Y se acuerda de que somos polvo

 […] viajamos juntos sobre un meteoro que llaman Tierra y al que ponen edades, y sueños, en el mismo asiento, en el mismo vagón, en el mismo tren, relojes, calendarios y piedras tatuadas por el sol, fronteras, viajeros desconocidos que sólo en el tránsito de un túnel se atreven a rozarse la piel […] (Antonio Soler)

Entrar en Lazonakubik que dirige Fernando Sánchez-Cabezudo es entrar en un universo lleno de esos vestigios de la memoria que uno guarda y colecciona y reordena, y que acaban dotando de un espíritu único al lugar que habitan. Esos lugares casi mágicos, como los de las ensoñaciones, donde los personajes traen algo verdadero al regresar al mundo real. Lástima que en apenas mes y medio cierre sus puertas, quién sabe si para abrir otras nuevas en lugares por descubrir… En ese espacio diferente, con la caja escénica al descubierto y todos los entresijos de la estructura de la sala al desnudo, cincuenta espectadores se sientan alrededor de la mesa para celebrar un banquete (de boda), pero sólo doce son elegidos para formar parte de La cena del rey Baltasar: la puesta en escena de todo un descubrimiento de director, Carlos Tuñón (ha trabajado al lado de Álex Rigola y Andrés Lima, y eso se nota en muchos giros de sus puestas en escena, a los que ha dotado de estilo propio, y ha dirigido montajes como Shoot/ Get treasure/ Repeat, de Mark Ravenhill para el Frinje 2015, con Nudus Teatro; Vacas gordas, de Estela Golonchevko; el montaje de danza de Patricia Ruz, Animales de compañía; El perro del teniente, de Josep Maria Benet, etc.), cuya mirada escénica está llena de audacia y envuelve al espectador en analogías continuas llenas de metáforas, símbolos y metonimias. Una propuesta para disfrutar y para reflexionar con ese carácter atrevido y audaz del teatro emergente más valioso y un compromiso con el texto que desborda pasión al llevar al escenario el corazón de la obra del dramaturgo. Yo, al lado, quieta, en mi sitio de honor, ni pestañeo. Por si acaso…

Ña cena del rey Baltasar. Carlos Tuñón. Jesús Barranco.

Jesús Barranco, movido por su Pensamiento, Rubén Frías, en La cena del rey Baltasar. A ambos lados, Idolatría (Kev de la Rosa), izquierda, y Vanidad (Alejandro Pau). Foto de archivo del Festival de Almagro

La cena del rey Baltasar, un auto sacramental de Calderón de la Barca de 1634 con el que curiosamente se inauguró el Teatro María Guerrero como sede del Teatro Nacional en 1940, parte del quinto capítulo del libro bíblico de Daniel, en el que el rey impulsor de la construcción de la Torre de Babel -símbolo de la ambición y soberbia humanas, de aquel que desafía y juega a ser Dios- profana los vasos sagrados, y el profeta, que interpreta lo escrito por la mano de Dios, le recuerda que vive entre la vanidad y la idolatría, que su corazón se mueve en la soberbia y el orgullo, y que nunca ha honrado al Creador, por lo que la Muerte vendrá. Un pasaje que Agustín Moreto también llevó al auto sacramental, Lord Byron y H. Heine a la poesía y Händel y William Walton a la música (ópera y cantata, respectivamente).

Tuñón ha enfocado el texto a través de un hombre en una situación límite, al final de sus días, encerrado en un cuerpo enfermo, que sueña –un estado entre la vida y la muerte proclive a la experiencia sensorial– que es Baltasar, casado con Vanidad y celebrando el banquete de bodas con Idolatría, alegorías complementadas por Pensamiento, en una mesa en la que la Muerte, en realidad, es la que invita a los doce comensales a este viaje a través de la mente y el corazón humanos. Un viaje generoso, intimista, en el que el personaje se enfrenta a sus contradicciones, a sí mismo, y manifiesta la lucha del subconsciente, el ello y el inconsciente, o incluso de la propia naturaleza trinitaria, esa contingencia del hijo, que clama y se rebela ante el Padre, que se revuelve en su propio espíritu, mezcla de lo divino y lo terrenal.

Afirmaba el crítico Charles Marowitz -director de teatro y colaborador de Brook en la Royal Shakespeare- que “en una reposición de una obra clásica se deben examinar los elementos del siglo XVII con un radar, por lo menos, del siglo XX”. Y así lo ha hecho Tuñón. Si los autos sacramentales se representaban en la festividad del Corpus Christi dentro de las iglesias -más tarde pasarían a las plazas públicas- y en ellos se apreciaba la distancia entre el espectador y la propia pieza, aquí el espectador forma parte de la acción dramática y se convierte en creador junto con los actores. Ese carácter sagrado del género se materializa en el ritual inicial de limpieza antes de la cena, para el que las manos de cada comensal elegido son lavadas con agua. Los doce invitados, apóstoles de ese rey que se debate entre el Cielo y la Tierra, se presentan, hablan con los actores en escena, crean una torre de Babel con harina y agua, levantan las copas y beben, y comparten el pan: un pan que llega al resto de espectadores de la sala en una especie de comunión teatral colectiva, símbolo de la redención eucarística a la que se ha extraído la espiritualidad.

Imponente Jesús Barranco

La cena del rey Baltasar. Carlos Tuñón. Jesús Barranco y Antonio R. Liaño

Jesús Barranco y Antonio R. Liaño, en una interpretación sólida y una declamación del verso hermosa

Jesús Barranco -magistral actor con multitud de registros que se crece en cada escena y que dice el verso con belleza sublime, capaz de dejar al espectador hipnotizado con su voz y con la construcción de un personaje atormentado y lleno de complejidades- es Baltasar, un hombre en su desnudez física y emocional –qué hay más desnudo que un hombre que se enfrenta ante su propia decadencia y muerte-, inmóvil durante la primera media hora de función, movido como un títere en momentos puntuales o acariciado por Pensamiento –quiénes manejan nuestros hilos sino nuestros pensamientos-, Rubén Frías (Danzad malditos, por Alberto Velasco; Los restos, por Miguel Sacristán y en tres de las propuestas de Tuñón), vestido a medias y como si estuviera jugando un partido de fútbol: jugando el papel en una tensión física constante que exige un buen entrenamiento. Un Baltasar dependiente de sus partes alegóricas, Vanidad (Alejandro Pau, con un francés perfecto cantando Chanson, fruto de su formación en el liceo francés, ha participado en obras como Muerte en Venecia, dirigida por Willy Decker; El chico de la última fila de Mayorga, por Víctor Velasco, Fuenteovejuna, bajo la dirección de Pedro Casas o La visita de la vieja dama, por Yolanda Porras, y desde el 20 de mayo en La villana de Getafe, con la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico) e Idolatría (un personaje convertido en divertidísimo transexual, enfundado en unas mallas de cuero, visón, purpurina y tacones. Ya me gustaría caminar con tacones como lo hace Kev de la Rosa –El tiempo y los Conway, por Antonia García; Los desvaríos del veraneo, por José Gómez; o su intervención el VI Torneo de la Improvisación, que no tiene pérdida-) que le halagan y envanecen. Todas ellas (también Daniel, el profeta -Enrique Cervantes, proveniente de La Joven Compañía-, que le recordará al rey que es mortal y que debe volverse a Dios y depender de Él si quiere salvarse) representan esa juventud perdida y anhelada y los deseos más vitales y viscerales del ser humano, que finalizan con la Muerte (estupendo Antonio R. Liaño: Naranja/Azul, de Juanma Gómez; El tren del holandés de Amiri Baraka, de Alito Rodgers; La increíble historia del  achica que llegó la última, de María Folguera), en una obra que también aborda la capacidad de elegir del ser humano, la libertad y sus límites, el paso del tiempo.

Con una iluminación casi preciosista que potencia cada imagen y una gran belleza escénica, que bien pudiera recordar a alguna de las pinturas de Rembrandt, Strobl, Celesti, que ilustran el pasaje bíblico, la obra mantiene un ritmo excelente a pesar del desequilibrio actoral en la forma de decir el verso y de que tarda en comenzar la acción dramática: hasta que los doce elegidos están sentados y preparados para el “grande convivium”. El director plantea un interesante juego metateatral, como si estuviéramos jugando al teatro, al sueño, la ilusión, y a la vida, al afuera y adentro, a lo banal y a lo más espiritual y profundo, en una ruptura de la cuarta pared directa y espontánea. Los actores hablan de su vida, se presentan a los comensales, en un diálogo entretenido e improvisado mientras los doce se sientan a la mesa, y vuelven al verso –con total impunidad, casi como un efecto de distanciamiento para atenuar la intensidad de la obra- afianzada en la música, como en los auto sacramentales del S. XVII, pero en esta ocasión con las letras y melodías que marcaron el XX: el “Hallelujah de Leonard Cohen, en el “Ne me quitte pas” de Jacques Brel, rap, taconeos flamencos o arranques crooner a lo Sinatra. Los actores se quitan las gafas de sol, ya nada se refleja, ya nada es oculto, todo se muestra y comienza.

La cena del rey Baltasar. Lazonakubik

Un momento de La cena del rey Baltasar, dirigida audazmente por Carlos Tuñón

A ritmo del gotero que cuelga sobre la gran tabla y que silenciosamente va marcando el paso del tiempo, ese tiempo que nos queda por “vivir” esta obra, o por vivir esta vida, los personajes se van moldeando y haciéndose visibles a los espectadores en toda su dimensión. Baltasar bien podría ser Segismundo, ese rey Lear o Ciudadano Kane, perdidos entre el destino, la ambición, la ceguera espiritual, el poder, el éxito y el recuerdo, entre su reino y la “muerte” de su “alma”. Bien podría ser cualquier ser humano ante su propia vida… Al ritmo de la respiración, los personajes se van despidiendo, saliendo de escena, dejando sus ropas, sus capas de personajes, y recuperando su ser ante la inmovilidad del protagonista, que se queda solo mientras abandonamos la sala con aire ceremonial, entre el silencio del ritual y la frialdad del teatro vacío y el espacio sagrado: “This is the end, my only friend, the end”…

Un ángulo desde el que mirarnos a nosotros mismos

La apuesta de Tuñón ofrece una lectura abierta e íntima a través de este auto sacramental profano que no pierde profundidad y que nos obliga a mirar de diferente modo, sin prejuicios ni dictámenes, desde un ángulo distinto desde el que mirarnos también a nosotros mismos en este encuentro con el otro.

Esta cena del rey Baltasar tuvo su origen en un proyecto de investigación de Carlos Tuñón en la RESAD. Se mostró en un aula durante una semana, y de ahí derivó en este cuidado trabajo de la compañía que ha fundado cuyo pilar es la investigación teatral, Los números imaginarios –para quien también dirigió La evitable ascensión de Arturo Ui-, al lado de La Manada Teatro, que se estrenó en 2014 en la Kubik y después se representó en el Off del Festival de Almagro, galardonado con la Mención Especial del Jurado. El 15 de junio se podrá disfrutar en la Tercera Setmana de Valencia.

Con otra perspectiva y aproximación diferente al texto, desde el 4 de mayo y hasta el 5 de junio en el teatro Fernán Gómez. C. C. de la Villa también podrá verse el trabajo de Tuñón para la compañía El Aedo Teatro en Animales nocturnos de Juan Mayorga. Un thriller con ciertos rasgos pinterianos en el que el reconocido dramaturgo madrileño, interesado por la visión de la obra que aportaba la compañía, y su trayectoria, ha querido ahondar en las relaciones contaminadas como germen de la violencia, donde la manipulación, el poder y la dominación, la extorsión emocional, la humillación, el control, el secreto y el chantaje convierten la existencia en una lucha por salvar la cabeza cada día y alcanzar un trozo de dignidad en nuestro derecho a la belleza.

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Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
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