El arte del teatro de títeres. La capacidad de sugerir

C’est la lune qui me l’a dit, de la compañía francesa Créature, edición de 2011

C’est la lune qui me l’a dit, de la compañía francesa Créature, edición de 2011

Titirimundi se acerca, apenas dos días, vuelven los recuerdos, y por qué no, las emociones.

Me apasionan los títeres y me fascina Titirimundi. Y pienso muchas veces sobre el porqué de tanta intensidad. Tal vez porque me vuelvo a “aniñar de espíritu”, que decía Unamuno. No vuelvo a ser niña, con lo que cuesta ser adulta, pero es cierto que me permito dejarme seducir y atrapar por el asombro. Abro los ojos del alma y me dejo mecer… Algo en mí vuelve a surgir adormecido en la rutina y amanece dispuesto a dejarse llevar por lo maravilloso. Es entonces cuando todo es nuevo o parece nuevo, y toda impresión viene “humeante y chorreante de vida”, como esos instantes de iluminación y de existencia poética. Creo que en ellos, lo que somos se hace presente con intensidad: ese espíritu con el que nacemos y que define nuestra identidad, y que apartamos en la cotidianeidad y olvidamos en el paso de tiempo.

Para acercarse a los títeres y dejarse maravillar es preciso, pues, quererlo, apartar los prejuicios y mirar con la misma mirada con la que una vez contemplamos el mundo.

Decía el gran maestro Serguéi Obraztsov que la esencia del títere es “la capacidad de generalización”. Ese cuerpo teatral por excelencia, ese “organismo vivo compuesto de una materia liberada de la gravedad”, que decía Kleist, cuya naturaleza es el movimiento, tiene la capacidad única de presentar un objeto de forma que despierta el pensamiento de otro: la capacidad de sugerir… Por eso, el arte del teatro de títeres es un arte particular y exige devoción. Mezcla a partes iguales de realidad objetiva y fantasía, tiene el poder de conmovernos, de hacernos reír y pensar, de enseñar. Y lo hace gracias a un titiritero, un actor semidios que parece insuflar vida a su máscara o muñeco. No en vano en la mitología hindú se dice que el primer titiritero nació de la boca de Brahma, el dios que da forma al mundo, y también se afirma que los títeres son enviados de los dioses.

Y es que los títeres parecen trascender las metáforas y la visión simbólica del mundo, recreándolo para que brille con todo su esplendor, para hacer aparecer lo que siempre hemos sabido y que a veces cuesta ver, y que solo es posible cuando las emociones, la mente y el instinto se confabulan para ponerse en consonancia. Quizá en el títere nos atrevemos a soñar, a criticar, decir, a “expresar – como afirman Jean Chevalier y Alain Gheerbrandt- lo que nadie había osado decir sin máscara: la marioneta es la heroína de los deseos secretos y de los pensamientos escondidos, es la confesión discreta que nos hacemos a nosotros mismos y a los demás”.

Cuando miro a un títere a los ojos

Cuando miro a un títere directamente a los ojos, esos ojos como los de la Diva de Sofie Krog Theatre que ilustran la cabecera de este blog, sé que estoy mirando un material casi tan frágil como mi cuerpo. Su naturaleza, como la mía, también está hecha de sueños, de deseos, de frustraciones y temores. De pasiones. “Los movimientos de la vida”, que decía Maeterlinck. Los títeres son capaces de crear lenguajes, inventar mundos o traerlos a la conciencia, jugar, sufrir, evolucionar, nacer y morir con todas las posibilidades expresivas frente al actor de carne y hueso.

ngel, de Duda Paiva, espectáculo de la edición de 2007 de Titirimundi

Angel, de Duda Paiva, espectáculo de la edición de 2007 de Titirimundi

Otro apasionado de los títeres, Ionesco, aseguraba que solo veía verdad escénica en el mundo de las marionetas: “El espectáculo del mundo mismo, más verdadero que la verdad; presentado en una forma infinitamente simplificada y caricaturizada como para subrayar su grotesca y brutal verdad”. Y como la mía, esa naturaleza es efímera, igual que las marionetas, /los humanos/ pasan como en un sueño/ por la vida (Suan Tsong).

Existimos contra el vacío, hablamos contra la muerte… Icono más que copia de una vida vivida, el títere nos hace olvidar la realidad para volver a encontrarla. Tal vez porque en ellos nos buscamos a nosotros mismos, ese espíritu con el que hemos sido creados y en el que se vincula el Existir y el Ser. Solo reviviéndolo, podemos alcanzar la libertad y mirar cara a cara el misterio de la vida, para trazar, entre ese “paciente laberinto de líneas creadas por reinos, montañas, bahías, mares, islas, peces, habitaciones, instrumentos, astros, personas –que escribía Borges en el epílogo de ‘El Hacedor’- la imagen de nuestros rostros”. La historia de los títeres, próxima al rito, a la magia y al arte, provoca la aventura de descubrir las huellas de la eternidad. “Sólo la marioneta -llegó a decir Rilke- accede al matrimonio con el ángel”.

 

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Vivir, seguir la Vida. Lauro Olmo en La pechuga de la sardina

“Porque se lee y se escribe no para aprender o adquirir alguna forma de poder, sino para recibir algo. Aunque no sepamos qué es eso que puede sernos regalado”. (Martín Garzo, Gustavo: El cuarto de al lado)

La pechuga de la sardina de Lauro Olmo en el Teatro Goya (1963). Archivo de Santos Yubero.

La pechuga de la sardina de Lauro Olmo en el Teatro Goya (1963). Archivo de Santos Yubero

Termina en la Sala Valle-Inclán el Centro Dramático Nacional (CDN) la representación de una obra tan necesaria como bella, La pechuga de la sardina, de Lauro Olmo, una pieza teatral cuyo estreno, el 8 de junio de 1963 en el Teatro Goya, dirigida por José Osuna e interpretada por María Bassó, Ana María Noé Marta Padován, Belinda Corel, Mayrata O’Wisiedo, fue un fracaso estrepitoso que a su autor le costó el éxito que anteriormente había obtenido con La camisa (1962). Nunca representada hasta ahora –solamente en 1982 en “Estudio 1” de TVE, dirigida por Francisco Abad e interpretada por Emma Penella, Amelia de la Torre, Marisa Paredes, Verónica Forqué, Inma de Santis, Pilar Bayona- es todo un acierto en este momento que Manuel Canseco haya rescatado, y dirigido con tanto respeto, esta joya de la historia del teatro español con un reparto excelente y una apuesta inteligente del CDN al hacerla visible y al traer a este siglo XXI una valiente pieza teatral.

Representación viva del teatro realista de corte popular que desafiaba a la sociedad imperante, mezclada con formas sainetescas del mejor teatro de Arniches y con una base estética fundada en un proceso de esperpentización que logra crear un único protagonista, el ambiente tradicional español -convertido aquí en algo grotesco-, en La pechuga de la sardina asistimos a un fragmento de vida de varias mujeres en una pensión madrileña. Allí conviven Juana –magnífica María Garralón- la dueña de la pensión, una mujer fuerte, práctica y llena de experiencia que se preocupa por todas y que al mismo tiempo es víctima de su propia vida, un marido borracho que la dejó y al que de vez en cuando ayuda; Concha –un papel bien interpretado por Natalia Sánchez, una joven actriz, la popular Teté de “Los Serrano”, que recientemente también ha participado en Amantes de Aranda, con dramaturgia de Álvaro del Amo-, que se ha quedado embarazada, sin ese novio que asuma su responsabilidad y sin trabajo; Paloma –Cristina Palomo, formada sólidamente en la escuela de La Guindalera-, una mujer avanzada para su tiempo, como lo era el propio Olmo, luchadora y estudiante por cuya boca el autor aprovecha para decir todas las verdades; Soledad –Alejandra Torray-, una mujer soltera y madura abandonada por su novio y que ahora, en busca de aventuras eróticas y románticas, se aferra a la vida para intentar vencer al tiempo que pasa y a la soledad a la que su propio nombre alude; doña Elena –una Amparo Pamplona invencible hasta por el sueño, acostada durante media función en la cama de su habitación-, una solterona amargada y resentida, muerta en vida y beata que dura y aparentemente rechaza todo lo que significa el amor, espiando con sus prismáticos todo lo que pasa por las ventanas de dentro y de fuera de la pensión, una representación de la hipocresía sexual y reprensión de la propia sociedad en los años 50 y 60; y Cándida –estupenda Nuria Herrero en su personaje, contrapunto cómico del drama- la “criada” de la pensión, una joven llena de vitalidad y desparpajo que sueña con una vida mejor pero sin pretensiones.

El papel esencial de la mujer en su teatro

Natalia Sánchez (Concha) y María Garralón (Doña Juana), en La pechuga de a sardina, dirigida pro Manuel Canseco. Sala Valle-Inclán del CDN. Foto de Marcos G.

Natalia Sánchez (Concha) y María Garralón (Doña Juana), en La pechuga de a sardina, dirigida por Manuel Canseco. Sala Valle-Inclán del CDN. Foto de Marcos G.

En la dramaturgia escrita por hombres, ha habido siempre obras que proyectan una perspectiva a favor de la mujer al señalar condicionantes que convierten a la mujer en víctima y la aprisionan en una existencia sin sentido. He ahí la trilogía trágica de García Lorca. Incluso en el último teatro español del siglo XX muchos escritores apuestan por la mujer enfrentándola a la sociedad patriarcal. Sin embargo, en la década de los 60 solo Martín Recuerda en Los salvajes en Puente San Gil y Como las secas cañas del camino, y Lauro Olmo en La pechuga de la sardina, La señorita Elvira, El cuerpo, Historia de un pechicidio, La camisa o English Spoken destacan por tratar la problemática de la mujer y acusar a la sociedad prejuiciosa e hipócrita. En una entrevista publicada en 1991, Olmo aludía al papel esencial de la mujer en su teatro: “Por lo general, cuando cojo a la mujer española pues la veo como víctima de unos prejuicios, de una estructuración social determinada. […] Siempre he visto a la mujer como gran víctima”. Por eso La pechuga de la sardina es todo un ejemplo de esa mujer víctima de su tiempo, de la sociedad en la que vive y de su historia truncada, no tan lejana a la actual, y que Canseco ha sabido reflejar con toda su fidelidad en un espectáculo redondo y bien aprovechado. El personaje principal es ese ambiente opresivo, ese contexto y la situación que asfixia a cada una de ellas, alegoría de la sociedad dentro de una obra bien intrincada en la que cada personaje tiene su función y define al resto –geniales Marisol Membrillo y Marta Calvó, especialmente esta última, lástima que su actuación sea tan breve y que no haya tenido un papel más suculento- como el mismo mundo en el que vivimos, donde unos nos reflejamos en otros, y nos necesitamos. Tal vez por eso el pensamiento aristotélico de que el hombre es un ser social por naturaleza. Un ambiente, pro otra parte, que a veces parece simular el ritmo de una danza macabra y que adquiere, en las palabras del propio Olmo (“Unas palabras”, en La pechuga de la sardina, Madrid: Escelicer, 1967), “un poder asfixiante, desvitalizador. Todo va conduciendo a esas patéticas campanadas finales”.

Olmo, representante de la realidad de la posguerra siempre desde una mirada crítica y tenaz, no descubre sino el problema íntimo de la vida cotidiana española, revelando los anhelos de la mujer, el dolor, la soledad, denunciando la estructura político económica que entorpece el futuro de la mujer española de los 60 y los prejuicios y actitudes que facilitaban el estado de frustración y la falta de libertad de la mujer. “No, la vida no puede caminar llevando en los tobillos unos prejuicios, unos pequeños pseudo dogmas que, como grilletes, le dificultan el devenir”, escribía.

Rigor y belleza en un espectáculo comprometido y fiel a su autor

Un momento de la representación de la obra, con Natalia Sánchez y una Amparo Pamplona deslumbrante en su papel de doña Elena. Foto de Marcos G. Archivo del CDN

Un momento de la representación de la obra, con Natalia Sánchez y una Amparo Pamplona deslumbrante en su papel de doña Elena. Foto de Marcos G. Archivo del CDN

La dramatización de la asfixia opresiva de la mujer en La pechuga de la sardina fue algo insólito en las tablas españolas de la posguerra. Su director en 1963, José Osuna, decía que era “una de las mejores comedias que se había escrito en España desde hacía mucho tiempo”. Pero en su estreno se la tachó curiosamente de obra burguesa, se criticó su escenografía, el desarrollo de los personajes y la falta de lógica del drama, entre otros aspectos. Aunque quizá lo que molestaba tanto a los críticos, como a la derecha y a la izquierda intelectual, era el protagonismo femenino y sus revelaciones íntimas en detrimento del antropocentrismo tradicional. En La pechuga de la sardina, el hombre denigra a la mujer. A lo largo del montaje escuchamos diálogos machistas, especialmente en el personaje encarnado por Manuel Brun, hasta llevarnos la mano a la boca, no tan diferentes a lo que hoy escuchamos actualmente en las calles o apreciamos camuflados en los medios. No hemos cambiado tanto, solo hemos modificado el tiempo y la modernidad se ha encargado de desvelar algunos conflictos, pero la carga que llevamos sigue indemne y las raíces bien hundidas.

En esta obra coral sobre las mujeres, el hombre no sale muy bien parado. El dramaturgo gallego apostaba por remover conciencias para combatir la injusticia social y potenciar la autocrítica por parte de la sociedad. Ese era, según él, la función del dramaturgo. Un compromiso que llevó hasta el final y que ilustra su talante, su honestidad intelectual y personal, su fidelidad a su manera de pensar y de escribir. Su principal objetivo fue llevar a escena lo que se puede observar como un simple mirón en la calle, una línea en la que Olmo y su esposa, la escritora y dramaturga Pilar Enciso, “su compañera en las horas difíciles”, como dice en la dedicatoria de La camisa, desarrollaron su activismo cultural a través de su grupo de Teatro Itinerante, siempre cercanos a la gente del barrio en el que vivían, al testimonio y la protesta.

También ese carácter de mirones, de voyeurs está proyectado en la escenografía de esta Pechuga de la sardina de Canseco, a través del hermoso diseño de Paloma Canseco, y en la que nos situamos alrededor de ella. Una pensión con puertas y habitaciones donde transcurren las vidas de estas mujeres, y de cuya frustración también nos hacemos cómplices.

Olmo, a  través de esta obra, revela, critica y también emite un grito de aliento, como al final, justo cuando las palabras irónicas de una anciana, que busca a su gato/hombre que no encuentra, exclama que se le va a “pudrir la pechuga de la sardina”. Palabras que tal vez remitan a la canción irónica de Cándida, la criada, y a la esperanza de Olmo en que, como bien expresa Martha T. Halsey en “La problemática de la mujer en algunas obras teatrales de Lauro Olmo” (nº 8 de Teatro: revista de estudios teatrales), “la juventud y la vitalidad de la generación de Concha y de Paloma no se corrompa como la de la Viejecita, las beatas y doña Elena”. Y a que la voluntad y la fuerza puedan en la lucha. Como expresa el personaje de Paloma: “Dentro de cada uno de nosotros hay algo que es muy fuerte. Algo, Concha, que si sabemos sacarlo a flote nada ni nadie puede con ello. Mira a tu alrededor: penas, alegrías; […] gente que se alza y gente que se hunde. Pero siempre la vida en pie”.

La finalidad de la vida está en el vivir, dice Soledad en un momento de la obra. Olmo nos deja esta obra como testigo para que lo recojamos y también Canseco, fiel a esta hermosa pieza de la condición humana, nos la regala con rigor, belleza y un sabor agridulce a actualidad. Ojalá La pechuga de la sardina no se desvanezca en el CDN y tenga una gira importante.

Reparto de La pechuga de la sardina con dirección de Manuel Canseco. Archivo fotográfico del CDN

Reparto de La pechuga de la sardina con dirección de Manuel Canseco. Archivo fotográfico del CDN

 

 

 

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La esperanza que no cesa

“’Esperanza’ es la cosa con plumas/ que se posa en el alma/ y canta la melodía sin las palabras/ y no cesa jamás”. (“‘Hope’ is the thing with feathers”, Emily Dickinson).

Hace casi dos años Amargord publicaba, por primera vez en castellano, la poesía completa de Emily Dickinson, en un vasto volumen de casi mil páginas y casi mil ochocientos poemas, gracias a la traducción de todo un especialista en la autora -como lo fue también Carlos Pujol-, Enrique Goiocolea –artífice de la traducción de varias antologías de la poeta, como una de las últimas, El viento comenzó a mecer la hierba, una exquisita edición publicada por Nórdica e ilustrada por Kike de la Rubia-. Todo un acontecimiento literario, si se quiere, paralelo a otra interesante recopilación y traducción de poemas de la escritora, por Ana Mañeru y María Milagros Rivera, en Poemas 1-600. Fue culpa del Paraíso, de Sabina Editorial, y tras la selección que en 2010 realizaba Bartleby, Poemas a la muerte, con traducción de Rubén Martín. En definitiva, que Emily Dickinson, que en vida apenas vio publicados más de siete poemas, aún se descubre en castellano desde hace apenas una década, considerando pequeñas y grandes antologías. Una autora tan “denostada”, si se quiere, para algunos, como admirada para otros, excéntrica por su forma de vida y reclusión en su casa de Amherst (Massachussets), conservadora en algunos aspectos, progresista en otros, adelantada a su época, abanderada de la libertad femenina, culta, inteligente, de una personalidad tan agitada interiormente como profunda, misteriosa, retraída, y observadora de la naturaleza de las cosas sencillas, que vivía con la pasión de quien capta toda su esencia y la hace suya. No en vano escribía Harold Bloom que, exceptuando a Shakespeare, Dickinson demostraba “más originalidad cognitiva que ningún otro poeta occidental desde Dante”.

María Pastor es Emily Dickinson. La Bella de Amherst. Dir.: Juan Pastor. Teatro de La Guindalera. Foto de Manuel Benito.

María Pastor es Emily Dickinson en La bella de Amherst. Dir.: Juan Pastor. Teatro de La Guindalera. Foto de Manuel Benito

Y a Emily Dickinson decidí encaminarme, para verla desde otro plano, el que ofrece el texto teatral de William Luce (La bella de Amherst) y la puesta en escena de Juan Pastor en el Teatro de La Guindalera, una sala que puede decirse valiente por las obras que presenta: un reto continuo, enfundadas en la calidad del teatro vivo, el teatro de la palabra más difícil de encontrar e interesante. Nadie que quiera disfrutar de noventa minutos de excelencia artística puede perderse esta joya, un buen regalo para Navidad en un teatro que es casi como una casa familiar con vestíbulo, no solo por quienes la regentan, sino por el ambiente de hogar que logran crear. Un refugio al que allegarse para detenernos por un instante y dejarnos llevar por el arte del teatro, en la esperanza que no cesa. Una guinda en medio de Madrid de la que disfruté con mi querido amigo Pedro. Llegar in extremis a veces hace que los mejores momentos estén ahí, para nosotros.

El texto de William Luce –cuyo estreno en escena, con el título de Emily, se llevó a cabo en 1976[1] en el Longacre de Nueva York, dirigido por Charles Nelson Reilly e interpretado, en 116 representaciones, por Julie Harris, papel por el que fue galardonado con su quito premio Tony- es maravilloso, pleno, equilibrado dramatúrgicamente y lleno de sorpresas. Su estreno en español, con traducción de Silvina Ocampo, estuvo a cargo de la actriz uruguaya “China” Zorrilla en el Teatro Regina de Buenos Aires en 1981, dirigida por Alejandra Boero, y con más de 500 representaciones más la gira internacional; y en España, en 1983, la dirigió en el Infanta Isabel Miguel Narros, en una producción interpretada por Analía Gadé y con una escenografía del recientemente desaparecido Andrea D’Odorico.

Sublime interpretación de María Pastor

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María Pastor en una escena de La bella de Amherst. Teatro de La Guindalera. Foto de Manuel Benito

La dirección de esta puesta en escena, la de Juan Pastor, y la sublime interpretación de María Pastor la harían pasar a la Historia en el curso natural de ésta. En La bella de Amherst, William Luce –que más tarde también dedicaría su teatro a Charlötte Bronte, Zelda Fitzgerald y Lillian Hellman- muestra a una Emily Dickinson que narra parte de su vida después de su muerte, desde la propia eternidad, de luto, con un hermoso vestido blanco, y cuando ya habría de tener 184 años. Al fin y al cabo, “haber sido inmortal trasciende el llegar a serlo”, como la poeta escribió en una de sus cartas. La obra está desmenuzada en anécdotas, recuerdos, cartas, poemas entrelazados sutilmente que nos acercan a una mujer a la que la soledad y el dolor la hacen tan vehemente como la experiencia de estar viva la aproxima a esa misma eternidad. El valor del instante, la capacidad para vivirlo con plenitud, la Naturaleza y los elementos que la habitan, sus ritmos y estaciones, el día, la noche, el paso del tiempo, el sentido de la existencia, y la finitud de la misma, el dolor y la herida, las oportunidades que nos brinda el arte, la belleza, la necesidad de amar, Dios.

María Pastor –que aún hace no mucho interpretaba a Jacqueline du Pré en Duet for One, de Tom Kempinski- llena con su presencia toda la escena, pero no solo es su cuerpo el que se mueve de un lado a otro, que se sienta, que se levanta y salta de la cama conduciéndonos a los recovecos de la estancia –una escenografía de Teresa Valentín-Gamazo llena de delicadeza y lirismo, en la que se siente hasta el viento y en la que se revela a ese personaje espiritual siempre cerca del cielo y del mundo exterior, y al mismo tiempo a esa mujer encerrada durante sus últimos veinte años en su propia casa y en su propio interior-. Sino que su voz nos conduce a los senderos de su mente con una maestría técnica envidiable, como un pilar -junto con el bello y riguroso diseño de iluminación de Sergio Balsera-, sobre el que toda la obra se sostiene en esa hora y media ininterrumpida de monólogo. Un trabajo tan riguroso e impecable, tan bien ligado y tan bien actuado, que esa voz, que se modula entre chillona y dulce, que a mí tanto me quebraba, y ese histrionismo que por momentos María impostaba, no revela sino a una mujer real, divertida en muchos instantes del espectáculo, y no al estereotipo que probablemente todos teníamos en mente. Y es que en La bella de Amherst uno siente que María Pastor es realmente Emily Dickinson, la de verdad. El personaje repasa su vida, lee y comenta sus cartas al reverendo Charles Wadsworth, escribe en su mesa, habla sobre el profesor T. W. Higginson, cuenta al espectador sus deseos, les ofrece la receta de una tarta, y escribe. Escribe en la soledad de su noche y llega al éxtasis a través de la belleza de lo que es capaz de sentir y de la pasión que le proporciona la escritura.

Emily Dickinson, ferviente “admiradora” de su cuñada, Susan Hungtinton, a la que dedica varios poemas de amor –posteriormente Hungtinton fue una de sus editoras junto a la hermana de la autora, Lavinia Dickinson, su amiga Mabel Loomis Todd y el propio Higginson- falleció a los 55 años en su casa de Amherst. Es siempre curioso, como en la historia de tantos artistas, que en vida se conociera tan poco de su obra y que tras su muerte los casi dos mil poemas y cartas sean siempre una referencia, hasta el punto de que se encuentre hoy entre las poetas norteamericanas más importantes del siglo XIX[2].

“Creo que vivir puede ser una bendición para aquellos que se atreven a intentarlo”, escribía. Una afirmación que está muy presente en la puesta en escena de Juan Pastor, difícil de parangonar, llena de la plenitud existencial de la poeta. Esperemos que el año 2015 también nos traiga obras tan “redondas” como ésta. Si no, va a “ser muy aburrido jugar a las canicas después de haber jugado a las coronas”…

 

La bella de Amherst. Dir. : Juan Pastor. Foto de Manuel Benito

La bella de Amherst. Dir. : Juan Pastor. Foto de Manuel Benito

 

 

[1] Puede visionarse en https://www.youtube.com/watch?v=S6nw-ovaR1o&app=desktop

[2] En el cine, en películas como Seabiscuit, Ser John Malkovich, La decisión de Sophie y Delitos y pecados, entre otras, hay algunas referencias, pero también es curioso que su biografía no haya sido llevada a la gran pantalla. Solo Terence Davies (La Casa de la alegría, The Deep Blue Sea), apasionado de las historias con protagonistas femeninas, parece haberse atrevido. El estreno de A Quiet Passion se espera en 2015 con Cinthia Nixon como Emily Dickinson. La bella de Amherst dirigida por Charles S. Dubin se puede encontrar también en formato televisivo, con Julie Harris como protagonista.

 

 

 

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El hábito de regresar

“[…] nací del guisado del corazón,/ del lecho infinito, para caminar/ sobre esta tierra infinita.” (James Tipton, “Devorando el mundo”)

Hace aún menos de un mes, la italiana Carmen Consoli –una de mis cantantes de cabecera, por eso de que sus canciones revolotean a menudo en mi testera- publicaba su última creación, L’abitudine di tornare. Esa sencilla frase que da título a su single se quedó jugando en mi cabeza en este tiempo de ritmos difíciles y de niebla en la vista, como dice tan sabiamente Natalia V. Regreso hoy a este blog, y descalza, para que mis pies sientan perfectamente el camino, aparto las nubes y me adentro en la sala Nave 73 para descubrir El secreto, de Teatro en el aire, esa compañía de la que ya hemos hablado y que, tras La cama, La piel del agua o Bailando tus huesos, representa, en sus últimos días en Madrid -y esperemos que pronto en el resto de España- este espectáculo de teatro sensorial que rompe toda barrera espacial entre artista, público y obra.

Lidia Rodríguez, directora de Teatro en el Aire, en su personaje de la Tierra.

Lidia Rodríguez, directora de Teatro en el Aire, en su personaje de la Tierra.

Como el resto de “viajeros de este mundo”, pequeña porción allí representada, asisto al aniversario de dos personajes, Belinda y Santiago (Mercedes Salvadores y Rodrigo Villagrán), una pareja que nos invita a una fiesta especial para desvelarnos la receta mágica que los unió. Y así, entre senderos llenos de lirismo, susurros, aromas, historias, música en vivo -el trío búlgaro Stevanov- y texturas que conforman ambientes tan misteriosos como cotidianos, esa reunión de personas desconocidas y conocidas se convierte en una velada de seres que se encuentran en un instante y que disfrutan de un momento de detenimiento en la vida para no hacer otra cosa que gozarla. Parar, para poder verla y sentir su esencia de veras. Porque El secreto no es sino una fiesta en torno al placer de la vida, la narración, el arte y cómo no, el vino, como en las fiestas dionisiacas. Ese vino que riega el disfrute cuando compartimos, y esas miradas atentas, como cuando en la vida no sabemos lo que nos va a acontecer en el siguiente momento.

El Secreto, de Teatro en el aire. Foto cedida por la compañía

El Secreto, de Teatro en el aire. Foto cedida por la compañía

En El secreto Belinda narra su primera experiencia sexual, con una criatura que se deslizó entre sus piernas en las aguas de un lago, y entre metáforas nos conduce al deseo. En El secreto, saboreamos un tomate, que nos aviva el gusto, animamos a nuestro equipo en el juego de la cuchara, con los huevos que Lidia Rodríguez (en el poético personaje de la Tierra) -que gestó este espectáculo hace once años, durante un momento especial de vinculación a la vida, el embarazo de su hija – rompe en la olla en la que está cocinando huevos a la diablesa, que nos serán servidos en conchas de peregrinaje. En El secreto jugamos y danzamos al ritmo de la música, y nos reímos con el pícaro –personaje espléndido que Teatro en el Aire no ha olvidado, y que interpreta tan acertada Rocío Herrera-. En El secreto asistimos a una fiesta en todos los sentidos y para todos los sentidos, con esa luz y ese cierto regusto melancólico de las barracas de feria y de las fiestas de hace décadas en los pueblos, que nos hace recordar el olor a campo, a Naturaleza, a vida, a libertad.

Alimentados en cuerpo y espíritu, Teatro en el Aire nos invita, así, a enamorarnos de la vida, a no sucumbir, a ver y a degustarlo todo con los sentidos, como quien se chupa los dedos después de probar algo delicioso, abriendo esos mismos sentidos al disfrute de cada cosa y cada ser que nos acompaña en este Viaje. A la sutilidad del instante que hace sublime la existencia.

Como la Dorothy de El Mago de Oz, vuelvo a ponerme mis zapatillas de rubí (Pepe H. ya llevaba sus refulgentes calcetines rojos) y, junto con él y los amigos que encontré, Raquel B., Dani G. y Esther M., decido emprender el camino de vuelta. El camino de regreso a la vida, devorando el mundo, degustando el momento.

Equipo de El secreto. Teatro en el Aire. Foto cedida por la compañí

Equipo de El secreto. Teatro en el Aire. Foto cedida por la compañía

 

 

 

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En cualquier lugar del mundo

Una mañana tranquila, mientras un matrimonio y sus cinco hijos estaban sentados a la mesa, un grupo de siete hombres entraron en su casa, obligaron a la madre a desnudarse bajo la amenaza de matar a los niños, la violaron y después le introdujeron uno de sus fusiles en la vagina, provocándole graves heridas. Después forzaron a su hijo mayor a violarla. El padre trató de impedirlo, pero lo decapitaron delante de su familia. Entonces, se llevaron a la mujer y a sus hijos al bosque, los separaron y, durante un mes, mantuvieron a esa madre como esclava sexual. Al cabo del tiempo, ella preguntó por sus hijos y suplicó verles, así que le trajeron una bolsa llena de cráneos. Les habían asesinado poco después de salir de su casa y se los habían dado para comer durante el tiempo que llevaba cautiva.

La actriz Marta Arteaga en PourQuoi, de Caddy Adzuba, dirigido por Ouka Leele. Microteatro por Dinero. Foto: Archivo de Marta Arteaga

La actriz Marta Arteaga en PourQuoi, de Caddy Adzuba, dirigido por Ouka Leele. Microteatro por Dinero. Foto: Archivo de Marta Arteaga.

Aunque este blog trata sobre artes escénicas y no querría desviar la atención sobre ellas, necesitaba, por esta vez, contar la vivencia de esta superviviente debido al proyecto en el que estoy trabajando en estos momentos, porque en el fondo habla de las atrocidades que, en pleno siglo XXI, los humanos somos capaces de cometer. Y el teatro, como siempre, es el reflejo de la vida. Probablemente esta historia no se me olvidará nunca, porque cada vez que la recuerdo no puedo reprimir las lágrimas. Está recogida en el trabajo audiovisual PourQuoi?, de Ouka Leele y Bettina Caparrós, y la narra la congoleña Caddy Adzuba, encaramada en su estudio de radio, una periodista que simboliza el coraje de las mujeres africanas que arriesgan su vida a diario por denunciar las violaciones de mujeres. También hace un par de años fue la fuente de inspiración de un micromonólogo teatral de 15 minutos dirigido por la artista, con texto de la propia Adzuba, interpretado en diferentes sesiones por Ramón G. del Pomar, Marta Arteaga, Andrea Guzzi y Leonor Calvo en la sala de Microteatro por Dinero, en el barrio madrileño de Malasaña.

Por qué tanto dolor

Por qué tanto dolor… Esta pregunta podríamos hacérnosla en cualquier lugar del mundo, con la diferencia de que en muchos el contexto es catastrófico. En Afganistán hay un dicho que dice que la verdad es como el sol. Cuando asciende, nadie puede ocultarla. “Nunca tengo miedo cuando digo la verdad, no temo a la muerte, temo guardar silencio ante la injusticia”, expresa, citando a Brecht, la joven y renombrada activista afgana Malalai Joya. Un nombre, ligado a un fuerte sentimiento de lucha por la libertad, tras el que se halla una mujer que se atrevió a denunciar públicamente a los criminales y señores de la guerra, y cuyas acusaciones le han valido su expulsión del Parlamento, continuas amenazas e intentos de asesinato. Su suspensión ha generado una protesta internacional para su reincorporación firmada por prestigiosos escritores e intelectuales como Noam Chomsky y políticos de Canadá, Alemania, Reino Unido, Italia y España. Su historia es la de ese otro Afganistán que existe tras el burka y la propaganda que nos llega a Occidente. Joya ha sido comparada con el símbolo del movimiento de la democracia de Burma Aung San Suu Kyi. Su libro de memorias, Raising My Voice, ha sido publicado en España por Kailas Editorial con el título Una mujer contra los señores de la guerra, traducido de la versión americana y canadiense A Woman Among Warlods: The Extraordinary Story of an Afghan Who Dared to Raise Her Voice.

Siempre he sentido pasión por esas historias en las que las voces de denuncia no mueren en el silencio, en las que alguien se atreve a desafiar a la mentira aun en riesgo de ser vilipendiado, amenazado o de perder la vida por el mero hecho de utilizar la palabra para decir lo que no está bien. Confieso que me hacen venirme arriba y que me animan a seguir luchando cada día en este mundo. Ya lo decía la escritora egipcia y activista Nawal El Saadawi hace unos años: “Nada es más peligroso que la verdad en un mundo que miente”.

Pero también me admira la labor de esas mujeres que, como la médico nigeriana Olayinka Koso-Thomas, Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en 1998 por su trabajo en defensa y por la dignidad de la mujer –fruto de su horror ante los padecimientos que presenció en un hospital de Freetown (Sierra Leona) en mujeres circuncidadas-, han logrado que la ablación femenina en ese país, prerrequisito para el matrimonio en niñas de 10 y 11 años, se reduzca del 92 al 55%. “La primera mujer de una con la que hablé me dijo que el dolor era tan intenso que podía sentirlo en el centro de la cabeza”, contaba Koso-Thomas, amenazada de muerte por la sociedad secreta “Bundo”, y con la que aún mantengo correspondencia de vez en cuando. La primera consecuencia de la mutilación genital femenina puede ser la muerte y psicológicamente incluso la esquizofrenia. Pero Koso-Thomas descubrió que en estas mujeres se desarrollan fístulas, un orificio entre el útero y la vejiga o entre el útero y el recto que se generan más en las mujeres que han sido infibuladas. Durante el parto, el bebé lucha por salir, pero como no hay sitio, no puede o lo hace muerto. El lugar en donde ha estado empujando se produce un orificio y por ahí sale la orina, sin que ella pueda controlarla. Son mujeres a las que se las rechaza debido al fuerte olor que desprenden, además. Lo que ha hecho esta médico es estudiar por qué se realiza esta práctica endémica que afecta a 28 países africanos y a más de 130 millones de mujeres. Una de esas razones, además de la tradición, es que es el medio de vida de las sowies o digbas -las mujeres mayores que reciben dinero por practicar esta brutal tradición, sin anestesia, con una cuchilla de afeitar, un cuchillo o una botella rota, y utilizando cenizas y hierbas mezcladas con excrementos de animales para cortar la hemorragia-. Así que ha ideado que estas mujeres puedan vivir de otra cosa… Tan sencillo y tan difícil como eso…

La químico Pilar Mateo, en el escenario con la periodista Alicia Gómez Montano en 2013. Foto de Juan Misis

La químico Pilar Mateo, en el escenario con la periodista Alicia Gómez Montano en 2013. Foto de Juan Martín.

También la químico valenciana Pilar Mateo, Finalista en 2010 al Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, Candidata en 2005 al de la Concordia, Medalla de oro en Bioquímica por la Academia Internacional de Ciencias y Humanidades, Medalla Gascó Oliag al Mérito Profesional, Premio Europa en Nuevas Tecnologías, Premio Nacional en Salud y Medio Ambiente de Naciones Unidas UNICEF 2008, y un largo etcétera, ha desarrollado una fórmula materializada en una pintura que salva vidas, combatiendo el dengue, la malaria y el mal de Chagas, una enfermedad parasitaria que afecta a 18 millones de personas que viven en la miseria en América Latina. Se trasladó a la región guaraní del Chaco boliviano para investigar a este insecto, la vinchuca, que habita en la paja y el adobe (materiales con los que están construidas las viviendas rurales) y que se deja caer sobre las personas, alimentándose de su sangre. Sólo hay dos medicamentos capaces de frenarla (en una primera fase, después ya no hay remedio), uno de ellos se ha dejado de fabricar y ningún laboratorio está investigando para hallar nuevas y eficaces soluciones, cuando el 40% de los niños nacidos en los últimos años están infectados. Pilar Mateo ha desarrollado esta patente mundial, con un componente que impide el crecimiento de los insectos, que acaban muriendo, y cuya eficacia ha sido demostrada por los científicos más destacados de la OMS. Ningún niño de las casas pintadas con la fórmula de esta española ha contraído el mal de Chagas.

Mujeres que transforman el mundo

Quería hablar de todo esto porque hace unos días se celebraba el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, una celebración cuyo origen es algo incierto, aunque apunta que sea por el 8 de marzo de 1917, cuando en Rusia las mujeres se amotinaron ante la falta de alimentos, dando inicio al proceso revolucionario que acabaría en el mes de octubre de ese mismo año con la caída del zar. A pesar de que la historiografía occidental no se pone de acuerdo en cuanto a hechos y fechas, me gusta pensar que aquellos incendios de la fábrica textil neoyorkina en los que murió un centenar de mujeres, las huelgas de principios de siglo por el fin del trabajo infantil, la igualdad salarial, la disminución de la jornada a 10 horas y un periodo de lactancia en la maternidad, y la llamada de Clara Zetkin a las mujeres para unir su lucha por la igualdad de derechos con la lucha por preservar la paz mundial en 1910, etc., han hecho que lleguemos hasta hoy.

Y de eso se trata, de no morir en el silencio, de alzar las voces para denunciar la injusticia y defender a las víctimas, sean tanto mujeres, niñas, niños, hombres, de trabajar para hacer del mundo un lugar más seguro y estable.

De esas historias, de su superación y de su lucha por defender los Derechos Humanos, la dignidad, la libertad, la justicia -esas palabras que suenan a verdad y que por esa razón no se pueden decir a la ligera-, de la vida, en definitiva, y de sus protagonistas, en este caso esas mujeres que viven sometidas por el peso de tradiciones injustas, gobiernos corruptos y leyes que no defienden a los más desfavorecidos, tratan los Encuentros “Mujeres que transforman el mundo” en los que estoy trabajando y que, organizados por el Ayuntamiento de Segovia, se celebran desde hace cuatro años en el mes de marzo en La Cárcel_Segovia Centro de Creación. Un ciclo de conversaciones cara a cara en el escenario y ante el público como testigo, donde comprometidas activistas, muchas de ellas galardonadas con premios como el Nobel de la Paz o el Príncipe de Asturias de Cooperación o de la Concordia, ofrecen sus experiencias y revelan la realidad que viven a través de estas charlas conducidas por conocidas periodistas españolas.

La Premio Nobel de la Paz 2005, la iranía Shirin Ebadi, entrevistada por Rosa Mª Cala

La Premio Nobel de la Paz 2005, la iranía Shirin Ebadi, entrevistada por Rosa Mª Calaf en la pasada edición de los Encuentros Mujeres que transforman el mundo. Foto de Juan Martín.

En esta edición, que se desarrollará desde el 14 al 23 de marzo, participarán, además de Malalai Joya, la abogada y activista Manjula Pradeep, que ha defendido 35 casos de violencia sexual en India, entre ellos el de la joven violada por seis profesores de su colegio en 2008; o dos de los epítomes de la lucha por la paz en Zimbabue: Jenni Williams y Magodonga Mahlangu. Desde México, Eufrosina Cruz, una indígena zapoteca que ha desafiado las costumbres de su comunidad y que hoy es la presidenta del Congreso de Oaxaca. Y desde España, Sor Lucía Caram, una monja tuitera que ha promovido un banco de alimentos y cuya vocación se traduce en un compromiso social, político y existencial para trabajar con los que más lo necesitan. También estará presente Ada Colau para hablar sobre un derecho fundamental y preocupante en nuestro país: la vivienda. Todas ellas serán entrevistadas en el escenario por periodistas como Pilar Requena, Rosa Mª Calaf, Mara Torres, Mayte Pascual, Elsa González y Alicia Gómez Montano, respectivamente.

A lo largo de estos años he conocido a todas estas mujeres capaces de trastocar el devenir luchando en favor de la paz desde sus ámbitos de acción: el activismo, la política, la educación –base fundamental para sacar adelante a un país, algo que se olvida en éste nuestro- la religión, la ciencia, el arte, la música, el teatro. Y me pregunto qué puedo hacer yo. Lo que pienso cuando las escucho es que en esa Gran Historia, a veces lejana o a veces tan próxima, es posible, como expresaba en 2002 uno de los directores de teatro que más admiro, Eugenio Barba, en aquel discurso de agradecimiento en La Habana -en una frase que me encanta y que preside este blog a través de la pestaña “Pequeñas Islas”- es precisamente eso, “recortar pequeñas islas, minúsculos jardines donde nuestras manos puedan ser eficaces, donde podamos vivir nuestra Pequeña Historia”, apostar por la Verdad, hacerlo a través de nuestros trabajos y de nuestras vidas. Y, ¿desde el teatro? “El teatro es nuestra necesidad de apropiarnos del otro, de fundirnos con él. El teatro mueve nuestro universo interior hacia el mundo de los eventos concretos e impulsa nuestra Pequeña Historia a bailar con la Gran Historia”.

Sea éste un humilde –espero, esa era, al menos, mi intención- homenaje a todas las mujeres, conocidas y anónimas, que en su vida diaria desafían al futuro con confianza, a esas mujeres que contribuyen a crear un mundo más humano donde aún quede lugar para la esperanza, y a esos hombres que apuestan por ellas y las apoyan en su vida diaria y en su trabajo, y que luchan por un mundo más justo.

 

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El circo, un poema único en el mundo

Desde siempre el circo ha traído a una ciudad a toda una corte de artistas cuya llegada, muchas veces en caravanas y carromatos, anunciaba el espíritu mágico y deambulante que encierra, acaso también el viaje sempiterno de la vida. Un legendario mundo que hacía el más difícil todavía en una pista palpitante -quizá representación del mundo, como se preguntaba Starobinski en Retrato del artista como saltimbaqui- provocando el asombro y regocijándose con el delirio de una audiencia deslumbrada. Un círculo mágico, eterno retorno, donde levantaban el polvo los caballos al girar, esa rueda de la vida sobre la que volaban cuerpos celestes que bailaban su breve danza cósmica en trapecios y cuerdas flojas, sobre la que el hombre bala trazaba una parábola perfecta o donde los payasos, los magos, los tambores y las fieras aparecían y desaparecían por el efecto de la misma magia que creaba un mundo en el que se desafiaban todas las leyes, imponiéndose la belleza, el gusto por lo insólito, el espíritu de superación. Como dice el director de uno de los más antiguos circos de Rusia, Maxim Nikulin, “los artistas de circo aparecían por una mutación genética positiva”.

Les 7 doigts de la main en el Circo Price. Foto de archivo

Les 7 doigts de la main en el Circo Price. Foto de archivo

El tiempo le regaló al viejo circo tecnología, un nuevo concepto de espectacularidad, y así como los títeres abandonaron el retablo, en los años 80 el circo dejaba la carpa blanca y se volvía al teatro, quizá haciéndose más libre o tal vez modificando su lenguaje y sus formas tradicionales. Un nuevo espacio donde ahora las emociones nacen de un movimiento, de un traje, de una puesta en escena, y no solo de una hazaña al borde del abismo. “Mezclando el sentimiento de lo bello con la sensación de peligro, el circo resume el pasaje histórico del héroe al artista, manteniendo la inscripción del rito en el mito”, escribe D. Wallon en El circo más allá del circo. La proeza deja lugar a la poesía, a la exacerbación de aquella ternura, a los efectos visuales más brillantes, y por donde antes salían elefantes, monos y tigres, ahora llega la performance, la acrobacia entretejida en la danza, un concepto más teatral del argumento con un lenguaje estético vanguardista que ha atraído a un nuevo público.

Victoria Chaplin con uno de sus trajes infinitos. Le Cirque Invisible

Victoria Chaplin con uno de sus trajes infinitos. Le Cirque Invisible

He ahí al Cirque Ici y a Johan Le Guillerm, a aquel singular Circo Aligre que dijo adiós en los 90, a la Compagnie Dromesko y los Hermanos Forman, a los canadienses Les Septs Doights de la Main, Cirque du Soleil o Cirque Éloize, al Cirque Invisible de Jean-Baptiste Thiérrée y Victoria Chaplin, al Théatre d’un Tour, al Circo Ronaldo o a Phia Ménard, entre tantos otros. A muchos que se han podido ver también en el Circo Price en los últimos 20 años, en Titirimundi y en ese festival de circo contemporáneo, Circa, que se celebra en Auch, en pleno pirineo francés, donde tiene cabida lo más novedoso y actual de las artes circenses.

Los niños de ayer y los niños de hoy

Gaby, Fofó y Miliki. Archivo de la Familia Aragón

Gaby, Fofó y Miliki. Archivo de la Familia Aragón

Pero como bien dicen los descendientes de Emig, aquel que junto con sus hermanos Thedy y Pompoff formaban uno de los tríos de payasos más emblemáticos y la segunda generación de la familia Aragón, “el circo de hoy se ha transformado tanto que ya no es para niños”. “Tiene pinceladas del circo y su espíritu, pero no está dedicado a los más pequeños”, afirman, con cierta nostalgia, Alfonso Aragón Sac (Fofito) y su sobrina Lara Aragón, hija de Gaby. Ambos y sus familias han hecho un guiño al circo y a través de la música y del humor blanco y limpio representan en estas fechas en Madrid sendos espectáculos donde todavía se pueden recordar aquellas tardes en las que, embelesados ante la tele y entre bocadillos de Nocilla y Mirindas -o para los más afortunados, en vivo y en directo- los padres de los niños de hoy tenían toda su atención en aquellos payasos y aquel circo que alegraba siempre el corazón. Muchos consideraban aquellos programas como modelos impecables de televisión infantil, con sus números y canciones que formaron parte de la cultura popular española durante una década, y lo cierto es que han sido una referencia y toda una escuela para maestros actuales del circo y del clown. “Quizá porque los payasos de la tele es donde deberían estar, en la pequeña pantalla”, determina Fofito.

Los Gabytos en ¿Cómo están ustedes? 2.0. La aventura musical. Imagen de archivo

Los Gabytos en ¿Cómo están ustedes? 2.0. La aventura musical. Imagen de archivo

Para Teresa Rabal, que hasta hace año y medio llevaba su peculiar circo de ciudad en ciudad con peluches gigantes y un show hilado a través de la música, “los niños de hoy son exactamente iguales a los de ayer y reaccionan en los mismos puntos”. Sin embargo, para Lara y Fofito, el niño de hoy está más preparado. “Aunque hacerles reír cuesta lo mismo, hay más velocidad en la vida y, lo que intentamos, es sacarles de esa rapidez cotidiana y transmitirles felicidad”, expresa la hija de Gaby. “Ahora juegan con ordenadores y lo que les asombra es que sus padres y abuelos se sepan y canten las canciones que interpretamos en directo en el escenario. Eso les hace salir de su rutina y les causa impacto”, confirma Fofito. “Los niños de hoy nunca han visto a Don Pepito ni a la Gallina Turuleta que lanza huevos al público, y esa participación les hace sentirse dentro de un espectáculo al que no están habituados”, añade este clown augusto que para hacer reír nunca necesitó llevar nariz roja, y cuyo maquillaje especial, aquel usado en América para fingir cicatrices que su padre y sus tíos trajeron del otro lado del Atlántico -“pues los colores daban miedo a los niños”-, solo aportaba una nariz prominente y redondeada dentro de su propio rostro. La primera vez que se convirtió en clown de cara blanca fue gracias a Álex de la Iglesia en su película Balada triste de trompeta (The Last Circus), donde, según cuenta, él mismo se maquilló.

Espíritus soñadores

Los payasos de la tele. El musical, una aventura encantada, con Rody, Fofito y  Mónica Aragón. Un espectáculo que se puede ver estas Navidades en el Reina Victoria de Madrid

Los payasos de la tele. El musical, una aventura encantada, con Rody, Fofito y Mónica Aragón. Un espectáculo que se puede ver estas Navidades en el Reina Victoria de Madrid

La familia Aragón ha querido en cierta manera homenajear a ese circo tradicional donde los payasos tienen un papel esencial, donde, como decía Brecht en Escritos sobre teatro 1, gracias a ellos, “las cosas que están sobre el escenario vuelven a adquirir realidad”. Tanto en ¿Cómo están ustedes? 2.0. La aventura musical, que se puede ver en el Teatro Nuevo Apolo gracias a los descendientes de Gaby, Los Gabytos, como en Los payasos de la tele. El musical, una aventura encantada, con Rody, Fofito y su hija Mónica Aragón, en el Reina Victoria, “no hay gimnastas, domadores, ni animales, pero hay aventura, ampliada gracias a la música”, explica Fofito, una música que les ha hecho convertir su show en un musical.

Gaby, Fofó y Miliki en una foto de un cartel de los años 50

Gaby, Fofó y Miliki en una foto de un cartel de los años 50. Archivo de la FAmilia Aragón

Pero quizá lo más hermoso es que los adultos reviven la infancia y conectan con la parte clown de la tradición del género circense, mientras que los niños viven el espectáculo con toda su ilusión y asombro a flor de piel. “Lo más interesante del circo es el sentido de la familia”, narra Lara Aragón, recordando la vida bajo la carpa blanca. “En el circo convives las 24 horas con artistas de distintos géneros, con un pueblo que se mueve a través del mundo, y cuando eres niño te das cuenta de que tienes un país muy grande en el que hay muchas comidas diferentes y personas de razas distintas”, apunta nostálgicamente esta mujer clown augusto, que con 16 años comenzó a dedicarse a hacer reír a otros.

Espíritus soñadores, exaltados, locos extrañamente razonables, corredores que van tras un ideal y tropiezan contra las realidades, cándidos soñadores a quienes acecha maligna la vida, juglares de la provocación, qué sería el circo sin ellos en un país donde, además, han surgido grandes familias de clown.

Fofó, Fofito, Miliki y Gaby, en la tele. Archivo de la Familia Aragón

Fofó, Fofito, Miliki y Gaby, en la tele. Archivo de la Familia Aragón

Y es que, aunque el circo se haya reinventado en su agonía y haya adquirido un nuevo público, aunque muchos de los miembros de aquel viejo circo apuesten por nuevas formas de estar sobre el escenario y lo recuerden con una mirada cómplice, “el circo tradicional es difícil que siga existiendo, si el 21 por ciento de IVA y la situación actual continúan”, destaca Fofito. A este ritmo de crisis que llevamos, tal vez ya no podremos, como un grito de guerra, responder con un agitado “¡Bien!” a aquella pregunta reiterativa y siempre luminosa que Edmund Goncourt definía como sacramental: “¿Cómo están ustedeeees?” Metáfora de la condición humana, de lo sublime y de lo miserable, a pesar de todo, aquel circo que reinventó Philippe Astley en 1768 siempre será el juego más bello, ese “poema único en el mundo”, que decía Miliki.

(Reportaje en su versión extendida, publicado en su versión corta para la revista infantil en papel Érase una vez, bajo el título “El juego más bello del mundo”, diciembre de 2013)

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Hilandera de sueños

Entrevista realizada para la revista infantil en papel Érase una vez. Se puede leer también en su versión digital y ampliada en http://www.revistaeraseunavez.es/hilandera-de-los-suenos-lidia-rodriguez-de-teatro-en-el-aire/ que reproduzco aquí

Lidia Rodríguez, directora de Teatro en el Aire: “Nuestro deseo es hacer que el público entre, como Alicia tras el espejo, en un espacio-tiempo de ensueño, donde todo su ser esté dispuesto al juego”

Todos los espectáculos de Teatro en el Aire son experiencias llenas de sonidos, olores, texturas, imágenes sugerentes vividas en la penumbra, el silencio y la compañía de la palabra poética, elementos que contribuyen a desplazar al espectador a través de un mundo sensorial íntimo, intuitivo, natural y sin prejuicios. Delicada y dulce como los montajes de los que forma parte, esta directora y actriz chilena que se hace llamar “La Negra” cuando crea escenografías y transforma poéticamente los espacios, llegó en los 90 a Madrid. Ha trabajado con la Compañía Teatro de los Sentidos, y en 2002 fundó Teatro en el Aire, en busca de un lenguaje escénico distinto. Hilandera de los sueños, te encontrará en los mares, aunque sean secretos…

Lidia Rodríguez, La Negra. Foto de archivo

Lidia Rodríguez, La Negra. Foto de archivo

El Teatro sensorial de Teatro en el Aire, ¿es una ruptura formal con el concepto tradicional de teatro o es, en cierto modo, una aproximación a la esencia, a la emoción desde otra perspectiva?

Ruptura nunca. Nuestra labor artística se basa en el rito, en visibilizar la importancia de éste en nuestra cultura de consumo rápido y desechos. En hablar de lo pequeño que es siempre grande. Nuestro deseo fundamental es hacer que el público entre como Alicia tras el espejo y descubra su ser más sensible, se emocione y le lleve a un espacio-tiempo de ensueño donde todo su ser esté dispuesto al juego. Un juego libre y serio.

-El hecho de que en vuestros espectáculos todos formemos parte del mismo universo y del mismo espacio escénico, ¿contribuye a que el espectador suelte “amarras” y se deje llevar?

Siempre desde TEA se ha trabajado como punto de partida con un gran pretexto para investigar: la muerte, la celebración, la cama, la gestación. Cuando esto está sobre la mesa, primero nace siempre el espacio onírico al que el público será invitado. Para mí, como creadora de la escenografía, es fundamental para que esta magia suceda. La instalación plástica tiene que invitar al ensueño y a esa apertura sensible que se necesita. Cuando esto ya existe y los artistas y actores juegan con ello, es cuando las “amarras” se desatan y el público entra suavemente en su propia escucha y su ser sensible.

-¿Cómo es vuestra experiencia con el público y qué os aporta a la hora de hacer el siguiente montaje?

El público es fundamental para el buen desarrollo de cada una de las piezas de la compañía. Todo está al servicio para que él sea el protagonista de su propia dramaturgia. Cada una de las personas que asisten a nuestras experiencias carga consigo una vida que llena de contenido el rito al que está invitado. La experiencia con el público nos nutre siempre, por eso el trabajo nunca está cerrado, siempre existe un margen importante para improvisar y volar libres según el público que entre en la experiencia. Insisto siempre en que nuestra investigación debe construirse a partir de ese encuentro con el otro, con el público.

-Qué importancia tiene el texto en el teatro sensorial.

El texto es casi siempre lírico, la palabra está presente también desde una forma muy abierta en su lectura. Creemos que así podemos darle universalidad a las miles de formas de sentir y de estar en el mundo. El público hace su propia dramaturgia a partir de su experiencia vital y esto es lo que realmente nos interesa que pase. Que ellos sean los que generen la pieza. Que hagan su propia interpretación a partir de lo que les pasa en su cuerpo vivo y sensible.

-Parece que vuestros espectáculos persiguen que nos reconozcamos a nosotros mismos, que esa memoria esencial con la que nacemos esté presente en nuestras vidas. En definitiva, una especie de contribución a que sepamos quiénes somos, con cierto aprendizaje de que debemos vivir cada instante…

Es verdad, es así. Trabajamos desde lo artístico para contar y hacer sentir que somos importantes, una arenita en el mundo que entre todos la poblamos. Tenemos miles de preciosos momentos en el día para estar más felices. En el instante en que seamos más conscientes de que estamos vivos y que podemos gozarnos y hacer gozar, la vida será más noble con nosotros, la sentiremos más intensamente. El olor de tu madre arropándote en el pecho perdura en nuestra raíz, el calor de la hoguera en invierno te recuerda el frío que has pasado allí fuera. La vida tiene sus contrastes y son importantes para encontrar el verdadero significado de estar aquí. Desde TEA hacemos una invitación a detenernos en esa belleza y mirar a los ojos con calma. El cuerpo tiene una memoria muy potente, no olvida nunca.

-Ahora, entre otras cosas, estáis de gira con Nido azul y pronto estrenaréis en El Sol de York Sueños en el arrozal, dos espectáculos de teatro sensorial para niños. ¿Cómo se trabaja un espectáculo de teatro sensorial para niños en contraposición con uno para adultos? ¿Son los niños, que no tienen prejuicios, y todo está intacto en ellos, más sensoriales que los adultos?

Las dos experiencias creadas para los más pequeñitos son, sin duda, una invitación a la calma y la quietud que necesitan los niños para expresar su sentir. Hemos estado el año pasado en la Escuela Infantil CREA como residentes artísticos, y allí hemos podido investigar sobre la intervención libre de los niños en el Arte. En este atelier cada semana se les invitaba a ser parte activa de un escenario con distintos materiales y elementos, y entraban en el ritual con plena libertad. No existía para ellos ningún tipo de restricción ni pauta a seguir. Eran libres de expresar y vivir ese presente. Una gran lección para nosotros, los adultos, que todo lo queremos bien explicado y estructurado. Las experiencias para los adultos son diferentes, pero no menos enriquecedoras. Con ellos jugamos a descolocarlos, a ponerlos en el lado de Alicia en el País de las Maravillas, para que desde ese juego las capas de su cebolla bien armada se les caigan poco a poco. Sacar las capas a la cebolla y llegar al corazón de su historia sensible y bella es el reto.

-¿Qué nos vamos a encontrar en Sueños en el arrozal?

Un encuentro con la quietud, con los movimientos suaves y ondulantes de la actriz que lo articula. Mercedes Salvadores hace un precioso trabajo en escena, donde el arroz se transforma en sus manos, como una maga transforma el día en noche. Los niños y niñas, con sus familias, entran en una burbuja suave y amorosa para detenerse a mirar, escuchar y sentir.

-¿Cómo lográis que los niños estén quietos y atentos?  

Los niños y las niñas están en sintonía contigo, ellos perciben a flor de piel. Y nosotros somos muy conscientes de esto. Si les atiendes con confianza y quietud, ellos te responden así. Hay que dar tiempo a que esto ocurra, los adultos tenemos demasiada prisa. La lectura de los niños es siempre de una sabiduría asombrosa, creo que todos tendríamos que recuperar al niño o niña que albergamos dentro de nosotros. Para trabajar con ellos creamos un ambiente acogedor, luces tenues, movimientos suaves, palabra fragmentada y poética, y, sobre todo, damos espacio para que se expresen como quieran y sientan.

Sueños en el arrozal, para niños de 1 a 5 años, estará en cartel en El Sol de York del 21 de diciembre al 5 de enero. Y, aunque dentro de poco se tendrá que hacer teatro en el aire para escapar del 21% de IVA en la Tierra, asistir a un espectáculo de esta compañía es como subir un palmo del suelo y hacer que los sueños lleguen al corazón.

 

Una imagen de Sueños en el arrozal. Teatro en el Aire

Una imagen de Sueños en el arrozal. Teatro en el Aire

Sueños en el arrozal

Cristina Peregrina y Lidia Rodríguez

Duración del espectáculo: 35 min.

Número de espectadores por función: 50

Precio: 8 €

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Desde la cama

“Estar quietos no significa/ estar muertos/ ni perder fuerza/ está quieto quien escucha, / está quieto quien observa. / Quieto está quien decide, / como el silencio que/ precede a la lluvia./ Estar quieto no significa estar cómodo/ el equilibrio se altera/ en una quietud de resorte/ o de fiera/ o de púgil, / o de quien oye el tiempo pasar por las venas gota a gota.“  

Siempre me ha gustado, estando sana, permanecer un ratito en la cama, un ratito que se alarga demasiadas veces y que se convierte en un cúmulo de historias y de momentos que conservo como parte de mi diario íntimo, esa bitácora de instantes que se viven por dentro y que solo una y Dios conocen y disfrutan en todo su esplendor. Lo confieso, nunca he sentido ningún placer por madrugar, algo que arrastro desde mi infancia y que me recuerdan constantemente mis seres queridos, cuando perdía los autobuses que me llevaban al instituto, cuando aún iba despegando los ojos por el camino hacia la universidad, cuando me tenían que llamar mil veces para irme de viaje, cuando tenía que poner dos o tres despertadores a distintas horas, con el fin de arrebatar a Cronos minutos, segundos, milésimas en las que poder aún acariciar ráfagas, instantes, vidas que no pueden ser olvidadas. “Abarcar la eternidad en una hora”, diría William Blake. Nunca he sido madrugadora y no creo que jamás lo sea, a no ser por fuerza divina; no forma parte de mi carácter, y además no me gusta, lo digo tajantemente. Cuando alguien me espeta eso de que “a quien madruga Dios le ayuda”, le suelo responder que “no por mucho madrugar amanece más temprano”. Es lo que tiene el refranero español, respuestas para todo… Sin embargo, es cierto que muestro cierta admiración por aquellos que esperan el amanecer levantados y dispuestos a vivirlo, aunque yo prefiera aparecer directamente en el día y aprovecharlo de otra manera. Y sobre todo, la noche. Mientras todos duermen, yo viajo a mil lugares dentro de mi imaginación, repaso personajes, me cuento historias, como si fuese una Sherezade para mí misma, me río y lloro, formulo preguntas, invento respuestas, y me entrevisto, analizando circunstancias, previendo otras, escribiendo en mi mente… Vuelvo a mis recuerdos una y otra vez para vivirlos de nuevo, para no olvidarlos todavía y para recrearme en ellos, transformándolos en presente… Y escucho, escucho, escucho… Todo, tumbada en mi cama, detenida sin perder la fuerza, presente como la Naturaleza, sin cansarme nunca… Mis pies siempre podrán pensar lo que quieran…

Entonces, levanté la mirada y tenías la luz encendida. Tú no lo sabías, pero ibas y venías iluminando los días…

Desde La cama de El Sol de York

Atmósfera de La cama, en El Sol de York hasta el 20 de octubre

Atmósfera de La cama, en El Sol de York hasta el 20 de octubre

Raquel me preguntaba: “Pero, ¿qué te hacen? ¿No te sacan a hacer nada, verdad?” Le debía una explicación. Hace casi un mes pude disfrutar de un espectáculo de teatro sensorial en la activísima sala madrileña El Sol de York, que aún estará en cartel hasta el 20 de octubre. Escondido o refugiado entre los edificios de Arapiles, este pequeño y al mismo tiempo gran teatro -por la cuidada y variada programación- cuelga de un pequeño puente como si fuese un barco atracado en mitad de Madrid, una pasarela de embarque iluminada con pequeñas bombillas alrededor. Se nota que vamos de fiesta… Así entramos a la sala donde nos ofrecen un té con galletas, para coger energía o abandonarla, y en silencio, mientras todos nos miramos, una de las actrices nos invita a entrar, uno a uno y cada cual según su estilo –ese día estaba generosa y me salió del alma abrazar, con toda la naturalidad, a la actriz, que me devolvió el abrazo y no dudé en entrar en el juego nada más que con el amor más esencial-, a través de un caminito de cuerdas que nos conduce a un gran túnel, matriz blanca y blanda a la que llegar a otra sala diáfana, llena de camitas y de olor a incienso, tal vez para renacer, recrear, rememorar… Así aparecí en La cama, el espectáculo de Teatro en el Aire, una compañía que desde 2001 reúne a un grupo de actores y actrices de diversas nacionalidades –en el mismo año fundaron su sede en Carabanchel, aquella Nave de los locos enfocada en la formación y la creación que luego se convirtió en La Caravana y que sobrevivió hasta 2008, ahora sus vestigios permanecen en la Universidad Popular de Rivas Vaciamadrid- para fusionar el lenguaje sensorial aplicado al teatro y el teatro de texto, casi lírico. Una investigación que se completa con la participación del público, gracias a las sensaciones y a la experimentación que éste vive in situ. Todos los espectáculos de Teatro en el aire son experiencias llenas de sonidos, olores, texturas, imágenes sugerentes vividas en la penumbra, el silencio y la compañía de la palabra poética, elementos que contribuyen a desplazar al espectador a través de un mundo sensorial íntimo, intuitivo, natural y sin prejuicios.

Y es que en La cama no queda otra que ser uno mismo. La cama es el lugar donde se nace, donde el ser humano pasa lo mejor y lo peor de su vida, donde la enfermedad, el placer, la felicidad, la tragedia, la vida y la muerte transcurren. En la cama, dicen, uno se “hunde o levita sin remedio”.

La cama, de Teatro en el aire

La cama, de Teatro en el aire

A la luz de las velas, y junto con otras 18 personas, me acuesto, sin ningún miramiento, en mi camita. Con lo que a mí me gusta… “Es el espectáculo perfecto para mí”, pienso… Allí me acurruco, y alguien me arropa, y entonces regreso por un instante a mi infancia, y siento las caricias y el amor de mi madre, y alguien me cuenta una historia, y me canta una canción, y pienso en mi padre, que se inventa una historia para mi hermana en la cama de al lado. Y entonces alguien vuelve a narrar otra historia, y entre mis compañeros de este “viaje sensoteatral”, Mauri y Rafa, nos miramos, nos da la risa, y entramos nuevamente en el juego… Una nana, el amor, mi amor, un parto, mi niña, la alegría, el cansancio, la tristeza, la enfermedad, la pastilla antes de dormir, el hospital, la muerte, la vida… Paisajes oníricos, algunos más relajantes que otros, que nos hacen deslizarnos por los recovecos de nuestro interior, atravesando el temor, circundando el final de todo ser humano, abalanzándonos sobre la alegría, y respirando la paz de una atmósfera bien creada por esta compañía dirigida por Lidia Rodríguez. Se trata de dejarse llevar para desarrollar, desde la percepción sensorial, la capacidad creadora que todo ser humano conserva, para mirar hacia adentro y quizá, al mismo tiempo, vivir en sociedad, junto a otros, respetar sus sensaciones. Una experiencia singular, deliciosa, inolvidable, seguramente, que despierta ternura y hace compartir con desconocidos la sonrisa de irse del teatro con la luz encendida…

Y, entonces, alguien apaga la luz de la mesita, y escucho, escucho, escucho…

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Lo que queda tras las guerras. Hécuba: el abismo del sufrimiento

Es preferible morir a odiar y temer; es preferible morir dos veces a hacerse odiar y temer; tal ha de ser, algún día, la suprema máxima de toda sociedad organizada políticamente. Nietzsche

Concha Velasco en Hécuba.

Concha Velasco en Hécuba.

Siempre me ha embelesado el entorno de la ría de Avilés, su historia, y hasta los fuegos artificiales que en ella se reflejan durante las fiestas de San Agustín. Ahora, el islote blanco del Niemeyer sirve como balcón a las aguas que un día fueron cristalinas, con esos presuntos recuerdos de Ipanema. En un espacio abierto al aire libre como su despejada plaza, no podría emerger sino el mejor teatro. Con la luna casi a un lado, dibujada en un cielo terso, y la lengua de mar fluyendo bajo su luz, el Centro Niemeyer acogió el viernes 16 de agosto uno de los grandes montajes teatrales de este año o, por lo menos, de los más exitosos a nivel de público.

Protagonizado por Concha Velasco y con un sólido reparto (José Pedro Carrión como Ulises, Juan Gea como Agamenón, Maria Isasi como Polixena y Alberto Iglesias como Poliméstor, entre otros), más de 1.600 personas pudieron disfrutar de Hécuba, el texto de Eurípides en versión de Juan Mayorga y dirigido por José Carlos Plaza, en una coproducción de Pentación y el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.

Si Esquilo en Los Persas -la obra teatral más antigua que se conserva y la única basada en hechos históricos que ha llegado hasta nosotros-, describía la derrota del ejército persa -cuyo rey fue vencido porque olvidó que era un hombre y no un dios- y lo innecesario de las guerras si no fuera por los intereses económicos –mostrando además cómo acatando las normas ciudadanas es posible preservar el orden democrático frente a la injusticia-, Eurípides, el más prolífico de los trágicos griegos, aborda también en este texto, escrito y representado en Atenas en el año 424 a. C., el llanto por la derrota, por la pérdida, por una guerra que en realidad solo es fruto del odio o de la falta de amor. Por una guerra resultado de la venganza, del deseo de poder de unos sobre otros. Desafortunadamente, lo que rige la vida cotidiana.

La obra comienza con la derrota de Troya –Eurípides sitúa la acción en la península de Quersoneso, Tracia, hoy Galípoli (Turquía)- por el ejército griego y el dolor de una anciana, esposa de un rey (Príamo) y madre de unos hijos llamados a ser reyes, convertida en esclava, esperando la hora de ser trasladada a tierra extranjera. La sombra de Aquiles se muestra a su ejército y reclama que le sea sacrificada la más bella de las troyanas, Polixena, hija de Príamo y Hécuba. Odiseo (Ulises) anuncia a Hécuba, la que un día salvó su vida y sin embargo ha convertido en esclava, la noticia. Polixena acepta de buen grado su muerte, pues hija de rey no ha nacido para pertenecer a otros, y ante el dolor de su madre, que ha tenido que ver cómo su otra hija Casandra ha sido convertida en concubina de su enemigo, Agamenón, marcha camino de su destino. Polixena es honrada por los griegos por su valentía y su cuerpo entregado a Hécuba. Pero la desgracia se ceba de nuevo con esta anciana. Polidoro, el menor de sus hijos, a quien Príamo, en el momento en que Troya fue asaltada, puso a salvo enviándolo al cuidado del rey de Tracia, Poliméstor, junto a gran cantidad de su tesoro, es asesinado por su cuidador para apoderarse del botín. Hécuba recoge esta última desgracia y esta traición atroz con la misma entereza que las anteriores, pero su rabia y su dolor inundan su alma. Cuanto más débil parece, esta madre traicionada y arrebatada de todo lo más preciado, hace emerger toda su fuerza y devuelve el golpe con la misma vehemencia. “Un dios sanguinario devora a sus hijos en beneficio de unos pocos que se enriquecen a costa de la sangre de muchos. Y el inmenso dolor que produce no desaparece, sino que permanece enraizado en el alma y transforma al mortal en animal, un animal apaleado, pero al mismo tiempo un animal cargado de esa pasión del alma colérica que convierte al ser humano en bestia irracional y que, cegado por esa rabia que le emponzoña, le conduce hacia la venganza. Una venganza, a su vez, que engendra nuevos dolores, y así la cadena de violencia se repite por los siglos, indefectiblemente”, como bien explica Mayorga.

Moralista del destino

Hécuba, no vacila en su venganza, al contrario que Hamlet. Tiende con determinación una trampa a quien rompió el pacto establecido y traicionó a su marido y asesinó a su hijo, y, con la ayuda del resto de las troyanas cautivas, mata al hijo de Poliméstor–en el texto original, a los dos hijos menores- mientras que a él le ciega. Precisamente esa traición de la convención es lo que analiza la historiadora y filósofa Martha C. Nussbaum, Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en 2012, en su obra más conocida: La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega. “El asesino de un hijo debe padecer la muerte de los suyos; el profanador de la xenía, una profanación de la hospitalidad igualmente espantosa; el que mutiló a Hécuba, debe ser, él también, mutilado”.

Requerido Agamenón para resolver el litigio, el rey de Micenas no toma ninguna decisión contra Hécuba, pero Poliméstor profetiza a Agamenón su violenta muerte junto a Casandra y a Hécuba, perseguida y sola, su transformación en perra. El dolor de Hécuba produce compasión, su justicia retributiva, horror y desazón.

Un momento de la representación

Un momento de la representación

Los horrores del siglo XX y el redescubrimiento de Las Troyanas convirtieron a Eurípides, todo un moralista del destino y precursor, además, del drama burgués, en un dramaturgo político casi moderno. Tres meses después de que Franz Werfel, el poeta y dramaturgo austriaco, tradujera Las Troyanas en 1914, el archiduque Francisco Fernando fue asesinado en Sarajevo. En el prefacio a su versión de la obra de Eurípides, Werfel había escrito proféticamente: “La tragedia y la desgracia de Hécuba pueden regresar ahora; el tiempo ha llegado”. De hecho, el tiempo de Hécuba ya había llegado a principios de siglo. Gilbert Murray, idealista de la Liga de las Naciones y el gran divulgador de la tragedia griega, hizo una versión, dirigida por Harley Granville-Barker, en el Royal Court de Londres en 1905. Murray fue abierto en su oposición a la guerra Anglo-Bóer. Vio paralelismos inevitables entre el sufrimiento de Hécuba y las mujeres de Troya, y el sufrimiento de las mujeres y niños bóer cuyas granjas fueron quemados mientras eran internados por Lord Kitchener en campos de concentración. Las similitudes entre el imperialismo griego y británico eran obvias.

En 2005 Tony Harrison presentaba en EEUU su versión de Hécuba de manos de la Royal Shakespeare Company, en un reparto encabezado por Vanessa Redgrave. En una versión contemporánea y llevada explícitamente a la actualidad, realizaba paralelismos con tantas hécubas de hoy: la refugiada impotente, el ejemplo de un país aplastado por una máquina de superioridad, haciendo referencia a la guerra de Irak. Todavía podemos estar llorando por Hécuba, pero permitimos que nuestros políticos llenen las calles de con más y más hécubas en nombre de la libertad y la democracia, venía a expresar en escena.

En esta brillante versión de la tragedia de Eurípides que ha recalado el Niemeyer, Juan Mayorga se detiene en la época en la que fue escrita, tan fácilmente extrapolable a la nuestra, sin necesidad de realizar ninguna explicitación. Con un ritmo textual que no se quiebra en ningún momento, permite que la trama fluya con agilidad sin que el público pierda un solo detalle, invitándole a la reflexión paralelamente al desarrollo de una historia que ahonda en lo más esencial del ser humano. De nuevo convierte Mayorga todo lo que escribe en un tesoro teatral de gran belleza e inteligencia.

El dolor de las víctimas

Elemento común de muchas de las obras de Eurípides es la desilusión del héroe, presentada mediante recursos psicológicos y naturalistas. Pero esta vez es el resurgir de una heroína que vuelve a caer por su propio pathos, es la justicia desbordada. Hécuba es una mujer fuerte que lucha hasta el final por salvar su dignidad y la de sus hijos, condenados ya a muerte, al igual que ella. Y es también el reflejo de todas esas mujeres y hombres que, en las guerras, desempeñan un papel fundamental: el de víctimas. Presa del dolor, Hécuba aplasta con su dignidad el menosprecio del ejército extranjero. Hécuba es la mujer felizmente casada y ahora viuda desdichada, la reina de los troyanos convertida en reina de las esclavas, combatiendo en la más humillante de las derrotas; la mujer en los extremos de la fragilidad humana. Despojada del trono, la riqueza y su familia, es el abismo del sufrimiento, la exiliada de un país vencido tras una guerra que se ha llevado a sus hijos y a su honra y que nos hace preguntarnos “qué intereses ocultos se encubren con palabras falaces como patria, honor o justicia o cuántas vidas son necesarias para colmar esos intereses fraudulentos y corruptos”. O más aún, cómo la vida humana se convierte en moneda de cambio sin valor y la irresponsabilidad de los gobernantes y sus carencias personales acaban desembocando en una lucha absurda de poderes. O cómo el lenguaje, que establece vínculos de comunicación y por tanto de convivencia, puede ocultar lo que se debería revelar como todo lo contrario, como la ruptura falaz de toda convención armónica.

Hécuba es “el llanto por la guerra, por la derrota, por las pérdidas y un llanto también por el infortunio. Estar en momentos, lugares y circunstancias que colocan al hombre y a la mujer en situaciones límite, haciéndoles testigos y actores de acontecimientos muy diferentes de aquellos con los que alguna vez soñaron o trataron de alcanzar. Seres que llevan el sello de la adversidad, de la infelicidad y del desamparo. Porque el infortunio es el sello esencial de Hécuba. Sus hijos, uno tras otro, pierden la vida sin que ella, impotente, pueda hacer nada para evitarlo”, escribe Mayorga.

Imponente en el escenario, Concha Velasco da vida a un personaje sometido a su dolor

Imponente en el escenario, Concha Velasco da vida a un personaje sometido a su dolor

Vuelve, pues, Mayorga a encontrarse con el director José Carlos Plaza (en 2007 llevaría a escena su versión de Fedra, protagonizada por Ana Belén), que realiza una puesta en escena eficaz, sin envoltorios superfluos, en una escenografía austera –adaptada al escenario polivalente del Niemeyer- y con un reparto equilibrado. Aunque, en la humilde opinión de quien escribe, por momentos no tan convincente en sus interpretaciones. La hija de Marisa Paredes, María Isasi, se pone en la piel de Polixena en un papel lleno de luz, bien dramatizado, al igual que José Pedro Carrión como Ulises, sobrio y persuasivo y Alberto Iglesias (Poliméstor), con una actuación bien enfocada y muy acertada. Juan Gea, con una peluca rojiza que no le movía ni la brisa asturiana, y que irónicamente trajo a mi memoria a un personaje de Akira Toriyama, interpretó su papel con ciertos altibajos, como si, en ocasiones, el propio héroe no se creyera su papel en la historia. Y la gran señora que es Concha Velasco, toda una monumental Hécuba sobre las tablas -y que ya ha trabajado con Plaza en tres ocasiones anteriores (Carmen, Carmen; La rosa tatuada y Hello, Dolly!)- no dejó el escenario sino lleno con su imponente carisma. Resulta extraño verla interpretando una tragedia griega -el año pasado también participó en el Festival de Mérida con Hélade, de Joan Ollé, con un monólogo perteneciente a Las Troyanas-, quizá por eso a veces la impostura verbal ante el dolor y la asunción del mismo en un personaje acongojado por el sufrimiento y la deshonra, y sin embargo pleno de fortaleza, resultaba demasiado repentina y carente de profundidad, sin acabar de convencerme del todo –personalmente, claro está-.

A pesar de todo, hay que alabar la presencia escénica de Velasco, que, sin duda, es ya desde hace años una grande del teatro y del cine español, y que continúa superándose, con éxito, en sus trabajos. El público, casi en su mayoría, se alzó para aplaudirla inmediatamente después de que emitiera su último grito: el del aullido de quien se ha convertido en perra, en una historia plenamente humana en la que no aparecen los dioses. Quizá porque, como bien dice el autor de la versión, no son los dioses los que transforman a Hécuba en perra, sino “la injusticia, la traición y la ignominia: los verdaderos dioses de esta historia”.

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Mi pequeña vida

“Nada existía alrededor. Ni el tiempo ni el espacio. Ese aliento. Esta vibración. Esta escucha infinita.”

Sus historias abordan el mundo en el que vive, donde introduce su pluma y su mano, y su imaginación, y su dulce manera de contar. Historias de personas capaces de transformar lo insoportable en algo cálido, lo mundano en maravilloso, como ella misma afirma. Y así lo expresa a través de Vy, el montaje que Michèle Nguyen, premio Molière de Teatro 2011, presenta en el Valle-Inclán de Madrid (antes en Segovia) hasta el 2 de junio, dentro de la programación de Titirimundi. Un espectáculo sublime e imprescindible para aquellos a los que les gusta susurrar historias a sus hijos, cruzando con ellos las páginas de los libros.

Vy, de Michèle Nguyen

Vy, de Michèle Nguyen

Vy, es, pues, un viaje subterráneo a la infancia de la narradora -nacida en Argelia y ciudadana de Bélgica, donde creció y se formó en el teatro (Lassard) y el gesto-, hacia la niña torpe y tímida con las rodillas llenas de formas extrañas de tanto caerse que vivía con su abuela racista Marga, y cuyo sueño era llegar a ser bailarina. Amarilla, como su cuidadora la llamaba –su padre era vietnamita y su madre, belga-, amarilla fosforescente de tanto reír cuando gastaba bromas a esa abuela “amarga” escribiendo notas firmadas por Antonio Machado o Miguel de Cervantes para intentar despistarla, Vy es esa niña diminuta, esa trasposición de ella misma, ese títere precioso y tierno hasta el infinito, en el que se apoya esta sutil y extraordinaria narradora, hasta el punto de embelesarnos. Esa niña cuyo padre un día se fue sin saber más de él, esa niña que de vez en cuando veía unas cartas que llegaban a la casa de su abuela y a las que no alcanzaba en lo alto de la estantería, con un sello de Argelia en cuyos colores tantas veces quería estar. Esa niña cuya madre, siendo del norte, quería estar en el sur, pero se fue más al norte y lo perdió para siempre, recluida en un hospital llamado La Rosa de los Vientos, quizá porque el viento no está solo en el aire, como titula otro de sus espectáculos. Vy es esa niña que le rasca la espalda a su abuela a fin de que a ésta le salgan alas, de modo que cuando las tenga ya no corte las suyas, y que se apoya en la risa de su vecina, porque incluso la risa más bonita del mundo necesita el canto de un pájaro para recuperar sus alas. Vy es esa niña enamorada de Ismael, quien, como acto de amor, le regaló un libro de pájaros, esa niña que viajó por el mundo contando historias, esa diminuta persona que perdía el equilibrio en una Tierra donde todo gira. Quizá por ello, cuando se sentía perdida, solo escuchaba el silencio.

Saber quiénes somos

Porque en esta historia llena de poesía y fragilidad importa el silencio y lo simbólico, e impera la necesidad de la imaginación, invitándonos a esa escucha cada día más inexistente. Mientras Nguyen narra, escribe en las páginas de nuestros libros un poco de nuestra historia, pequeñas historias de secretos, de perdón, de búsqueda del lugar de cada uno, de búsqueda de uno mismo. En definitiva, de saber quiénes somos, recordando esos gestos, esos movimientos que sabemos desde siempre, volviendo a nuestra esencia, a lo que fuimos desde un principio y tal vez hemos olvidado. A esa infancia que es nuestra patria, como decía Rilke, como todos rememoramos.

A través de las palabras surge entonces la luz, porque Vy es, así, un encuentro con la fuerza de la palabra y la magia de la escritura, con ese mundo que surge cuando pronunciamos una sílaba.

Una historia llena de historias que durante hora y media Michèle Nguyen va entretejiendo con maestría, muchas veces dibujándonos en los ojos fábulas fantásticas, otras acunándonos con esas palabras que acarician el alma, y siempre uniendo vida e imaginación para hablarnos de lo más humano del ser humano, lo que raramente ya queda. Un cuerpo a cuerpo con la vida y el presente para dejarnos entre las manos cartas de sueños, estelas del vuelo de los pájaros, miradas desde lo alto hacia ésas, nuestras pequeñas vidas.

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