He prometido por honor no aplastar a nadie. Gulliver en Liliput

Ahora que giro más que la Tierra, o más bien con ella -pero más rápido-, que me alejo y me acerco al sol a velocidades inadecuadas para la naturaleza, ahora que todo fluye constantemente, rápido, muy rápido, deseo más que nunca andar por los tejados. A. F., 17.4.2016.

Expresa Gustavo Martín Garzo en El cuarto de atrás que “escribir, (leer), es traerse cosas de los sueños. (Leer), escribir, soñar, no es sustituir el mundo que conocemos por otro hecho a la medida de nuestros deseos o fantasías, sino hacer que esos deseos sean reales. No negar la realidad, sino hacerla deseable”. Quizá leemos cuentos para tener un refugio, para descubrir los misterios de esta vida llena de incertidumbres, y por qué no, del corazón. Para ver más allá. “Para sorprender deseos, esperanzas y temores” (Martín Garzo en Una casa de palabras). Los cuentos nos enseñan “a no pretender saberlo todo, a conectar con lo no racional, con esa sabiduría capaz de iluminar el mundo”. Y espectáculos como Gulliver en Liliput de Álex Tormo, que, en versión infantil, pude ver la semana pasada en el Teatro Galileo, conectan con esa necesidad de leer, de escribir, de soñar.

Últimamente, que todo lo veo pequeño, que los espacios se me quedan estrechos y parezco Alicia intentando encajar por las puertas y traspasarlas, ser grande en un mundo pequeño me pareció pretencioso y, a primera vista, para pensárselo, pero luego lo miré desde otro ángulo y me resultó familiar. Raquel B. insistió. Así que después de que hubiésemos visto a Álex Tormo en Guindalera -el teatro al que está vinculado desde 2004-, con Cuento de Navidad de Dickens y aquel señor Scrooge al que la señorita Julia quería ayudar pidiendo encarecidamente salir al escenario, me aventuré a vivir 45 minutos en Liliput.

Álex Tormo en Gulliver en Liliput. Teatro Galileo, Teatro Guindalera

Álex Tormo soñando con aventuras más allá de los mares

El actor -que, antes de imbuirse en el teatro infantil, en los últimos años ha dirigido La visita de la vieja dama de Dürrenmatt; Momo, de Ende; y Ahora vuelven a cantar, de Frisch-, ha creado una versión del cuento divertida, llena de espíritu aventurero y muy participativa. Pero sobre todo, de impulso a la inmersión en la lectura para el público infantil, y de amor al teatro y al juego escénico.

A pesar de que la novela de Jonathan Swift-uno de los libros más vendidos de la historia que nunca se ha dejado de imprimir y publicada en 1726, siete años más tarde que Robinson Crusoe, que encuentra en sus viajes islas desoladas y solitarias mientras Gulliver poblaciones establecidas- ha sido considerada una obra infantil, en realidad es una sátira feroz de la sociedad, de las guerras y los gobiernos europeos, y de la condición humana, camuflada como un libro de viajes por curiosos y pintorescos países.

La apuesta de Tormo, convertida en cuento enorme cuyas páginas pasa en el escenario y las abre, abriendo la fantasía, y como en un libro pop-up aportando el espíritu maravilloso de cada objeto y lugar como si estuviese ojeando con asombro el preciosismo de una vida, toma del original los valores necesarios para enseñar al niño que la vida es una aventura: un viaje lleno de obstáculos en los que es preciso gestionar emociones y situaciones adversas y que, ante todo, hay que apostar por la tolerancia.

Estar siempre construyéndonos. Pensando en Liliput…

En este Gulliver en Liliput apenas más de tres objetos componen la escenografía, que el actor va descubriendo a medida que transcurre el cuento, sobre el fondo negro de la caja vacía del teatro, que cada niño va llenando con su imaginación. Acaso reflejo de esa vida que desde que nacemos vamos llenando cada día de instantes. Tormo narra con mucha gracia la historia de este capitán, teatralizando las escenas e interactuando con su público, al que invita a crear una tormenta como se crea en el teatro. Con furor. Así que podemos convertirnos en toda una máquina de viento, simular el chispeo de la lluvia con los dedos o desencadenar truenos pateando el suelo mientras en nuestra imaginación nos enfrentamos a un potente viento del oeste, una lluvia fina o una tormenta en todo su esplendor.

En este mundo mágico es fácil aprender otro idioma, y mucho más rápido que el inglés, así que con la “i” empezamos a hablar como los liliputienses, i cliri qui nis divirtimis y riímis, y hasta hacer pis fuera de lugar no es un drama, sino una forma de apagar el fuego de palacio cuando no hay agua a mano.

Gulliver en Liliput. Álex Tormo

Gulliver muestra al público la ciudad de Liliput, donde todo es más pequeño, si cabe… Fotos de archivo

Como en todos los cuentos, como en todas las historias, como en la vida, las guerras y las luchas comienzan por una nimiedad (en este caso un huevo y su forma de comerlo), que no es sino el símbolo del mero hecho de pensar diferente y querer imponer una opinión; en definitiva, de no respetar al propio ser que tenemos enfrente. Así que el pueblo de Liliput, donde Gulliver ya está integrado y ya no es una amenaza, pues por honor ha prometido no aplastar a nadie -mientras nos hace un guiño ecológico hacia la no exterminación de los insectos que no representan un peligro- se enfrenta a Gordiput por orden del rey, instigado por su ayudante, Ayudiput. Ya se sabe que hay siempre un manipulador en todas las historias, hasta en las mejores familias. Y el cuento, como todas las historias, tiene un final. Gulliver, que ha pretendido unir a los pueblos, se ve envuelto en la incomprensión y las acusaciones falsas, y huye de la isla en una barca hacia mundos desconocidos… Pero esa es ya otra historia…

Quién sabe si en la próxima la pequeñez ante un universo enorme e inabarcable, como el que miro desde los tejados, llena de aire este espacio. Porque “lo que nos define no es ni siquiera lo que somos, sino el proceso por el que podemos transformarnos en otra cosa. La vida es estar siempre construyéndonos”…

 

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Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
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