Eleonora Brown), madre e hija, deben enfrentarse a la desolación y la destrucción física y moral, y seguir adelante. Al igual que en esta cinta, en Las Princesas del Pacífico estos dos personajes arquetípicos se articulan para poner de manifiesto la desprotección de los más débiles, a través casi de un Verfremdungseffekt brechtiano que distancia al espectador lo suficiente como para no caer en la boca de la tragedia y continuar en ese humor negro que lleva aparejado. Como dos panteras del Serengeti, Agustina y Lidia muestran esas garras que les sirven para defenderse en este mundo “en guerra” con la misma frialdad de quien navega sin destino, y se convierten, así, en protagonistas anónimas de esas crónicas que engrosan los programas de suceso y vomitan realidades aún más crudas ¿que las suyas?… ¿Más crudas que las nuestras?

Estas dos mujeres interpretadas por dos actrices a las que dan ganas de hacer la ola y no parar de ovacionar –Belén Ponce de León, impecable y grande en escena, llena de matices, y Alicia Rodríguez, majestuosa, magistral, una actriz difícil de superar, con tantos recursos como gestos, que tendría que estar haciendo teatro sin parar para regalarnos su gran actuación- son dos princesas navegando por un océano de vida, es decir, de miedo, de silencio, de injusticia, de dolor, de belleza, de humor, de esperanza. Un homenaje a esas princesas anónimas, a esas mujeres que luchan por salir adelante, vencidas o agarradas a la victoria de vivir. Para quien juegue hoy, que se apunte el número 59.327… O tal vez mejor no…

Teaser promocional: https://vimeo.com/129636473

 

 

 

 

 

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Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
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