Para comerte mejor, 2017

Regalo de la ilustradora italiana Rosa Floris

Regalo de la ilustradora italiana Rosa Floris

La roca del mundo está sólidamente asentada sobre las alas de un hada. (Fitzgerald, Francis Scott: El Gran Gatsby)

Ahora que giro más que la Tierra, o más bien con ella, que me alejo y me acerco al sol a velocidades inadecuadas para mi naturaleza, ahora que todo fluye constantemente, rápido, muy rápido, deseo más que nunca andar por los tejados. Escaparme en la noche de los tiempos, de donde proceden los cuentos, y mirar el mundo de las ventanas iluminadas, las historias secretas y los amores prohibidos, los tesoros que brillan en la oscuridad y los sueños que merecimos. Pero me bajo, me enderezo el cuello, abro las manos y elijo el camino largo bajo el calor de mi capa. Y entro en esta ciudad de palabras que aún resisten, intentando coleccionar silencios y mudar de piel, y, con ojos de algodón, atravieso los patios donde se reúnen los ogros, las brujas, los sacamantecas, y recorro las calles misteriosas donde anidan las criaturas aladas y dulces, y los jardines donde crecen juntas las incertidumbres y las certezas. Todo tiembla, como si estuviera vivo. Y esbozo esa sonrisa permanente, como la del gato de Cheshire… Somos seres incompletos, enfermos de realidad, siempre en la cuerda floja, haciendo mil proezas para mantener el equilibrio, conteniendo la respiración antes de pasar por el aro gigante que es la vida diaria. Pero somos también herederos de un mundo desaparecido, acaso portadores de un mensaje que no comprendemos del todo ni sabemos a quién llevar. “Así es nuestra vida. Al dolor de no saber –escribe Gustavo Martín Garzo– se sobrepone el asombro de descubrirnos mensajeros de algo que no debe perderse, parecido a una pequeña llama. Eso es vivir, llevar esa llama de un lado a otro, aunque no sepamos exactamente para qué”… Para dejar que la huella de esa Luz inextinguible se deslice entre los recovecos más oscuros, para llenarnos de gratitud, para alimentar lo verdadero que habita en nosotros, o tal vez como una madre o un padre a su hija, desear, desear que sea y desear, al mismo tiempo, ser un todo: Para comerte mejor…

Lista de deseos

Te deseo los atardeceres de Hopper, las manos de Vermeer, la memoria de Chateaubriand, y la columna de Durruti, el sol naciente y el imperio de los sentidos, la Gracia divina y la razón pura. Te deseo los pies de Isadora, la palabra justa y la frase hecha y derecha, las carreteras que bordean la costa, los caminos de peregrinos y los atajos de contrabandistas y bandidos. Te deseo la salud de hierro, potasio y magnesio, y como súper ratón, que no te olvides de vitaminarte y supermineralizarte. Y que comas zanahorias, que son buenas para la vista, y que hasta que no pasen dos horas y media y hagas la digestión, nada de meterse en el Cantábrico, “porque lo digo yo y punto”… “Es que vas sin mirar, hija…” Pero mamá… “Te quiero hasta la luna”. “No, hasta la luna y vuelta”. “Y yo hasta el infinito”. Y qué más. “Te quiero mogollón…” Por eso te deseo que ames como Drácula y que te amen como ama King Kong. Te deseo proyectos que se realicen, trabajos con valor. Te deseo aire limpio para respirar, alimentos preparados con amor, un helado italiano, un croissant francés; libros maravillosos, historias emocionantes para contar y que te cuenten, una familia que te quiera en libertad y te sepa compartir. Un amigo que esté ahí siempre. Te deseo los propios tesoros del deseo, para ser descubiertos a la luz de la luna o a la luz del sol. Y tiempo. Y hambre de vivir… Y la fuerza y la fe del rey David, la piedad y la lealtad de Rut, la entrega y el coraje de Ester. Y más que nada, te deseo esperanza y bendiciones.

 

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Acerca de Alexis Fernández

Me llamo Alexis, soy periodista y experta en comunicación cultural. Trabajo desde hace doce años en el ámbito de la comunicación de las artes escénicas y de la música, pero antes he ejercido como reportera a pie de calle y a mano siempre de un bolígrafo, como redactora de Cultura y Espectáculos y también como discreta crítico de teatro. Puedo decir, modestamente, que mi experiencia me avala, que algunas cosas ya las he visto y otras aún no alcanzo a ver. Pero, al igual que me conmueven las vistas desde una montaña y los tejados, me gusta sentir que estoy en la Summa Cavea de un teatro -el lugar destinado antiguamente a las mujeres y los niños, la parte de arriba-, mirarlo todo desde allí, sin prejuicios, contemplar un pedacito de mundo contenido en un escenario y disfrutar...
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